Esteban Hernández

Sacro facto

Dejar paso, espacio, voz al prójimo es ceder el propio. Dejar que el otro ocurra es regalar zonas conquistadas a cambio de nada. Un regalar, no negociar.

Todo apego por esas áreas es placer por quien se es o por en quien se quiere uno convertir. Apegos cuyo pegamento es el deseo y así, tras la intemperie, la frustración y la soberbia. A la contra, tener muy sufrido hasta lo insoportable haberse soltado del sí mismo por el otro casi gratis, agradecido, pactando así, es sufrir al implacable bufón en retrospectiva. Y pese a la hiel acumulada, hacerse de esto un proyecto en transito, no una prédica, un predicado ni un sujeto. Un ir a ser apenas sustantivo y tratar a iguales a casi cualquiera para que entre siquiera dos, lo ruego, conmigo aunque de mí se haga espectador, se ceda lo propio y ocurra lo lugar, uno sagrado. Donde sea. Sacrificar, un sacro-facto, en su único y último sentido, jamás en el de la crueldad sino en el de hacer sagrado, entre vívidos, un espacio así al menos charlando, abierto, unitivo y tener, poder, deber, y querer hacer iglesia honda de todo pelaje adonde ocurra ni tu, ni yo.

(No sé donde buscar de esos veinte individuos que sostienen la vida contra toda aberración. Aquellos que, localizó Borges en un poema, acarician un perro mientras duerme, justifican o quieren justificar una ofensa, entienden en lo profundo una etimología, etc).