Mochuza

Bajé y grité. ¡A malas! ¡A malas! Mientras le daba puñetazos al marco de la puerta de mi comedor.

Yo, como muchos y cada vez más trabajadores de todo pelaje, por circunstancias, estamos empleados en casa. Incluso estudiamos donde sentarse a leer a fondo es estudiar. A causa de los repetidos golpes en el piso de arriba ayer a la tarde durante casi cuatro horas, decido subir a explicar lo más amablemente que pude, con lo que quedaba de mis nervios mi situación, para que, si hay lugar, alguien pudiera hacer algo.

Toco la puerta y con ésta cerrada, me preguntan quien soy, qué quiero y si llevo la mascarilla puesta. Contesto a las tres a diferentes ritmos y me abre una señora obesa, de baja estatura y con el pelo rubio platino.

Mi vecina es madre soltera de un niño de 2 años, y el crio aún con una perenne mirada perdida, hace lo que debe hacer a su edad. ¿Que su madre podría llevarlo a la guardería y no lo hace? A mi me da que sí pero entiendo que, habiéndolo deducido tras 5 años viviendo aquí, si ella no trabaja y por no tener ingresos cree poder educar a una criatura a solas, es fácil que se haya venido arriba y quiera inocularle al pobre infeliz un complejo de Edipo vitalicio. Yo qué sé. Dos años de carreras por el piso, de saltos y de gritos me explican que la ciudadana no lo está haciendo demasiado bien. Aún así soy tío de una criatura de 1 año y puedo simpatizar. El niño no tiene culpa de nada.

El caso es que con la puerta ya abierta, de la oscuridad sale la reina de las croquetas congeladas espetando un ¿Qué quieres? Me empiezo a explicar y antes de que acabe me dice que me vaya a un chalet. Cuando todavía razonable y obviándola le digo que estoy trabajando en casa y hay días que hasta las 23:30 de la noche no hay paz, madre coraje, entre guacheras, dialogando como en Sálvame de Luxe, grita “eso son tonterías”. Que llame a la policía, rubrica. Y claro, primero a la interna mía me pregunto, o siento con el cuerpo el desconcierto de lo punible: ¿Cual es la tontería, trabajar y/o estudiar o traer al mundo a una criatura cuando como civil no se le conoce a la señora oficio ni beneficio ni, como individuo, tampoco educación como para criar a un perro de aguas? Y en estas aparece el crío dando un sprint por el tramo del pasillo que va al comedor del que asoma un puto parque infantil en el que hay una tienda de campaña parecida a una carpa de circo medieval. Y le contesto, ¿pero vecina, qué vamos a estar, a malas? Y dice que sí. Que a malas. Que llame a la policía. Y me cierra en la cara girando la llave dos veces.

Le toco la puerta con los nudillos y firme digo: “Acuérdese, vecina. A malas”.

Bajo a casa y los golpes todavía son mas fuertes, mi casa retumba entera y ya ahí, mi colapso nervioso: ¡A malas! ¡A malas! Grito ciego de ira mientras le doy puñetazos y patadas al marco de la puerta de mi comedor y a la pared.

Y pararon los golpes. Todos.

Una hora después llamé al administrador de la finca y me dicen que como mucho contactarán con el propietario para que le de un toque. Aseguran que es un asunto privado y poco se puede hacer ni a través de la policía municipal. Decibelios, horarios y tal.

El asunto es que si se pacta un ir a malas ¿Qué toca? Sinceramente, peña, se me ocurre media docena de perrerías no denunciables que hacerle. ¿Recordáis qué le pasó a la mochuza en Los Asquerosos de Santiago Lorenzo? Pues algo así, pero claro, es empezar un melón sin fondo. Es jugar a lo guarro y yo me ducho a menudo. Por higiene mental, que es salud. Recordad que para esta señora estudiar es una tontería. Imaginad cómo le debe oler la boca o como ha de lavarle la genitalia al primogénito. Todo hits.

El problema es la mente, panda. La que compartimos. Lo mental. Que me veo pensando en nuestro pasado encuentro y me calculo diciéndole o pudiendo haberle dicho. Aunque seguro, ya hice bastante y muy bueno aunque se quede en tablas de amenaza. Es decir. Si yo intermitentemente rumio y vuelvo a rumiar mi ética, ella que ha dado lugar al enfrentamiento, a una guerra abierta y tiene un crio de dos años a su cargo debe estar angustiada de cojones.

Vale que no voy a hacer nada más pero especulo verla, que me ladre una más de croquetas de jamón, y yo qué sé, panda. Y resolveré esto sin oler a frito. Sé que no pasa por pensarlo, ni por la vía de hacer gestión emocional ni venganza ochentera de cine de acción del asunto, es decir, no resolver la movida con el ego, sino convivir con la geografía humana y reír con el cuerpo entero, en paz. Con Dios. Con el poema. Escribiendo ahora. Hola.