Ocio hostelero

El viernes sali a tomar una birra después de cenar. Solo. Allí donde fui soy casi parroquiano pero esta vez pinchaban música sureña, rockabilly, de la blanquita y esclavista. El sitio me gusta, estaba bastante vacío y yo sosegado, así que saqué el móvil para leer algo. Cero redes sociales. Cero periódicos. Estaba y todavía estoy con un texto breve del místico Thomas Merton sobre la soledad trascendida, la voluntaria, en el desierto y en lo social. En lo íntimo. Entonces, centrado, me cae una pelotilla de papel de servilleta encima del móvil. Levanto la mirada y a mi lado en la barra me mira un tipo asustado. Su colega maldisimula atendiendo a ninguna parte, mirando la era. Lo observo lo suficiente como para casi desmontarle el teatro, pero vuelvo a lo mío y Merton me dice: «Muy bien, Esteban. Poca broma. Alguien tiene que tomárselo en serio».

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