¿Y bien?

Hace unas semanas y de nuevo antes de ayer le pregunté a diferentes colegas qué creían que sería la propia muerte. No es un tema muy popular para hablarlo con los más pero mi pregunta estaba bastante acotada: Bajo ojalá las mejores circunstancias ¿qué será el último segundo antes de morir? Y en concreto, tras quizá intuir el final ¿será un acoger lo último frontalmente, un abrirse y aceptarlo en paz, o será una entrega, una ofrenda y más exactamente un soltarse sereno de la propia vida?

Imagen-Esteban-Hernandez

Hay un algo que mira con la carne de mis ojos. Hay un sabor que es el sentido del gusto y no es lo dulce, amargo, picante, etcétera o sus contrarios, es la presencia del sentido sin el a-qué-sabe. No es semántico. El ser siendo y sin adjetivar. Ese extremo de la deconstrucción, esa experiencia consciente, cotejable y permanente, ese fondo desde el que centrifugamos todas y cada una de las cosas que nos ocupan en vida es de lo que a buenas, las mejores, quizá uno se suelta pacífico e iluminado cuando muere, o desde la otra opción de mi pregunta, tal vez aquello esencial, íntimo y reconciliador es lo que recibe, acepta y asume la muerte desde el sosiego.

La probabilidad del rápido accidente mortal, de una mala salud dolorosa y fulminante o de cualquier pico entrópico revienta mis dos preguntas. Ojalá y todas las muertes tuvieran una u otra expiración, un último aliento sosegado ya sea de entrega o de bienvenida. Nadie debería morir en medio de ninguna brutal agitación. Bastante adverso y mal peleado está el mundo como para no tener tiempo de despedirse cualquiera de sí mismo.

2 comentarios
  • Guillermo

    En mi caso, por supuesto que de nada debe generalizarse, y de la propia muerte menos, pensaría con tristeza en las palabras, gestos, besos, abrazos y demás cosas que no llegaré a compartir en el futuro con mis hijas y mi hijo. Poco más que añadir a una pregunta tan gorda y a un texto tan rico. Un placer leerle y compartir tiempo con usted. Gracias sinceras.

  • esteban

    Guillermo, amigo. De mi muerte a veces lamento perderme esas cosas que por tenerlas tan a mano considero normales. Pau Casals lloró casi desconsolado ante una planta en su casa, y le decía a su mujer «¡Ven, corre, ven a ver esto!» O de otra forma, decía un buen amigo de por aquí: «Deberíamos orgasmar cada vez que bebemos agua».

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