Ni más, ni menos.

Bajo al supermercado a hacer la compra de la semana. En la sección de fruta y verdura estoy haciendo acopio y como son las tres y media del medio día tengo el local prácticamente para mi solo.

En éstas, detrás de mí, mientras cojo calabacines y setas vienen dos asiáticos, chico y chica. Él de rasgos especialmente redondos, medio mestizo hasta donde me da la gana imaginar.  Ella más al uso, de libro de instrucciones, de lo que estoy acostumbrado a ver en la calle. Ambos cómodos, medio elegantes, y aunque no me fijé del todo en la ropa, parecían estar allí como de turismo, como mirandillo esto y lo otro; así que pienso: del mismo modo que molaría hacer turismo gastronómico, creo que si tuviese la oportunidad de ir a otro continente, visitaría algún supermercado por aquello de las estéticas de los embases y lo exótico de, por ejemplo, las hortalizas. De manera que montándome la película a base de relajadas miradas furtivas, veo que se han cargado de mandarinas y no las han pesado. Alarma en mi cabeza. Qué mal, y no tanto por no pesarlas, claro, sino porque, proyectándome, qué putada ir tope contento a la caja con lo que sea y que te diga la cajera sudándosela todo, idioma y lo demás, que así no se hace.

A la sazón, anticipo aquel momento incomodo y me digo, va, Esteban, no tienes ni puta idea de inglés, ninguna, pero mola que a uno le ayuden. Habla con ellos, dile como va el asunto y fuera. No mires a otro lado.

You speak Inglish?

Me miran con un no tranquilo y expectante. No entienden, no contestan.

Les balbuceo, un montón, y ya en la espiral les medio llevo en gestos a las mandarinas, les enseño la tecla correspondiente para la báscula, y como esto también lo hago a lo torpón, en vez de irme primero a las mandarinas, empiezo por los pepinos, que es lo que tengo en la mano, en la bolsa y pesados. Les ejemplifico mi caso y les hablo del suyo. Por fin creo haber conseguido hacerme entender con mi torrente de frases abortadas en inglés macarronico, pero el tipo pulsa la tecla del pepino e intenta ponerla en mi bolsa.

Insisto muy poco más y los dos asiáticos, poco más jóvenes que yo, lo (me) entienden. Colocan su bolsa, aprietan la tecla, pegan la pegatina y todo bien. Me alejo un poco en shock después de mi pequeño trance internacional, y cuando estoy medio lejos no encuentro mi lista de la compra. Vaya, al deshacerme en explicaciones he debido tirarla o meterla en algún sitio, no sé. Voy a ver si está en donde las mandarinas. Y al volver a la zona, me pregunta aquel joven, en castellano, si hablo español.

-Sí.

-Ah.

-Vuestros rasgos me han confundido.

-Ya.

Como anécdota, deciros que medio convulso de tan chapucero que me sentía, empecé con toda la naturalidad que me quedaba a buscar mi lista manuscrita de la compra, allí, entre las frutas y verduras con la mirada, en mis bolsillos, dentro de la cartera y al rato, mientras esperaba a que me deshuesaran los cuatros traseros de un pollo, vacié en el suelo, producto a producto, todo el carro. No encontré nada y la joven carnicera, de simpatizar con mi barba por su sien rapada, pasó a quedarse como intranquila. Menudo trastornado, parecia que decía su actitud. Sí. Pues sí. En ese momento, hace un rato. Ni más, ni menos.