Sin título

Manchegón de mí, desde hace muchos años a mis amigas y a mi chica, a veces, les doy besos de abuela. De esos largos y sonoros. A mis amigos los he abrazado a menudo fuerte y afectuosamente aún habiendo quien me ha juzgado en la calle de marica, pero desde que a la modernidad tatuada -en sus barrios gentrificados y después allí a los cocainómanos- les dió por hacer lo mismo, este asunto del aprecio ha quedado para los mails. Y ni siquiera. Ahora hay quien también me llamará idiota, así que, cuando la misma caterva de autoproclamados y drogados besen como yayas a sus novias y amigas me retiro.

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