TEXTOS

Regalías seleccionadas

Avanzo lento pero inexorable hacia un calado y muy permanente aprehender que cualquiera, sí puede poder, desde donde sea que lo ejerza, lo pelea pisando prójimos. Próximos. Y todavia peor, desde la pura inercia. Desde la irreflexión. Desde la velocidad y lo asertivo.


Que un entorno decida que eres un parguela posibilita, extirpado el ego, cualquier maniobra silenciosa y pacífica para el propio sosiego, u otras abrasivas, estrategas y casi invisibles contra lo adverso.


Hay reglas de virtud que es imposible obedecer. Creo que hay llamados para diferentes misiones, pero que no practique, por ejemplo, las de San Benito, o no me vea practicándolas ni habiéndome aproximado jamás, no me pone en mal lugar. Este, un lugar, que creo es rebote de la invencible imperfección moral y una perfecta autopista para la culpa. Así, toda obediencia me ulcera porque la pide el clero, no lo Santo. Si encontrara alguno a quien seguir, si diera en mi vida con alguien de extrema virtud, imperfecto, pero completa y permanentemente enfocado, le obedecería a ciegas. De hecho, hace muchos años, un amigo cabal y más duro que yo escribió en su blog lo mismo. Se preguntaba sin ego, ya no a quién entregarle las propias armas, que también, sino por quién dejarse matar con ellas. Asesinado por un Santo. Quien será el/la más grácil, qué alma, que desde toda la confianza depositada y merecida en su ética, asesine a mi amigo y me ordene en la fe. Algo así.


Uno en su mente rinde cuentas al espectro de un tercero. Al de alguien que, según el propio historial, nos embosca el pensamiento cuando éste cobra autonomía: cuando no es guiado. Qué malas son las propias potencias cuando las desatendemos, cuando no las vigilamos.


Lo soy y hoy me lo gritaron. La palabra idiota proviene del griego para referirse a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos. Quien dice todos, pueblo o españoles sólo esta arrimando el ascua a su sardina, y a quienes dicen yo en profundidad, el último, es decir, lo contrario, el común, a esos los exilian. Aún iniciado en estos mimbres, el careta y juez de esta noche no supo responderme -porque no hay cómo- a por dónde casan sus muchas disciplinas espirituales, su recreo, con la especulación bursátil, su oficio. Y ladró.

Donde Zambrano no importa

De escribir. Leí a Zambrano respetándose ese verbo. Y las prácticas, lo que queda del texto después, me las llevé puestas. O me llevaron a mí encima. Y lo olvidé todo sin querer, al poco, porque apenas está lo humano, el mío al menos, para conservar ni generar sentido. No. Nunca permanentemente si el compromiso es como le corresponde a la misión. Como mucho, el sentido, para advertirlo. Qué feliz es, primos, deconstruir lo sentimental y mirar en qué queda aquel. Por los sentidos, los cinco, a su través y siempre insolubles del que sea que tenga el mundo a cada ahora. Un check, en silencio, atesorado en contricción, para que lo sagrado coincida con la carne que ha decidido ser en random. A Zambrano la lei mal y muy cabreada contra obligatoristas, con razón, y la creí ver colocando a la poesía allí donde inunda la fianza que le debemos a la nada toda. En ese préstamo. Eclipsando al dolor puro y a su consecuente fiesta de serena simpatía. Y quiso celebrar la misma fiesta, ella, en definitiva, aunque estamentando un podio, creo. Y que sí, que le compro feliz la moto a la poeta pero también soy prudente como para sin embargo alquilarle el discurso de soluciones ordenadas, humanas y en natural zozobra a los grandes peces boqueando fuera del agua que son, listando cinco muy al azar, nihilismo, comunismo, cualquier buen cristiano eligiendo qué dice, ciencia de punta, o al cuerpo teórico positivo del capitalismo rampante. Si digo nada, digo menos que nada. Así, sin mí, más calla el silencio relampagueando.

Diecinueve títulos

Todo es vanidad, dice el Eclesiastés. Donde vanidad es la exacerbación del egotismo y a la vez lo vano, lo hueco. El texto bíblico enumera que el esfuerzo, la honra, cualquier tipo de éxito atravesado de cifra, de comunidad, o bien la virtud o cualquier pecado, es en vano. En ambos sentidos: una autoafirmación más o menos camuflada y una cáscara que se lleva el viento. Que, como mucho, a lo único que puede disponerse cada cual es a intentar pasarla bien sin que eso haga de la experiencia una fiesta, porque si todo refrán ordena, El hombre propone y Dios dispone. Sólo depende de la suerte, de algo así, que uno disfrute, y si te pilla distraído ni eso.

He computado desde la extrema admiración por mi encontrada comunidad entre ágrafos, en la familia de Pessoas, Sócrates y desde el relato del Cristo que no escribió sus tropelías, la cantidad de doce títulos (entre novelas gráficas, cassettes, nuevos números de Mister, Usted y etcéteras) acabados e inéditos además de otro novelo gráfico en proceso, más los seis ya publicados de cuyos derechos dispongo por vencimiento de contrato, muerte de editor o bancarrota editorial. Podría decir sumándolo todo y exagerando sin llanto ni soberbia que tengo casi diecinueve trabajos listos para su publicación.

Pese a los buenos hábitos, desde el pasado dos mil catorce mi empeño ha ido minando mis psicologías. Desde entonces estoy peleando publicar fuera del país y este mes hace un año que en silencio pero firme claudiqué de los tebeos; de lo que me retracté al poco por una carambola que aún no hizo carne. Por lo demás, “no money, no honey” y de momento no autoeditaré.

Así, la imagen que utilizo para la espera, para la providencia, para con lo que vaya a ser de lo mío, es la del preso que en su celda hace flexiones y abdominales. Un estar en forma para cuando toque, porque, es bueno recordarlo, hay una línea infranqueable para la voluntad que porcentualmente deja a la vida proyectada un margen ridículo de maniobra. Poco se puede hacer con la fuerza del trabajo o mal rezando.

En estas, le dije a los míos borracho de Juan de la Cruz: «Algo quiere la vida de mí que no me da lo que más anhelo.» Y desde mi último no saber qué hacer, quebrado, decidí meridiano mi entrega absoluta e incondicional. Porque si la Nada se regala existencia a cada contracción del corazón, de los pulmones, o después de cada pestañeo, mejor soltarme de lo que le pido en favor de lo que ella decida para mí por sí misma. Pruebas y experiencias tengo de su don, de sobra, como para confiar.

Mochuza

Bajé y grité. ¡A malas! ¡A malas! Mientras le daba puñetazos al marco de la puerta de mi comedor.

Yo, como muchos y cada vez más trabajadores de todo pelaje, por circunstancias, estamos empleados en casa. Incluso estudiamos donde sentarse a leer a fondo es estudiar. A causa de los repetidos golpes en el piso de arriba ayer a la tarde durante casi cuatro horas, decido subir a explicar lo más amablemente que pude, con lo que quedaba de mis nervios mi situación, para que, si hay lugar, alguien pudiera hacer algo.

Toco la puerta y con ésta cerrada, me preguntan quien soy, qué quiero y si llevo la mascarilla puesta. Contesto a las tres a diferentes ritmos y me abre una señora obesa, de baja estatura y con el pelo rubio platino.

Mi vecina es madre soltera de un niño de 2 años, y el crio aún con una perenne mirada perdida, hace lo que debe hacer a su edad. ¿Que su madre podría llevarlo a la guardería y no lo hace? A mi me da que sí pero entiendo que, habiéndolo deducido tras 5 años viviendo aquí, si ella no trabaja y por no tener ingresos cree poder educar a una criatura a solas, es fácil que se haya venido arriba y quiera inocularle al pobre infeliz un complejo de Edipo vitalicio. Yo qué sé. Dos años de carreras por el piso, de saltos y de gritos me explican que la ciudadana no lo está haciendo demasiado bien. Aún así soy tío de una criatura de 1 año y puedo simpatizar. El niño no tiene culpa de nada.

El caso es que con la puerta ya abierta, de la oscuridad sale la reina de las croquetas congeladas espetando un ¿Qué quieres? Me empiezo a explicar y antes de que acabe me dice que me vaya a un chalet. Cuando todavía razonable y obviándola le digo que estoy trabajando en casa y hay días que hasta las 23:30 de la noche no hay paz, madre coraje, entre guacheras, dialogando como en Sálvame de Luxe, grita “eso son tonterías”. Que llame a la policía, rubrica. Y claro, primero a la interna mía me pregunto, o siento con el cuerpo el desconcierto de lo punible: ¿Cual es la tontería, trabajar y/o estudiar o traer al mundo a una criatura cuando como civil no se le conoce a la señora oficio ni beneficio ni, como individuo, tampoco educación como para criar a un perro de aguas? Y en estas aparece el crío dando un sprint por el tramo del pasillo que va al comedor del que asoma un puto parque infantil en el que hay una tienda de campaña parecida a una carpa de circo medieval. Y le contesto, ¿pero vecina, qué vamos a estar, a malas? Y dice que sí. Que a malas. Que llame a la policía. Y me cierra en la cara girando la llave dos veces.

Le toco la puerta con los nudillos y firme digo: “Acuérdese, vecina. A malas”.

Bajo a casa y los golpes todavía son mas fuertes, mi casa retumba entera y ya ahí, mi colapso nervioso: ¡A malas! ¡A malas! Grito ciego de ira mientras le doy puñetazos y patadas al marco de la puerta de mi comedor y a la pared.

Y pararon los golpes. Todos.

Una hora después llamé al administrador de la finca y me dicen que como mucho contactarán con el propietario para que le de un toque. Aseguran que es un asunto privado y poco se puede hacer ni a través de la policía municipal. Decibelios, horarios y tal.

El asunto es que si se pacta un ir a malas ¿Qué toca? Sinceramente, peña, se me ocurre media docena de perrerías no denunciables que hacerle. ¿Recordáis qué le pasó a la mochuza en Los Asquerosos de Santiago Lorenzo? Pues algo así, pero claro, es empezar un melón sin fondo. Es jugar a lo guarro y yo me ducho a menudo. Por higiene mental, que es salud. Recordad que para esta señora estudiar es una tontería. Imaginad cómo le debe oler la boca o como ha de lavarle la genitalia al primogénito. Todo hits.

El problema es la mente, panda. La que compartimos. Lo mental. Que me veo pensando en nuestro pasado encuentro y me calculo diciéndole o pudiendo haberle dicho. Aunque seguro, ya hice bastante y muy bueno aunque se quede en tablas de amenaza. Es decir. Si yo intermitentemente rumio y vuelvo a rumiar mi ética, ella que ha dado lugar al enfrentamiento, a una guerra abierta y tiene un crio de dos años a su cargo debe estar angustiada de cojones.

Vale que no voy a hacer nada más pero especulo verla, que me ladre una más de croquetas de jamón, y yo qué sé, panda. Y resolveré esto sin oler a frito. Sé que no pasa por pensarlo, ni por la vía de hacer gestión emocional ni venganza ochentera de cine de acción del asunto, es decir, no resolver la movida con el ego, sino convivir con la geografía humana y reír con el cuerpo entero, en paz. Con Dios. Con el poema. Escribiendo ahora. Hola.

Mientras dibujo

Estoy intentando concentrarme, mientras dibujo, en el hecho de dibujar, y así evitar las distracciones a las que el cauce de mi pensamiento me lleva. Poner el foco en cómo respiro, en el tacto del lápiz. En silencio y en tramos de pocos minutos. Hay algo que me ayuda a ello, hoy, en especial, porque hay mucho en el acto de dibujar que tiene que ver con lo que me he contado que es dibujar y no con dibujar en sí mismo. Ese algo es hacerlo despacio. Forzar el gesto así lo suficiente. Tenéis que probarlo. El proyecto es dibujar desde y en el amor desinteresado. Que dibujar sea sosiego, que dibujar sea contemplación cristiana, meditación budista, habitar poético y un porque sí. Y no esquinaré el dinero. Ya vendrá si viene. El éxito es otra cosa. Además, no creo en la metáfora de la lucha de clases. No creo en el Edén comunista en la tierra ni en el orden del libre comercio que tenemos instalado, que atravesó la línea de no retorno antes de que yo naciera y ha envenenado el agua y el planeta. Yo creo en la llaga. Creo en Dios, sin Dios ni intermediarios, como metáfora de la Nada. La Nada preñada de mí dibujando cuando dibujar y yo coincidimos. Advertir su generosidad cuando ocurre. Ser testigo y notario.

Ocio hostelero (IX)

Hoy. Hace menos de una hora. Quedé con un buen amigo que bebió vermut deprisa y me dejó con el ánimo de una caña más. Decidí ir solo y todavía sobrio adonde soy bienvenido en el barrio. Ocio hostelero.

Allí, en la puerta, otro amigo sin cena en la barriga, bebiendo desde hacía horas, desfallecía ante mí como un adolescente. Le hago la cobertura porque aunque pedo, siempre ha sido buena compañía y un baterista formidable. Allí bien, juntos, hasta que un tercero entre lo white trash y lo Amish se cuela en nuestra charla y se hace pasar por amigo de mi colega, para quien, a su vez, a sus ojos parecía conocido mío y a quien tolerarle las gracias por educación.

Cuando éste se hace con el monopolio de mi atención en nombre del respeto por mi colega, entre saltitos y carismas hace que mi compañero por sí mismo encuentre hueco para largarse y dos chicas se acerquen adonde estamos. Treinta y cuarenta años respectivamente. Cuando me doy cuenta de que él no es quien le asigné ser, la más joven de ellas y yo llevamos hablando a gusto un rato. Lo suficiente como para acordarme de lo mucho que amo a mi chica, como para hablarle de ella. Lo dejo pasar, me habla de sus grupos de noise en Barcelona y desde mi dejar al otro que ocurra ella simpatiza y se explica. Así, mi estar a gusto escuchando a desconocidos. No hay más. No calculo ningún orgasmo. No me interesa. Y en medio de su relato, de quien no recuerdo el nombre, viene cordial y carismático don Amish y me pregunta en secreto un cómo estás.

Le consteto generoso, más allá del estandar, jugando a que si fuera la EGB estaría en un siete. Que me encuentro en una especie de notable bajo con el animo de expresar que a gusto, porque, aunque no se lo digo, el sobresaliente jamás, nunca en la eternidad, estará en ningún bar entre borrachos.

El amish se gira a mi interlocutora y le dice, a ella, ojo aquí, que he decidido ponerle un siete. A ella. Yo no doy crédito. Yo no quise un numero para lo que estaba pasando. Y como no cabe el contrapunto después de la malavenida valentía, de valor, de precio, de nuestro comparsa, decido encajar el desencuentro en silencio. A la vez, en la distancia, poca, a ella le oigo el asombro y el desengaño todavía expresado con amabilidad acerca de nuestro trato mutuo.

El número no es para ti, le digo. Es para cómo estoy en mi fuero interno. Me ha preguntado a mi, no por ti. Pero nada. La musica alta, mi insustituible pareja en casa durmiendo, que no perdí de vista, el planeta girando y el ocio hostelero gobernandolo todo. A continuación y a lo pobre, ay, intento pedirle al bocachancla barbudo que le explique a quien corresponda que no quería ofender a nadie. Le pido al tonto que explique su maldad pero paro a tiempo. Y me digo, sea. Está bien. No le pidas sentido común a una polla dura.

Escapo a mear y pienso que menuda mierda hacer sentir mal a nadie, como si hubiera tenido voluntad de hacerlo, y paciente, cuando de regreso me paro en mi cerveza, se me ocurre apartarme aun más de donde mis tres desconocidos han decidido dejarme de lado. Beso mi copa cuatro veces más y todavía sosegado por fin me digo: Ok, ya esta. Es lo que calculabas encontrar viniendo solo. Un nuevo texto. Y ahora vete. Ella lo superará, no la conoces ni tienes responsabilidad alguna sobre su opinión acerca de quién habita los bares antes del cierre.

De la distracción y el Don

Según sé de prestado, relato genera relato. Todo lo que queda fuera, todo lo que no es texto suscita, desde donde ocurre, si hay voluntad de hacerla, una nueva ordenanza del mundo sea cual sea el lenguaje en el que hayamos decidido embutir al arcano de la otredad.

La experiencia de la nada, de ese afuera, del otro, de aquel lugar innominado, es lo originario porque está vacío. Luego aterrizada, traducida, sometida a lenguaje, por ejemplo, la tabla periódica de elementos es una explicación posible, una metáfora del universo como cualquier mito teológico o cualquier utopía política. Relatos de sentido que en origen encararon lo que para mí, demasiado humano y satisfecho haciéndolo, contemplo silencioso en lo frontal siendo.

Ocurre que como a menudo la mayoría de ciudadanos defienden relatos mal heredados, las personas discuten. Y peor aún, hay quien es vehemente defendiendo qué pasó allá donde nunca estuvo. Así, me tocó sufrirlo y hoy mi escribir es un haberme distraído.

A menudo habito a la escucha como objeto junto a objeto; en otras ocasiones devalúo el don que he recibido intentando describir lo sagrado en vez de escribir desde Ello; y por último, en las ocasiones más toscas, como quien redacta una ley, mi escribir pasa de poema a crónica notarial clamando haber sufrido mis antípodas mundanas. Registro hechos porque he sido arrojado al mundo y mi voluntad quiere que todo aquel que vive desproporcionadamente distraído me deje en paz. Eso peleo.

Así, después, regobernándome en soledad lamento mis propias distracciones y me turba no atender a las cosas en sí mismas regalándose. A sus porque sí. Me entristece no vivir la vida coincidiendo sereno con la administración random que ésta dispone a cada ahora. Ahora bien: ¿Acaso cualquier distracción no es también cosa en sí, tan espontánea y gratuita, tan objeto de contemplación como cuando advierto a propósito en mi mano el lápiz con el que dibujo mientras dibujo?

Y así es.