TEXTOS

Ocio hostelero (IX)

Hoy. Hace menos de una hora. Quedé con un buen amigo que bebió vermut deprisa y me dejó con el ánimo de una caña más. Decidí ir solo y todavía sobrio adonde soy bienvenido en el barrio. Ocio hostelero.

Allí, en la puerta, otro amigo sin cena en la barriga, bebiendo desde hacía horas, desfallecía ante mí como un adolescente. Le hago la cobertura porque aunque pedo, siempre ha sido buena compañía y un baterista formidable. Allí bien, juntos, hasta que un tercero entre lo white trash y lo Amish se cuela en nuestra charla y se hace pasar por amigo de mi colega, para quien, a su vez, a sus ojos parecía conocido mío y a quien tolerarle las gracias por educación.

Cuando éste se hace con el monopolio de mi atención en nombre del respeto por mi colega, entre saltitos y carismas hace que mi compañero por sí mismo encuentre hueco para largarse y dos chicas se acerquen adonde estamos. Treinta y cuarenta años respectivamente. Cuando me doy cuenta de que él no es quien le asigné ser, la más joven de ellas y yo llevamos hablando a gusto un rato. Lo suficiente como para acordarme de lo mucho que amo a mi chica, como para hablarle de ella. Lo dejo pasar, me habla de sus grupos de noise en Barcelona y desde mi dejar al otro que ocurra ella simpatiza y se explica. Así, mi estar a gusto escuchando a desconocidos. No hay más. No calculo ningún orgasmo. No me interesa. Y en medio de su relato, de quien no recuerdo el nombre, viene cordial y carismático don Amish y me pregunta en secreto un cómo estás.

Le consteto generoso, más allá del estandar, jugando a que si fuera la EGB estaría en un siete. Que me encuentro en una especie de notable bajo con el animo de expresar que a gusto, porque, aunque no se lo digo, el sobresaliente jamás, nunca en la eternidad, estará en ningún bar entre borrachos.

El amish se gira a mi interlocutora y le dice, a ella, ojo aquí, que he decidido ponerle un siete. A ella. Yo no doy crédito. Yo no quise un numero para lo que estaba pasando. Y como no cabe el contrapunto después de la malavenida valentía, de valor, de precio, de nuestro comparsa, decido encajar el desencuentro en silencio. A la vez, en la distancia, poca, a ella le oigo el asombro y el desengaño todavía expresado con amabilidad acerca de nuestro trato mutuo.

El número no es para ti, le digo. Es para cómo estoy en mi fuero interno. Me ha preguntado a mi, no por ti. Pero nada. La musica alta, mi insustituible pareja en casa durmiendo, que no perdí de vista, el planeta girando y el ocio hostelero gobernandolo todo. A continuación y a lo pobre, ay, intento pedirle al bocachancla barbudo que le explique a quien corresponda que no quería ofender a nadie. Le pido al tonto que explique su maldad pero paro a tiempo. Y me digo, sea. Está bien. No le pidas sentido común a una polla dura.

Escapo a mear y pienso que menuda mierda hacer sentir mal a nadie, como si hubiera tenido voluntad de hacerlo, y paciente, cuando de regreso me paro en mi cerveza, se me ocurre apartarme aun más de donde mis tres desconocidos han decidido dejarme de lado. Beso mi copa cuatro veces más y todavía sosegado por fin me digo: Ok, ya esta. Es lo que calculabas encontrar viniendo solo. Un nuevo texto. Y ahora vete. Ella lo superará, no la conoces ni tienes responsabilidad alguna sobre su opinión acerca de quién habita los bares antes del cierre.

De la distracción y el Don

Según sé de prestado, relato genera relato. Todo lo que queda fuera, todo lo que no es texto suscita, desde donde ocurre, si hay voluntad de hacerla, una nueva ordenanza del mundo sea cual sea el lenguaje en el que hayamos decidido embutir al arcano de la otredad.

La experiencia de la nada, de ese afuera, del otro, de aquel lugar innominado, es lo originario porque está vacío. Luego aterrizada, traducida, sometida a lenguaje, por ejemplo, la tabla periódica de elementos es una explicación posible, una metáfora del universo como cualquier mito teológico o cualquier utopía política. Relatos de sentido que en origen encararon lo que para mí, demasiado humano y satisfecho haciéndolo, contemplo silencioso en lo frontal siendo.

Ocurre que como a menudo la mayoría de ciudadanos defienden relatos mal heredados, las personas discuten. Y peor aún, hay quien es vehemente defendiendo qué pasó allá donde nunca estuvo. Así, me tocó sufrirlo y hoy mi escribir es un haberme distraído.

A menudo habito a la escucha como objeto junto a objeto; en otras ocasiones devalúo el don que he recibido intentando describir lo sagrado en vez de escribir desde Ello; y por último, en las ocasiones más toscas, como quien redacta una ley, mi escribir pasa de poema a crónica notarial clamando haber sufrido mis antípodas mundanas. Registro hechos porque he sido arrojado al mundo y mi voluntad quiere que todo aquel que vive desproporcionadamente distraído me deje en paz. Eso peleo.

Así, después, regobernándome en soledad lamento mis propias distracciones y me turba no atender a las cosas en sí mismas regalándose. A sus porque sí. Me entristece no vivir la vida coincidiendo sereno con la administración random que ésta dispone a cada ahora. Ahora bien: ¿Acaso cualquier distracción no es también cosa en sí, tan espontánea y gratuita, tan objeto de contemplación como cuando advierto a propósito en mi mano el lápiz con el que dibujo mientras dibujo?

Y así es.

AHORA SÓLO HIERVO

No necesito vencer mirándote a los ojos. Ganas a menudo y el mundo lo trituran para ti. Sólo tú y los tuyos triunfaréis. Lo he visto las suficientes veces. Habitaréis firmes y resueltos, como poetas valientes, el mundo. Vencéis pero no sabes qué derrotas. Yo sí. Yo juego a las matemáticas en el campo. Por eso pierdo. Por eso debe ser desalentador follar contigo.

Crónica trinchera

Se puede ser de todo menos pesado, dice lo manchegón. Soy obsesivo-compulsivo, creo. Me pasa con las personas, con la música, con los tebeos que dibujo y muy en particular con todas las oportunidades que he tenido estos últimos quince años de hacer holgadas economías dibujando. La crónica que sigue ocurrió con Moneda y una prima-hermana a la que todavía amo y respeto. Debo subrayar acá que desde la primera pieza improvisada que grabé en casa como monobanda ella indicó a mis intermitentes consultas abrasivas qué sí y qué no hacer orientándome paciente y verosímil. No celebré todavía lo suficiente que con su Cum Laude en el conservatorio de Madrid, escribiendo y componiendo óperas de éxito europeo y habiendo pasado medio año en silencio en un monasterio cartujo, gobernara tan amable mi tanto insistirle a un quehacer disoluto, el mío. El musical.

Hace medio año ella, ciudadrealeña, vino a casa. Pidió quedarse unos días. Como nuestro cariño y admiración, ya lo dije, era mutuo, mi chica y yo fuimos despreocupadamente hospitalarios. Ella vino a gestionar unos conciertos de música sacra con una promotora local. Todo bien. Los primeros días no la veíamos mucho pero nos hacíamos a gusto un café bien tarde después de cenar.

Como dije, le daba a escuchar las canciones de Moneda porque, en especial, medio año atrás, mucho antes que Le Cassette las editara, un sello discográfico straight edge conexo a poetas y místicos trapenses se interesó en publicarlas. Se las daba a escuchar y sobre todo a leer avisándola de que aun cuando en cada tema quise lo espiritual e intuía no haberlo conseguido, pese a que desde siempre me ha interesado lo extemporáneo, me tenía preocupado que mis contenidos tuvieran tal vínculo con lo contrario, con lo contemporáneo, con lo prosaico y frontal, con cierto materialismo dialéctico, que el sello hardcore perdiera el interés. Pon en valor, le dije a mi prima entonces, que toda la mística que he leído la entiendo desde Sartre, comunista, y la poesía que me gusta y lo existencialista desde Heidegger, nacional socialista alemán pre segunda guerra mundial.

Ella llegaba a veces bebida a casa, muy poco y eventualmente, tras algunas reuniones, y nos buscábamos con ganas. Cuando le sacaba el tema de la casete y el sello, como de entre toda nuestra familia ella fue siempre en quien más confié meridiano sobre trascendencia y vida contemplativa, discutíamos a partir de las letras de mis canciones asuntos como que la faceta teológica de Nietzsche, según ella, era una gilipollez; que el propio Heidegger no hubiera sido capaz de ponerle el dedo analítico encima al Ser para acabar explicándolo con versos de Silesius o Eckhart; o que Walter Benjamin cruzara la ortodoxia mesiánica judía con lo redentor del marxismo.

Mientras le hablaba de los contenidos de mi biblioteca o le seleccionaba algunos discos, decía a lo largo de aquellos días «me sorprendes» como si yo sólo fuese prosa o no hubiera entendido nada de lo que me ha calado mirando la pared durante años. Así, en esta primera estancia, pese a nuestro afecto mutuo, cuando abríamos la tercera lata de birra respectiva se ponía especialmente intensa argumentando, perdiendo de vista qué horas eran y restándole entre tanto a que sin ego, hablándole a partir del poema de mi mala música o desde cualquier otro lugar, yo intentara afianzar comunidades o verbalizar las que nos conocíamos.

Recuerdo que en la tercera noche especialmente intensa decidí mandarme a dormir porque la única práctica que tenían nuestros desacuerdos era bajarme de la burra y dejar a mi prima con la razón a solas. Lo hice con todo el tacto que pude y pese a que conseguí zanjar la charla, después, desvelado, dibujando durante horas estuve rumiando qué pasó.

El día anterior de su viaje a Francia, donde terminaría de organizarse entre festivales, estuvo especialmente silenciosa. Pasaron menos de tres semanas y ella regresó de París para quedarse, de nuevo, diez días más en casa. La recibimos. Yo tenía hablado con mi pareja lo especialmente mal que me había hecho sentir la noche de su vehemencia pero la familia es la familia y me he tragado el orgullo por agravios mayores en otras ocasiones ante personas que no merecen ni el peor nicho del cementerio. Aún así, recuerdo que en caliente determiné que si en adelante alguien dormía en nuestra casa, sea quien fuese, tendría que faltarse la mitad.

Aquellos nuevos días ella volvió a salir de casa temprano para regresar de noche. Mi paciente pareja limpiaba su ropa aprovechando nuestras coladas y por si acaso coincidíamos, por ella, cocinábamos vegetariano. Mi prima fue muy amable en consecuencia pero llegó borracha a casa el octavo día después de celebrar haber cerrado con verdadero éxito uno de los asuntos por los que viajaba. Llegó riendo de algo en su móvil. Al igual que en su primera visita, tenía una copia de las llaves para entrar y salir a placer, pero entonces, como desde mi estudio capté rápido su euforia, la llevé lejos del dormitorio donde mi chica dormía hacía pocas horas.

Esa noche intenté esquivar nuestros desacuerdos que, suspicaz y diagnosticado de mí, sentía como ataques juguetones contra los contenidos que pretendo en Moneda, contra mí o probablemente sólo contra la literatura metafísica que agraciada o desafortunadamente existo. Discutimos de nuevo del punk en lo trascendental como por ejemplo intenté hablar de política hace pocos años con un muy iniciado colega en ella alrededor de Autarca; tan suicida como pedir opinión politizada de sesgo comunista sobre un tebeo abiertamente apolítico cuyo protagonista es un muy lúcido intelectual objeto de la caridad familiar, de ciertos privilegios heredados. Pese a lo equivocado y lo inoportuno de mí entonces y en esta historia, intenté moderar.

«Me dan igual tus vecinos» decía, dejando caer que todos ellos eran seglares o idiotas, pero me dolió todavía más cuando pidiéndole bibliografía para acercarme a qué quería decir, cuando pedí algún canal de conferencias en youtube para reducir mis calvas y hacer mi propio ovillo me espetó un «búscate la vida» a los ojos.

Como digo, tras mal culebrearnos como hacía un mes, terminamos discutiendo, y como tampoco necesito palmas para bailar y a malas, las verdaderas, lo dije y lo repetiré, no me conoce nadie porque me doy miedo, le expliqué tirando todos los balones fuera que pude por qué me iba a dormir. Le dije que estábamos cansados y era tarde, que así no se podía hablar de música, de política, de Dios, de ninguna familia ni de nosotros. Al día siguiente, por la mañana, coincidimos en la cocina. Ella, arrepentida, quería irse de casa inmediatamente pese a que era un trastorno buscar dónde dormir los últimos días de su viaje de negocios. Bromeé como un adolescente poniendo cuernos metaleros y le pedí que se quedara.

Los días posteriores todo quedó enrarecido. De madrugada ella pasaba hacia el aseo delante del cuarto donde dibujo y me miraba entre adormilada y supremática. Delirio mío en el recuerdo. Acabó qué tenía que hacer con mucho éxito y al irse nos despedimos con un abrazo sincero.

Una semana después me tanteó de nuevo para quedarse. En vista de que le daba toda la vergüenza siquiera verbalizar el favor, ofrecí mi casa sin rencores pidiéndole que no me montara otra bulla. Ella, calculo que desde el orgullo aunque lo desmintiera poco después en persona, rechazó mi hospitalidad. Seguro, quiso dejar de discutir los mismos temas de conversación. Normal. Tocado y hundido, sentí. Estuve mensajeándola durante dos semanas, quizá insistentemente, pero con el mejor ánimo conciliador. Sólo recibí frases cortas y la intuición de estar molestando.

El meollo en cuestión, lo doloroso, por lo que escribo acá, es que pese a que aquel sello straight edge decidió darme la patada a lo feo, el juicio no lo hicieron ellos contra Moneda, lo ejecutaron los míos contra mí; los iniciados; los, digamos, sólo por mí proclamados poseedores de la autenticidad del canon. La sangre no me importa.

Poco después oí que mi prima había dejado de hablar de espiritualidades con no iniciados porque odiaba que la gente dijese tonterías. Me equivoco y me equivocaré, pero también fui yo, con ella, lo religioso. Hice por lo común, pasivo, muy a la contra de lo que medio exaltados nos argumentábamos aunque, seguro, en origen fui yo el cansino con Moneda. Mucho. Pecata minuta a la vez, pero al César lo que es del César

Después, ahora en vacaciones, la veo y me da abrazos cordiales. Sinceros. Al principio no sentía nada, pero terminé apretando bien fuerte cada uno de ellos.

Prosema (IV)

Aún sin haber qué resolver, toda solución y resolución que malvendí, si ocurrió, la soy todavía. Luego, le pido la correspondencia al cartero, esa del gestor de sí mismo que regalé, y algunos rudimentos remiten. Y entre gente, del mismo modo que vuelvo y revuelvo en mí, regalaré a los buenos, a sus propios tan pagados de sí, en silencio, escuchando, menos tela y más araña. Invisible. Primero, usando el asombro con el que ardo y hoy desapego, y en adelante, con el mismo adorno, artificios y artefactos con los que tantos caminos he andado y tan pocas esquinas he torcido entre satisfechos. Solo hay un poema.

Prosema (III)

Gracias. Gracia. Gratis. Regalo. Entrega. Don. Perdón. Ágape. Y que a unas gracias por algo, si las hay, le han de corresponder, responder, el silencio, la escucha; porque no es a uno a quien (le) agradecen.

Cuando advertidas, se dan a de donde vienen, a de donde fugaron; no al cartero. A la filia, al eros, y ojalá al amor y adiós. Al porque sí del girar una esquina y que aparezca otra calle.

Pero bromeé, idiota de mí, esta tarde. Ay. Olvidé que ellas no son hacerlas, que mejor no bromearlas porque nadie es su recipiente ni hacedor suficiente.

Coincidir no se lee, ocurre. Las gracias se derraman pacientes, ellas no negocian.

Ocio hostelero (VIII)

Anduve con toda la calma que me pedía el cuerpo merendando por la calle después de trabajar y observé que no somos dueños de proporcionar cómo caminamos. Que, por ejemplo, cualquier semáforo hace de metrónomo, generalmente al trote.

A pocos metros de donde quedé, dejando atrás haber peleado las prisas, pasando por el extremo de una plaza, tres voces gritaron mi nombre desde una terraza abarrotada. Medio me asusté y girado no reconocí a nadie. Buscando mejor entre las caras encontré a tres personas, tres, que han sido desde siempre cariñosas conmigo. Me acerco feliz a los siete más con quienes estaban, les muestro interés sincero por su reunión y cuando en mi despedida subrayé que me alegró mucho verlos y sintetizo desde el lado opuesto de la mesa que pongo en valor, porque no es normal, que hoy nadie saluda a gritos -ninguno en la mesa bajaba de los cuarenta años- una voz escondida allí dice sin cara: «Sí, anda. Corre.», y retomé mi camino a la vez. A mi espalda tronaron carcajadas.

«No hacía falta agradecer nada» le explicaron después a mi relato en casa. Y así es. No falta algo así. Nadie así. No hay demanda. Y sí la hay, sí, a la vez, en su anverso, porque cualquiera vive autoafirmándose. Expiando chivos. Así comulgan los más.

Prosema (II)

Lo soy y no quiero estar con tontos.

Y un tonto es un atónito en su profundo sentido ¿Y no fue lo presocrático puro asombro? ¡Aún lo habilita!

¿Y no peleé allá en mi estupefacción una compañía, una comunidad, o apenas un alguien contra mi soledad? ¿Y no será así, mi soledad, mi propio desierto? ¿Y no ocurrió mi propia angustia, mi angostura, rastreando allí?

Un desierto es un espacio abierto, la contra de lo angosto. Andar a oscuras es confiar en lo que nadie anuncia.

Luego, qué listo que lee, elige y se hace a sí mismo selector puedo querer yo entre los muy míos si cualquiera así, desde su en sí, sólo escucha al mundo para ordenarlo. ¡Para sus ordenanzas!

¿No serán los míos, como yo, los tontos; los que no acertamos desde nuestro asombro disparando una y otra vez a la diana? ¿No es cada disparo una tontería?

Y pongo en juego acá, pensado con el tuétano, confiando en la contingencia random, aceptando lo que ocurra en mi fe, que es la desesperación de saberme perplejo lo que me espanta y os califica.

Sólo sin ego, sujetos, objetos y proyectos coincidirán con lo que son.