Caudal de conocimientos adquiridos

Con los años no aguanto que nadie se me chotee. Suelo partir peras. El humor es un arte sagrado y para toda virtud hay gente con talento y otra, la mayoría, desgraciada. Sin gracia.

A menudo nos secuestra cualquier ofensa. Nos obsesiona. Estamos condicionados por estados aflictivos. Empapados, egotismo, y qué poca paz compensando. Qué mal paciente somos en estos hospitales. A veces para no hundirse en estos fangos tragaldabas es infinitamente mejor quedarse quieto. Ser paciente. No hacer. Parece fácil pero mis cojones treinta y tres porque la cabeza, la mente cerril, indomada, decide sentimientos y estos en vez de ser un registro de los sentidos quedan a merced de tu puto pensamiento random. El estado aflictivo incendia la mente, ésta a las emociones y entonces haces a lo loco. Según grado y modo: ciego, sordo, verborreico, pegón y/o acre. Más problemas.

En escucharse, en mirar frente a frente a ese estado emocional hay, sí, es así, un mantener la calma que ayuda. Un intentar contemplar qué es eso sin juzgarlo. Sin valorarlo o siquiera comentarlo. Desgastar la picazón de puro asistirla así. Ordena pensar que todo cambia o que todos queremos ser felices a menudo del peor modo. Cosas así.

El asunto es que las primeras olas, con sabiduría, con paciencia, con virtud, las resistes y en estas que te alegras por haber resuelto un tramo del jeroglífico psicológico, enseguida vienen las cien segundas olas, las mil terceras y etcétera.

Hacer por volver en sí, amable con uno mismo, a lo sabio y no dual, a la vaciedad y a la propia impermanencia, a la interdependencia toda, a lo ético y la buena moral, a la virtud y a la bondad, salva. En cada batalla contra tanto desarreglo, amigue, vuelve amablemente a ti. Una y otra vez. Y mucho cuidado que perturba más vencer que resistir. Así que suave e intermitentemente vuelve a ti, insisto. De un modo u otro ni te vayas. Te vas a alejar porque es lo normal pero vuelve más pronto que tarde.

Vuelve, se te espera.