Esteban Hernández

Cómic · Ilustración · Etcétera

Donde Zambrano no importa

De escribir. Leí a Zambrano respetándose ese verbo. Y las prácticas, lo que queda del texto después, me las llevé puestas. O me llevaron a mí encima. Y lo olvidé todo sin querer, al poco, porque apenas está lo humano, el mío al menos, para conservar ni generar sentido. No. Nunca permanentemente si el compromiso es como le corresponde a la misión. Como mucho, el sentido, para advertirlo. Qué feliz es, primos, deconstruir lo sentimental y mirar en qué queda aquel. Por los sentidos, los cinco, a su través y siempre insolubles del que sea que tenga el mundo a cada ahora. Un check, en silencio, atesorado en contricción, para que lo sagrado coincida con la carne que ha decidido ser en random. A Zambrano la lei mal y muy cabreada contra obligatoristas, con razón, y la creí ver colocando a la poesía allí donde inunda la fianza que le debemos a la nada toda. En ese préstamo. Eclipsando al dolor puro y a su consecuente fiesta de serena simpatía. Y quiso celebrar la misma fiesta, ella, en definitiva, aunque estamentando un podio, creo. Y que sí, que le compro feliz la moto a la poeta pero también soy prudente como para sin embargo alquilarle el discurso de soluciones ordenadas, humanas y en natural zozobra a los grandes peces boqueando fuera del agua que son, listando cinco muy al azar, nihilismo, comunismo, cualquier buen cristiano eligiendo qué dice, ciencia de punta, o al cuerpo teórico positivo del capitalismo rampante. Si digo nada, digo menos que nada. Así, sin mí, más calla el silencio relampagueando.

Usted #9

Fanzine de historietas · Esteban Hernández · 15 x 21 cm · 64 páginas · Todo color · Sugoi ediciones

      

Diecinueve títulos

Todo es vanidad, dice el Eclesiastés. Donde vanidad es la exacerbación del egotismo y a la vez lo vano, lo hueco. El texto bíblico enumera que el esfuerzo, la honra, cualquier tipo de éxito atravesado de cifra, de comunidad, o bien la virtud o cualquier pecado, es en vano. En ambos sentidos: una autoafirmación más o menos camuflada y una cáscara que se lleva el viento. Que, como mucho, a lo único que puede disponerse cada cual es a intentar pasarla bien sin que eso haga de la experiencia una fiesta, porque si todo refrán ordena, El hombre propone y Dios dispone. Sólo depende de la suerte, de algo así, que uno disfrute, y si te pilla distraído ni eso.

He computado desde la extrema admiración por mi encontrada comunidad entre ágrafos, en la familia de Pessoas, Sócrates y desde el relato del Cristo que no escribió sus tropelías, la cantidad de doce títulos (entre novelas gráficas, cassettes, nuevos números de Mister, Usted y etcéteras) acabados e inéditos además de otro novelo gráfico en proceso, más los seis ya publicados de cuyos derechos dispongo por vencimiento de contrato, muerte de editor o bancarrota editorial. Podría decir sumándolo todo y exagerando sin llanto ni soberbia que tengo casi diecinueve trabajos listos para su publicación.

Pese a los buenos hábitos, desde el pasado dos mil catorce mi empeño ha ido minando mis psicologías. Desde entonces estoy peleando publicar fuera del país y este mes hace un año que en silencio pero firme claudiqué de los tebeos; de lo que me retracté al poco por una carambola que aún no hizo carne. Por lo demás, “no money, no honey” y de momento no autoeditaré.

Así, la imagen que utilizo para la espera, para la providencia, para con lo que vaya a ser de lo mío, es la del preso que en su celda hace flexiones y abdominales. Un estar en forma para cuando toque, porque, es bueno recordarlo, hay una línea infranqueable para la voluntad que porcentualmente deja a la vida proyectada un margen ridículo de maniobra. Poco se puede hacer con la fuerza del trabajo o mal rezando.

En estas, le dije a los míos borracho de Juan de la Cruz: «Algo quiere la vida de mí que no me da lo que más anhelo.» Y desde mi último no saber qué hacer, quebrado, decidí meridiano mi entrega absoluta e incondicional. Porque si la Nada se regala existencia a cada contracción del corazón, de los pulmones, o después de cada pestañeo, mejor soltarme de lo que le pido en favor de lo que ella decida para mí por sí misma. Pruebas y experiencias tengo de su don, de sobra, como para confiar.

Mochuza

Bajé y grité. ¡A malas! ¡A malas! Mientras le daba puñetazos al marco de la puerta de mi comedor.

Yo, como muchos y cada vez más trabajadores de todo pelaje, por circunstancias, estamos empleados en casa. Incluso estudiamos donde sentarse a leer a fondo es estudiar. A causa de los repetidos golpes en el piso de arriba ayer a la tarde durante casi cuatro horas, decido subir a explicar lo más amablemente que pude, con lo que quedaba de mis nervios mi situación, para que, si hay lugar, alguien pudiera hacer algo.

Toco la puerta y con ésta cerrada, me preguntan quien soy, qué quiero y si llevo la mascarilla puesta. Contesto a las tres a diferentes ritmos y me abre una señora obesa, de baja estatura y con el pelo rubio platino.

Mi vecina es madre soltera de un niño de 2 años, y el crio aún con una perenne mirada perdida, hace lo que debe hacer a su edad. ¿Que su madre podría llevarlo a la guardería y no lo hace? A mi me da que sí pero entiendo que, habiéndolo deducido tras 5 años viviendo aquí, si ella no trabaja y por no tener ingresos cree poder educar a una criatura a solas, es fácil que se haya venido arriba y quiera inocularle al pobre infeliz un complejo de Edipo vitalicio. Yo qué sé. Dos años de carreras por el piso, de saltos y de gritos me explican que la ciudadana no lo está haciendo demasiado bien. Aún así soy tío de una criatura de 1 año y puedo simpatizar. El niño no tiene culpa de nada.

El caso es que con la puerta ya abierta, de la oscuridad sale la reina de las croquetas congeladas espetando un ¿Qué quieres? Me empiezo a explicar y antes de que acabe me dice que me vaya a un chalet. Cuando todavía razonable y obviándola le digo que estoy trabajando en casa y hay días que hasta las 23:30 de la noche no hay paz, madre coraje, entre guacheras, dialogando como en Sálvame de Luxe, grita “eso son tonterías”. Que llame a la policía, rubrica. Y claro, primero a la interna mía me pregunto, o siento con el cuerpo el desconcierto de lo punible: ¿Cual es la tontería, trabajar y/o estudiar o traer al mundo a una criatura cuando como civil no se le conoce a la señora oficio ni beneficio ni, como individuo, tampoco educación como para criar a un perro de aguas? Y en estas aparece el crío dando un sprint por el tramo del pasillo que va al comedor del que asoma un puto parque infantil en el que hay una tienda de campaña parecida a una carpa de circo medieval. Y le contesto, ¿pero vecina, qué vamos a estar, a malas? Y dice que sí. Que a malas. Que llame a la policía. Y me cierra en la cara girando la llave dos veces.

Le toco la puerta con los nudillos y firme digo: “Acuérdese, vecina. A malas”.

Bajo a casa y los golpes todavía son mas fuertes, mi casa retumba entera y ya ahí, mi colapso nervioso: ¡A malas! ¡A malas! Grito ciego de ira mientras le doy puñetazos y patadas al marco de la puerta de mi comedor y a la pared.

Y pararon los golpes. Todos.

Una hora después llamé al administrador de la finca y me dicen que como mucho contactarán con el propietario para que le de un toque. Aseguran que es un asunto privado y poco se puede hacer ni a través de la policía municipal. Decibelios, horarios y tal.

El asunto es que si se pacta un ir a malas ¿Qué toca? Sinceramente, peña, se me ocurre media docena de perrerías no denunciables que hacerle. ¿Recordáis qué le pasó a la mochuza en Los Asquerosos de Santiago Lorenzo? Pues algo así, pero claro, es empezar un melón sin fondo. Es jugar a lo guarro y yo me ducho a menudo. Por higiene mental, que es salud. Recordad que para esta señora estudiar es una tontería. Imaginad cómo le debe oler la boca o como ha de lavarle la genitalia al primogénito. Todo hits.

El problema es la mente, panda. La que compartimos. Lo mental. Que me veo pensando en nuestro pasado encuentro y me calculo diciéndole o pudiendo haberle dicho. Aunque seguro, ya hice bastante y muy bueno aunque se quede en tablas de amenaza. Es decir. Si yo intermitentemente rumio y vuelvo a rumiar mi ética, ella que ha dado lugar al enfrentamiento, a una guerra abierta y tiene un crio de dos años a su cargo debe estar angustiada de cojones.

Vale que no voy a hacer nada más pero especulo verla, que me ladre una más de croquetas de jamón, y yo qué sé, panda. Y resolveré esto sin oler a frito. Sé que no pasa por pensarlo, ni por la vía de hacer gestión emocional ni venganza ochentera de cine de acción del asunto, es decir, no resolver la movida con el ego, sino convivir con la geografía humana y reír con el cuerpo entero, en paz. Con Dios. Con el poema. Escribiendo ahora. Hola.