Psycho Killer, qu’est-ce que c’est

Hace una semana me compré unas zapatillas. Me las puse y salí a la calle con mi chica a unos asuntos. Me rozaban y a mitad de tanto andurrear tenía en el tobillo una ampolla reventada. Así, acabamos, y volviendo medio jodido a casa, saludamos a un tipo con el que ya hacía tiempo habíamos hablado sólo en un par de ocasiones. Alguien a quien conocimos a través de amigos comunes. Aún no sé cómo se llama.

Primero nos dice que está sordo de un oído y no nos oyó el primer saludo. Le preguntamos por lo que ya sabíamos de él, por su chica y por su hijo recién nacido. Todo bien. Lo normal. Y justo al despedirnos nos dice que vayamos a su casa a mirar un nosélqué que acaba de terminar. Yo le confieso, aún sin enterarme de qué se trata, que las zapatillas me estaban matando. El tipo insiste. Le digo que mejor lo dejemos pendiente. El tipo vuelve a insistir. Mi novia, por decoro cede y se pone de su parte. El tipo, de camino me dice –o lo dice mi chica- que puede darme una tirita. Ok. Estupendo.

De camino este señor nos va contando como consiguió el chollazo de piso que ha podido comprar. Entramos en el portal. Le pregunto por cómo se las apaña para bajar y subir el carro del niño por aquella rampa tan empinada. Ocho escalones. Antes de que pueda acabar la pregunta él se está deslizando desde arriba. No pasa nada, dice.

Subimos al ascensor, pero para subir a cualquier planta necesitas llave. Qué raro tanta seguridad, comentamos. Ella y yo. Nuestro perfecto desconocido nos bromea dos veces durante un tramo de cinco o seis plantas con que va a acabar con nosotros en su casa. Nos enumera con qué va a hacerlo. Nombres de taladros o algo así.

Llegamos y nos enseña unas miniesculturas. Una serie de cuarenta o cincuenta copias iguales. A mí, amigos, las figuras de coleccionismo me dejan un poco frío pero sé valorar un modelado, así que me dispongo a ello. Cuando le exagero el buen acabado del trabajo, me explica que el modelado es digital, que se trata de produción industrial a pequeña escala y él sólo las pintó.  Le valoro los esfuerzos y pido permiso para coger una. Me dice que aunque la que elijo está seca la sujete de la base para no mancharla. Vale. Me la dá en mano. Mi pie suplica misericordia.

Hablamos un poco, yo presiono y por fin nos vamos. Nuestro amigo no me da una tirita y me empieza a llamar blando. Una, dos, tres y cuatro veces mientras nos explica que para bajar por el ascensor tiene que volver a usar la llave, que por las escaleras tampoco se puede salir así como así.

Llegué a casa y mi calcetín tenía sangre. Yo estoy bien y si os lo cuento es para que, si queréis, saquéis conclusiones.

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