Prosema (I)

Tan esclavo del texto, tan mal dueño de mí mismo. Y una verborragia, mía, que no deja que el otro ocurra: un vaciar la despensa, un padecer la dispensa. Qué mal y qué mal. Porque cuánto amor paciente recibí y cuánto excurso incontrolado, como una náusea, a cambio. Me vacié. Quemé todas las naves. Todas ellas. Y sólo tengo ahora un fraseo que registra mi pena, éste, que es mal poema, pero atesoro.