TEXTOS

Más y mejor paciente

Tengo miedo y acudo a supercherías contra él. ¿A quién le cuento que Esteban no deja en paz a Esteban? A nadie tienes cerca que ayude en los términos en los que la ayuda es solicitada. Mientras tanto, fantasías protagonistas como héroe defensor del débil que uno mismo es fracasando pese a las propias leyes fantásticas establecidas en cada justicia ensoñada. ¿Y si no recrear en la imaginación, qué tal resolver de cara a la próxima ocasión? Pues ídem. Por ejemplo: como hice con el tabaco y el alcohol, el café. También quiero dejarlo, abandonar tanta dependencia. Lo he reducido tres cuartas partes pero a la determinación de renuncia, cuanto más férrea, más hostia es faltarle. «A Dios pongo por testigo» Decía la película. Y en no dejar de tropezar contra la impotencia Él la testifica. ¡Quieres, pero no puedes! Y así con casi todo.

Qué pena tengo sin nombre ni porqué, arraigada, que no suelta y atenaza. ¿Y qué? ¿Te pasa a ti? Dije «Sé perfectamente de lo que hablas pero no puedo hacer nada» y recibí un sincero abrazo sostenido. Quizá: haz sentadas, reza a Dios. Pide paciente misericordia y mientras tanto lee, pasea, diviértete, pacifícate. Escribe. Probablemente sea este nuevo capitulo como una gran resaca, un cíclico sentirse mal. Y así, espera. Sé más paciente. Paciente, también, como un enfermo en el hospital: en este mundo que hospeda y se nos da pese a todos sus demonios. Libris Mundi: criatura que Dios a su través, perdona. Cura. Sacramenta.

Resolví

Llamé a mi padre como lo hacía. Como nos lo hacíamos. Muy de vez en cuando porque el medio de comunicación entre ambos era escribirnos. El canal era whatsapp, pero con contenido, ese que siempre he querido compartir con él. Tengo la aplicación instalada en el ordenador y puedo demorarme en buscar las palabras, los párrafos, como bien merece. Le mando también dibujos, canciones, etc. Él dispone de una tablet y me corresponde a iguales.

El martes pasado, un martes cualquiera, le llamé al teléfono. Lo cogió un familiar, una de sus hermanas, diciéndome que estaba en el hospital ingresado. Que había pasado una mala noche, que había estado en urgencias y de ahí a una habitación en planta. Que todo iba bien. Vivo lejos y antes de organizar el viaje a su encuentro hablé con mi hermano, a ver qué disposición tenía. Mi hermano opositaba cuatro días después. Había estudiado mucho y era su cuarto intento. Vivía a unos 150 km de distancia de mi padre. El sábado se examinaba. Él pese a todo salía hacia el hospital. «No lo hagas, voy yo». Decidí además no exponerlo a ningún estrés hasta que acabara. El plan fue ir a cuidar de mi padre e indirectamente de mi hermano. Lo normal.

Con mi padre en el hospital en el silencio, desde mi biblioteca, desde la escucha, desde la serenidad íbamos cumpliendo líneas como en una partida de Tetris. Descongestionando, ganando ambos. Desde esta experiencia, desde este presentarme allí, desde la atención y el afecto así, desde ese compromiso, desde esta moral, desde ese sentido común, desde esa relación paterno filial concreta, estándar, la partida de Tetris se distribuía. Sin reproche, sin polémicas. Solo estando y siendo.

Día 1

Llegué y me informaron. Mi padre tiene un problema en la vesícula, aún estamos esperando el diagnóstico. Cada día, cada noche en La Mancha, Ciudad Real me regala una anécdota.

Voy y vengo del hospital a casa, la de mi hermano, andando 25 minutos. Un paseo. En medio debo atravesar un polígono industrial. El primer día de regreso a la noche coincide con el día de la música y tropiezo con el concierto de un guitarrista local histórico, de un entorno tóxico durante mi adolescencia y juventud en el pueblo, en una plaza random. Me siento, escucho dos canciones y aburrido decido irme.

Día 2

Bajo a tomar un café por la tarde. El último del día. En la cafetería del hospital me demoro leyendo un libro que tengo en PDF en el móvil. Un hombre cascado, ennegrecido, de pelo hacia atrás engominado no demasiado largo, nervudo y sin muchos dientes frontales se queda de pie al lado mío, cerca. Le miro y le saludo. Me contesta otro hola y pregunta con sarcasmo de yonky si estoy merendando. «Hace rato que acabé el café» respondo. Me mira a los ojos, pausa dramática. Le chequeo solo mirando, amable, la camiseta y los brazos. Sin inquisición. Veo un tatuaje desdibujado pero a color en su brazo izquierdo. Le pido que me lo enseñe y lo hago en nombre del buen clima, en ese timbre. No se inmuta. Vuelvo a mirarle a los ojos. No pestañea. Miro al tatoo de nuevo y gira un centímetro el brazo hacia mí, creo, pero por accidente, errático, sin animo de enseñarme nada. Y pregunta: ¿Eres de aquí? Sí, le digo. No, replica. Que sí, insisto. A ver, dice, enséñame el DNI. No, contesto. ¡¿Qué?! Dice metiéndome la cara, intimidando. Le contesto sereno, «que no» Y todavía más inquisidor pregunta ¿Por qué no? Y pensando bien la pregunta que me hace contesto: Porque no quiero. El tipo se va medio cortocircuitado no sin antes amenazarme: «Vale, vale. Espérate aquí.»

A las horas durante la cena un enfermero pregunta a sus compañeros si «Siguen los gitanos en frente». Ese día o al siguiente, me entero de que quienes están instalados en el parking del hospital son gente inofensiva vendiendo globos, fruta y después, hablando con un buen amigo de la anécdota mientras cocinaba viandas para no gastar dinero a diario en menús de hospital me asegura que es habitual que la gente en el pueblo amenace por sistema, por defecto.

Toda Ciudad Real, concluyo, está amenazada por un u otro macarra. Cada individuo, cada ciudadano para cada macarra. Me dice el oriundo allí, mi amigo, además, que las amenazas nunca se cumplen. «Lo que pesa, la voluntad, es tenerte acojonado». El miedo. Un tinte de terror. Ese factor vivo.

Día 3

Es verano. Julio. Mucho calor. Castilla la Vieja. Cero humedad. Llevo un calzado de entretiempo y pantalones largos.

Mi padre a lo largo de la tarde, charlando serenos, me dice que los pájaros que se ven al exterior del hospital son vencejos. Le explico que tengo una honda relación sentimental con las golondrinas, indistinguibles para mí de los pájaros tras la ventana. Me dice que los vencejos son un derivado de las golondrinas, que son más bastos, previos o posteriores a ellas cada año. Como las brevas para los higos, que se suceden, que no son simultáneos. Me dice mi padre de los vencejos que, sean crías o no, por el gran tamaño de sus alas y lo pequeño de las patas, si caen al suelo no son capaces de levantar el vuelo. No se trata de un pollo o una gallina, torpes, sino de un pájaro de la familia de las golondrinas, que vuela así. Y de nuevo entre ambos, silencio en afecto. Juntos.

Ya son tres días durmiendo pocas horas y de vuelta a casa de noche andando desde el hospital, cansado, ojeroso y triste porque mi padre, además, pasa por rachas de amargura, de tristeza y enfado, de soberbia y en definitiva por los episodios de un enfermo, de vuelta a casa, digo, de camino me encuentro un vencejo en el suelo. Lo toco y se mueve. Lo cojo y lo lanzo al aire. Según sube el pájaro cae al suelo a plomo dándose una hostia peor. Entendí qué le pasaba cuando cayó. El pájaro agonizaba. Debía llevar allí no solo las horas de luz eléctrica sino todas las de sol justiciero. Moría de sed. Y me alejé al punto, al emocionarme. Tristeza infinita. Ya en casa ceno, leo, me siento quieto y en silencio unos minutos, me acuesto y bien dormido a las 6:00 am, a la almohada que uso para dormir se le rompe la cremallera y el espumillón se desparrama por la cama y el suelo. Estoy tan agotado que lo dejo estar con el extra de que ese relleno, los pelos de mis piernas y el sudor, todo en conjunto, pellizcaba.

Día 4

Me levanto temprano, recojo el desastre, desayuno y salgo hacia el hospital. Atravieso al alba el polígono y porque además del calor en general bebo mucha agua, tengo la urgencia de mear en cualquier parte. Así, paro en una zona lejos de muchas puertas en una encrucijada del polígono. Me cuido de que no pase mucha gente. Llevo los auriculares y una gorra puesta. Meo y oigo a mi espalda un claxon, calculo que es alguien haciéndome chanza, otra más, entre ciudadrealeños hostiles. Acabo, me giro y está la guardia civil mirando desde un coche patrulla con la ventana bajada. Yo quieto, pienso en la denuncia y espero una orden, a que me digan qué debo hacer. Con un gesto uno de ellos pide que me acerque al coche, voy, y pregunta «¿Qué haces?»: Voy camino al hospital y no me aguantaba más, contesto. «Como te vuelva ver… te denuncio». Se van, no sé porqué le doy las gracias con timidez y por fin llego al hospital.

En la puerta de entrada me doy cuenta de que en menos de una semana me tiene amenazado el macarreo gitano y la guardia civil.

Día 5

Al día siguiente, en el hospital, tras calcular tanto flujo de gente en un sitio tan concurrido, entendí que por probabilidad me encontraría con alguien de mi pasado. Efectivamente me crucé con Sandra. Una chica con quien hacía 20 años compartí en el instituto una buena amistad, incluso un amor que, veleta porosa de mí, cercené por orden de quienes creía míos, que aseguraban a ciegas que era mejor entretenerse viendo películas o conciertos en directo y que era más autentico y de más autoridad David Bowie que una buena persona anónima.

Ella fue cordial y hablamos. Le pedí disculpas a dos décadas de distancia. «Hubiera sido otra vida, Sandra». No fue un melodrama, pero especifiqué «Lo siento». Sincero, concreto. En ese ajuste de cuentas y en nombre del buen recuerdo que tenía de ella me disculpé. Por respeto. Por amor. Por la memoria. «No importa», dijo desde cierta indiferencia cálida. La que le corresponde a unas disculpas así. Y tengo el sentimiento y la intuición de que en el recuerdo de este encuentro, aun siendo el asunto un pretexto para la mofa a mi costa porque no hay costumbre de estos desnudos, de desanudar así las cosas, fue bueno haber dicho así. Fue útil. Ojalá sí que, pese a que muy escaso, ocurrió lo que Sandra bien merece. Cierta descarga: Otra memoria.

Día 6

Llegué temprano al hospital y mi padre dormía. Eran las 7 am y no quise despertarlo. Me senté a su lado, al alcance suyo y atento a que despertara leí en silencio. Después de una hora él abrió los ojos entre sueños, me reconoció y volvió a dormirse.

Pasadas las 9:00 am llegó una de sus hermanas y con actitud militar muy en contra del clima de afecto y cuidado que había en la habitación, decidió que ya era hora de levantar a todo el mundo. Ella, con autoridad autoproclamada desplazó todos los roles y haciendo ver que mi actitud era inútil me exigió que su hermano tenía que lavarse dándome la orden, sin pacto conmigo, de hacerlo. Como quien manda a limpiar un coche. Ella entre tanto ahuecaba la almohada demasiadas veces, apuraba al enfermo con prisas, estresándolo, y estiraba la sábana como si formara parte del equipo de limpieza al por mayor del hospital.

Cuando le expresé que igual estábamos en otra cosa ella daba a entender, todavía urgiendo la misma orden de aseo, sorda, que sabía qué había que hacer. Obedecí. Preferí que ella y el resto del perímetro familiar de mi padre me siguiera teniendo por tonto, como siempre, que por problema. Y así, en el aseo, lavando a mi padre según sus indicaciones, necesidades y permisos, juntos, encontré otro espacio y hacienda para el afecto contra lo que aquella eficiente cabeza familiar desplegaba.

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El compañero de habitación de mi padre en el hospital tenía diagnosticado un cáncer. Estuvo sedado hasta que se lo llevaron. La perspectiva de un cambio de compañero era de incertidumbre. Recién llegado éste a la habitación, ese día mi padre y yo estábamos dando un paseo, como siempre, por los pasillos entre las seis y las siete de la tarde. La cortina que separaba las dos plazas de la habitación estaba bajada. Fui a por un protector de estomago y a por agua para mi padre y al entrar a la habitación nuestro nuevo vecino gritó por mi aspecto: «¡Gitano! ¡Un gitano!».

Una enfermera preguntó si estaba senil. Su acompañante, su hija, aseguró que solo desorientado.

Dos horas más allí, de tan despistado, el anciano preguntaba cuanto le iban a cobrar por estar en esa cama, que no quería pasar la noche en una fonda y le daba vueltas a un supuesto taxi que tenía que sacarlo de allí. Mi padre me ponía caras simpáticas y misericordes a caballo entre “pobre diablo” y la resignación. Todos pasaron mala noche.

Día 7

Andando por la mañana hacia el hospital me entró un insecto en la boca directo a la garganta y del susto me lo tragué. Si hubiera sido una avispa, hubiera sido tu fin, pensé. Cambié la ruta para quitarme la sensación de mi embarazo así. De un insecto en mis tripas.

Al llegar a la habitación mi padre contaba que el anciano a lo largo de la noche se había quitado las etiquetas de identificación, las vías y hasta se había puesto en pie para irse. No descansó nadie. Al medio día el terremoto habló con su hermana. Como es habitual en estas edades el nonagenario, con ayuda de su hija, usó el manos libres del teléfono. Todos escuchamos la conversación.

Se decían cosas con sencillez y con afecto, desde el sollozo de una persona tan mayor, que vive en él. Se hablaban con nostalgia: Se echaban de menos. Decía el anciano «Estoy bien…» hacía una pausa y terminaba la frase «… jodido». Mi padre casi reía, incluso rezó el “jodido” en voz baja para sí.

Lo que pasó allí no cabe en ningún texto. «Cuando te vea te vas a enterar». Y lloraba aquella hermana. La hija del anciano, que al cabo de los días dio muestras de gran fuerza cuidando sola y paciente de su padre, le pedía: «Dile que te quiero». Y se lo decía. Y estaban tan en el amor, en la despedida, tan en el afecto, tan en esos noventa años, que del te quiero, del verbo tan resobado, reflotaba su sentido. Dejé de mirar a mi padre mientras tanto, retorcí los dedos de mis manos y aquello me llevó puesto. Para que mi padre no me viera de tan emocionado, descompuesto, marché de la habitación hacia el pasillo. No pude dejarlo salir del todo porque llegó mi primo y no debía derrumbarme. Estaba cansado de tanto día maldurmiendo. No sé porqué intuí que no debía desfallecer. Así que me encaré a la ventana y busqué el tacto del sol pese a tanto calor. Después fui al baño de la habitación, me sequé los ojos, me lavé la cara, me descongestioné la nariz y me serené con mi primo tirándole todos los balones fuera. A propósito, y para bien. A las horas, en la cafetería, le pude explicar qué había pasado, otra vez emocionado de mí, pero entero.

Día 8

En el hospital, en los paseos que mi padre, fontanero, daba por los pasillos, se encontró con quien había compartido trabajo en algunas ocasiones, no sé si albañil o electricista, que tenía Parkinson.

Cuando mi padre le preguntó porqué estaba allí, aquel confesó que intentó suicidarse y no lo consiguió. Mi padre, con su sabiduría, con extrema sencillez así, daba los mejores ánimos en la medida en la que su sana relación con él y la buena regla que las circunstancias merecían, permitían, pero no pudo hacer nada contra las raíces del malestar de aquel amigo.

Los vi hablar y me acerqué, pero el clima entre ellos era tan intimo que sentí que debía dejarlos a solas. Mi padre, herrumbroso, regresó a la cama de su habitación y no contó apenas nada.

Le pregunté a las muchas horas y discreto conmigo, austero, como siempre, dijo lo suficiente para que yo entendiera.

Día 9

Le dieron el alta a mi padre y mientras pasábamos el rato preparando la ropa, los papeles y recogiendo nuestras cosas del armario, en la espera, tuvimos tiempo para no decirnos nada otra vez. Para ser compañía callada, también, en ese nuevo momento de salud. Coloreados de solo tener que esperar le dije a los ojos porque sí, mientras me hablaba, un te quiero. Siguió hablando como si nada. ¿Me has oído?, dije. Y Calló. Te quiero, repetí. Y me contestó tal y como no hay otro modo. Con silencio. Con más hondura, con más medicina, con más verdad de lo que él hubiera podido expresar. No habló, no gesticuló, apenas me atendió con la mirada, pero el acorde de silencio que sonó a continuación aún permanece.

LA MUERTE DE IBÁÑEZ

Un niño lee un Mortadelo y ríe. Damián, anciano, pasa al lado y le arrebata el libro gritando: ¡No! ¡Así no! Rompe el libro y el padre que está cerca le cruza la cara. 

Damián, anciano, tiene un ojo morado y sujeta en la mano la media página arrancada del comic de aquel crío. Está en una habitación llena de libros. Mira el tebeo despacio muy turbado, se puede ver un cacho en plano. Damián tiene aspecto de indigente pero está en una casa de mucha pasta, en una mansión. Entre sus estanterías vemos la estatuilla de un Pulitzer con su nombre. También hay fotos suyas con Sartre, con Dalí. Ambos ya ancianos junto a un Damián muy lozano. Fotografías, muchas, la mayoría, con Francisco Ibáñez.

Llaman al teléfono.

– Don Damián.

– Sí. Quién es.

– Ha muerto, Don Damián. Ibáñez se suicidó esta mañana. Lo siento, lo siento muchísimo.

Damián llora desconsolado dejando caer el trozo de hoja arrebatada al niño. Vemos la ultima viñeta del Mortadelo con todos los personajes corriendo tras el propio Mortadelo.

Al día siguiente Damián está en el velatorio de Ibáñez, lo vemos delante del ataúd cerrado. Detrás suyo está Remedios, la esposa del autor, a la que alguien le da el pésame diciendo: «Su marido era un genio». Damián decide irse pero se para delante del libro de recuerdos. Está catatónico.

Una mano se posa en su hombro. Es la esposa de Ibáñez. Se miran callados unos segundos:

– Lo siento mucho, Remedios.

– Don Damián, usted sabe. Haga saber.

Él contesta abrazándola:

– Gracias.

Damián es entomólogo, desde muy joven apunta maneras. De niño sufre el acoso de los compañeros. Le dicen nuevo, que da asco por estar siempre manipulando insectos, que es un raro por eso y por ser huérfano. Su padre murió siendo él bebé. Y pese a todo, un retablo: Cuando llega a su casa pasa por delante de su madre que está hablando al teléfono: “Sí, ya estamos instalados… No, no es eso. Sí, hace dos meses”. Damián disimulando el malestar del acoso camina hacia su cuarto donde, llorando, coge un Mortadelo, pero no puede siquiera empezar a leerlo. Lo intenta pero sigue sollozando hasta que se calma. Entonces llega su madre a la habitación diciendo: «¿Ya estas con los tebeos? Él la mira ilusionado en respuesta. «¿Leemos en el salón?» contesta ella.

Esa o cualquier otra noche en una pesadilla Damián de niño está rodeado de sombras. En la oscuridad, de fondo está sentado Ibáñez, que levanta la cara de un libro grueso y viejo. Las sombras le ofrecen algo:

– Mira infante, te hemos preparado un postre.

-No lo quiero. Dejadme.

– ¿Cómo? Si además tengo tu bocadillo. Hemos cocinado.

– ¡¡Dejadme!!

– ¿No tienes hambre? Y una de las sombras, metiéndole la cara dice ¿Qué miras, pánfilo? ¿Qué te pasa?  

El niño mira quieto hacia el butacón donde está Ibáñez, que dice “Es bueno, una oportunidad para demostrar quién y cómo eres. Ten cuidado”.

Pero las sombras solo gritan: – ¡Un flan y una tortilla! ¡De cucarachas! ¡Flan y tortilla!

Damián vomita.

De seguido, ahora con 40 años, despierta de su pesadilla. Alguien pregunta: «¿Está usted bien, Damián? Tiene mala cara»

Le habla un organizador del evento en el que va a hablar enseguida.

– No, no. Todo bien. Me quedé traspuesto. ¿Vamos?

A esa edad él recibió un Pulitzer por sus estudios en entomología pero desacredita el galardón en ponencias, entrevistas, y homenajes que le hacen. Lo hace en favor de una defensa vehemente, peregrina y por eso vergonzante de Mortadelo y Filemón.

Muchos años después, muchos, más de treinta, Ibáñez anciano está en el metro, perturbado. Él suda, tose y se frota la cara de pura desesperación. Mira a derecha e izquierda pero el andén está petado. Advierte caras de todo tipo. Gente random muy variopinta. Viene el metro e Ibañez cae a las vias. Es atropellado y muere en el acto. La gente grita horrorizada. ¡Suicidio! ¡Un suididio!

Alguien sale de la boca de metro hablando por teléfono:

– Sí. Ya está hecho. Ha sido fácil.

Damián pasada la mediana edad, con casi 50 años, quiere honrar a Francisco Ibáñez. Está decidido. Quiere expresarle su profunda gratitud por hacerle reír, por ser apoyo, bálsamo, amigo y una especie de padre sustituto idealizado a través de Mortadelo y Filemón durante sus años de niño contra tanto estrés por los muchos cambios de colegio, bulling y aislamiento en las aulas. Por fin hará aproximaciones a Ibáñez en persona. Pero el autor es arisco, huraño. Tóxico. Ibáñez está muy perturbado pero Damián persiste. En una de éstas ocasiones, en una tarde de tormenta, entre obsequios, atenciones y aprecios de Damián, por un rebote circunstancial, por estar en el sitio indicado en el momento indicado, por uno de esos Deus ex Machina, por un combo muy chorra y muy de comic, por una suerte increíble, loca, causal y porque sí, en un momento en el que Damián esta especialmente pesado con Ibáñez, que está recogiendo a sus hijas a la puerta del colegio y a punto de perder definitivamente los nervios, nuestro hombre bajo la lluvia, sin hacer nada en especial, evita un combo encadenado de accidentes mortales (de tráfico + una maceta caída desde un balcón + un rayo que cae del cielo) en el que sin duda Ibañez y sus hijas hubieran muerto en el acto. Entonces el autor mira incrédulo a su alrederor y a Damián hasta que se demora en él, atento, como ante una especie de enviado del cielo, y le reza: «Nunca tuve hijos, solo hijas. Hasta hoy».

Justo antes del primer confinamiento de la Covid, el 12 de marzo de 2020, repartido entre millones de pantallas en toda España y latinoamérica, por televisión y YouTube, aparece Damián anciano, con mucho mejor aspecto haciendo un streaming.

Su interlocutor explica:

Damián Regio. Su tesis doctoral sobre entomología le valió el Pulitzer. Poco después ingresó en la orden Cartuja de Sevilla donde hizo voto de silencio durante seis años. Al cabo se retiró como casi eremita a una pedanía abandonada en el secarral Castellano-Manchego. Hasta hoy, por fin, que habla para nuestro streaming. Una de las mentes preclaras de nuestro país. ¿Don Damián? ¿Me escucha?

– Sí. Hola.

– Adelante.

– Gracias.

Damián lee de unos folios.

– Francisco Ibáñez fue mi muy mejor amigo. Lo asesinaron, no se quitó la vida, y con el marchamo de su familia y los suyos diré porqué: Mortadelo y Filemón, Tánatos y Eros.

Ibáñez en un café me confesó:

«Mortadelo viste como un enterrador del siglo XIX. Literalmente: La indumentaria negra que siempre ha llevado, la levita, el lazo por corbata, el alzacuellos. Yo bromeo en cada entrevista con que el personaje pasaba hambre pero no fue bautizado a costa de la mortadela, eso es ridículo, sino por lo finito. Lo escatológico. Por la muerte.»

– “Muerteduelo”, conjuraba Don Francisco entre sus amigos.  A menudo con los colegas, en algunas sobremesas, fumando y bebiendo se nos acoplaban dos o tres hippies. Paco arengaba a menudo:

«Mortadelo es el protagonista, el eje de cada uno de los tebeos donde aparece, ¡cómo no! Y tiene un millón de caras, se disfraza, ¿Quién sino la muerte? El Mortadelo conocido, el popular, el asumido, jamás el mío, es un espejismo. ¡Una consecuencia industrial de la Bruguera franquista!»

– Ibáñez proyectó así a sus personajes y algunos de aquellos hippies con quienes tenía trato se hicieron fuertes alrededor suyo. Ibáñez, generoso e inocente les contaba los detalles de aquella mecánica de fondo. A veces entre más de una docena de hippies, gente joven, se descubría a sí mismo por sorpresa como quien predica sin querer:

«Así, Filemón es filia, amor. Afecto. «¡Filiamón!». Un ágape que solo recibe traiciones y tropiezos de su compañera la muerte. Filemón es el cónclave, el Eros, de su compañero inseparable Tánatos. Tal para cual.»

– Aquellos hippies con los años, sin Francisco en absoluto pero germinados de sus ideas, abusaron de los estados alterados de conciencia viajando con Ayahuasca, LSD y hongos, ya conocéis la decadencia de aquella cultura. Y los que sobrevivieron fueron poderosos yuppies: empresarios, gente que además de delirante, tornó multimillonaria y con el tiempo muy peligrosa para Ibáñez.

Damian levanta los ojos del texto y dice:

– Doy buena fe de que todo esto pasó. Fuí allí invitado para interceder por Don Francisco. Especulaban, me preguntaban:

«¿Quién es la Señorita Ofelia? ¡Ofelia es en Hamlet la romántica que se ahoga pura! Nadie la folla nunca. Rechazada y así, pura. Ahogada en su pulsión hacia Eros y Tánatos. Vida y muerte. Filemón y Mortadelo la rechazan por igual. Tragedia máxima eterna. Esquivada y terremoto.»

– Y entre ellos:

«¿Y Bacterio, hermanos? La episteme torcida. La ciencia patas arriba de técnica enloquecida de nuestro mundo hoy. El despropósito de la tecnología.»

Damián vuelve al texto, lee:

-Cosas así y sus detalles los confesaba Ibáñez a los muy suyos. Pronto dejó todo este asunto documentado ante notario porque advirtió que algo malo pasaría. Aquellos yuppies, usando los tebeos de Don Francisco como textos sagrados, como parábolas oraculares, como mapas metafísicos, con cada superhumor como libro teológico y místico, distribuyendo los icónicos personajes como símbolos según les convenía, configuraron rápidamente una secta en red allí donde Mortadelo y Filemón era editado como historieta de humor. Una sede en cada país.

– Don Francisco incluso recibía videos de los yuppies que en oscuros templos, a menudo, en el momento de la primera soflama, la sangre roja de un gato blanco era derramada. Allí predicaban:

«Filemón se apellida Pí. Que también es un número. Tres coma catorce dieciséis. Una letra también griega para un número de decimal infinito: La philia así de amor vivo, la pulsión de vida vívida.» «Además, Filemón viste de blanco y rojo como rosas regaladas. Pureza o sangre viva. ¡Sangre viva!»

– Ibáñez se derrumbaba cuando el gurú que presidía el sacrificio en cada video se bebía grandes vasos de leche mezclada con la sangre del gato.

Damián levantó los ojos del texto otra vez:

– ¿Aquella secta asesinó a Don Francisco Ibáñez? Sus familiares y allegados creemos que no se suicidó. Él pronto rechazó todo contacto con ellos y claudicó de todos los honores que le otorgaban, pero aquella gente quería más significados y sentidos a partir de Mortadelo y Filemón. Querían saber.

«¿Dónde quedaba cada carrera al final de cada historieta?». «¿Qué compromiso social y humanista es así la permanente actualidad de cada libro?». «¿Qué es cada chichón como herida en el permanente slapstick?». «¿Qué es ese tan buen humor con el que nos reímos aún, pese a todo, a carcajadas?». Preguntaban. Inquirían.

-Ante el silencio del autor la curia de aquella fe se autorizó hegemónica y suficiente para decidir el significado de aquellos tebeos, decidió cual es y había sido siempre la lectura correcta de las aventuras de Mortadelo ampliando y recortando interpretaciones a placer. Ibáñez peleó la genealogía de su obra entre nosotros e hizo intentos de publicar el aparato teórico de su obra. Así, por ser un problema tan de raíz para aquella organización de fe, creemos que fue asesinado.

– Dicho esto y a causa de que no habrá justicia por falta de pruebas y acusados, hoy la familia y allegados de Don Francisco, en su nombre, pedimos el respeto y la correcta lectura de los fundamentos mitológicos, humanistas y espirituales del trabajo de Ibañez, para cualquier entrega de sus queridos personajes. Sin menoscabo de la comedia y la carcajada que despiertan, exigimos el rigor y la conmemoración del autor y su trabajo porque Don Francisco Ibáñez Talavera diseñó y produjo la obra más ambiciosa de la historia reciente de la literatura universal.

– Primero la maquina de hacer billetes tan popular en que se convirtieron los personajes escurrió el bulto, después aunque la apropiación del contenido de su obra fue todavía peor trago para él, todas sus historietas tienen todavía ese hambre. Ibáñez no fue dibujante de tebeos, fue un relojero de precisión.

– Descanse en paz. Buenas noches.

A las 23 hroas, Damián, por ultimo, aquella noche de primavera del día de san José de 2020, solo y en medio de Castilla la vieja se despide en el streaming, se levanta de la silla, se despereza y de camino a la cocina encuentra un escarabajo, que coge y libera fuera de casa.

Vomitorium (I)

Al menos cinco fantasmas recorren los pasillos de una sola potencia.

1.) Quien socializó contigo desestabilizándote.
2.) Quien te usó alcoholizando la virtud para que, una vez arrasada, ni caso.
3.) Quien en nombre de su política escupía sobre tu ética.
4.) Quien Careta y sus carismas.
5.) El insidioso.

Sacro facto

Dejar paso, espacio, voz al prójimo es ceder el propio. Dejar que el otro ocurra es regalar zonas conquistadas a cambio de nada. Un regalar, no negociar.

Todo apego por esas áreas es placer por quien se es o por en quien se quiere uno convertir. Apegos cuyo pegamento es el deseo y así, tras la intemperie, la frustración y la soberbia. A la contra, tener muy sufrido hasta lo insoportable haberse soltado del sí mismo por el otro casi gratis, agradecido, pactando así, es sufrir al implacable bufón en retrospectiva. Y pese a la hiel acumulada, hacerse de esto un proyecto en transito, no una prédica, un predicado ni un sujeto. Un ir a ser apenas sustantivo y tratar a iguales a casi cualquiera para que entre siquiera dos, lo ruego, conmigo aunque de mí se haga espectador, se ceda lo propio y ocurra lo lugar, uno sagrado. Donde sea. Sacrificar, un sacro-facto, en su único y último sentido, jamás en el de la crueldad sino en el de hacer sagrado, entre vívidos, un espacio así al menos charlando, abierto, unitivo y tener, poder, deber, y querer hacer iglesia honda de todo pelaje adonde ocurra ni tu, ni yo.

(No sé donde buscar de esos veinte individuos que sostienen la vida contra toda aberración. Aquellos que, localizó Borges en un poema, acarician un perro mientras duerme, justifican o quieren justificar una ofensa, entienden en lo profundo una etimología, etc).

CARTA ABIERTA

Para la base, quita la distor y a ver si bajamos el plugin de listo.
ZA!
Don autoleyendas

···

Durante los últimos días del pasado 2019, de entre la escombrera que explícita me despreciaba cuando puto estaba esquizofrénico en Ciudad Real, un random me escribió porque sí un largo correo en el que, a golpe de subtexto digno de Quique Camoiras, se faltaba gratis con mi madre y con mi padre fallecido aún hace pocos meses. En un segundo y también extenso correo, más subtexto, esta vez personal aunque casi ininteligible, y por desinformado, ridículo.

Hoy  aquí mi respuesta. Una carta abierta publicada que lo mismo estás  leyendo (o no) desde alguna cuenta falsa en redes, epistolado amigüito, que  dice:

···

Hola Miliki. Aquí Esteban. Por fin he podido sentarme a escribir como bien mereces. Espero no dejarme nada.

Primero, Neti Neti: ni, en tus palabras, turrón de chocolate ni zumo de tomate. Porque a ver si follas. Qué milongas cuentas del Fuentes, Hitchcock y de tu puta vida, chico. Y para qué, que no te enteras. Entre cómo te acorralas tú solo en lo social a placer en Ciudad Real y que con la justificada farmacia psiquiátrica que llevas en sangre acumulas semen, estás que no estás. Si tal, que no eyacules, a Dios gracias, aunque por diferentes motivos, nos pone a todos contentos contigo.

Ciudad Real se ríe de tu hambre. Medio lo he cotejado desde que abriste este melón. Así, respecto al subtexto en el pésame de tu primer mail, calculo que tu madre también estará al tanto o ha sabido bien -le deseo lo mejor- quién eres. Tu padre dio muchas muestras durante años de en qué tan buen escritor te adivinaba convertido. Después te han tocado la cara varias veces por bocazas y sigues sin verlo. Vaya laureles.

Crees ser un problema si tiras de la manta desde que currabas de auxiliar en los juzgados pero toda la info que manejas después de tanto lustro está prescrita, aguada o es anécdota. Por todo lo demás, aunque también en relación, al viril paisano de la moto que comentas mándale una copia de mi Hernán Esteve. Al paso te lo lees si quieres, me da igual. Pero dime, ¿me has escrito a cuento de la última vez que nos cruzamos?

Aún hoy eres un caricato. La policía te dejaba ejercer de loco vendiendo fanzines en la calle, mendigando lectores. Y tampoco lo veías. Te consentían, Don Batman, y jodó, juntaletras: Un logro, uno de tus hits, es que te cruja Sánchez Dragó en un concurso. ¿Dónde cojones tienes la línea de flotación? LOL.

Como te quiten la paguilla que cobras por superdotado harás la mili otra vez. Aquella. Entre tanto, pase lo que pase, recuerda que mereces desde el rigor la basura que crees ser en todas las bajonas que te inundan, seguro, a menudo. Y para cuando corresponda, la cuchilla por la muñeca en paralelo al brazo, no en perpendicular. ¿Vale? De nada.

Regalías seleccionadas

Avanzo lento pero inexorable hacia un calado y muy permanente aprehender que cualquiera, sí puede poder, desde donde sea que lo ejerza, lo pelea pisando prójimos. Próximos. Y todavia peor, desde la pura inercia. Desde la irreflexión. Desde la velocidad y lo asertivo.


Que un entorno decida que eres un parguela posibilita, extirpado el ego, cualquier maniobra silenciosa y pacífica para el propio sosiego, u otras abrasivas, estrategas y casi invisibles contra lo adverso.


Hay reglas de virtud que es imposible obedecer. Creo que hay llamados para diferentes misiones, pero que no practique, por ejemplo, las de San Benito, o no me vea practicándolas ni habiéndome aproximado jamás, no me pone en mal lugar. Este, un lugar, que creo es rebote de la invencible imperfección moral y una perfecta autopista para la culpa. Así, toda obediencia me ulcera porque la pide el clero, no lo Santo. Si encontrara alguno a quien seguir, si diera en mi vida con alguien de extrema virtud, imperfecto, pero completa y permanentemente enfocado, le obedecería a ciegas. De hecho, hace muchos años, un amigo cabal y más duro que yo escribió en su blog lo mismo. Se preguntaba sin ego, ya no a quién entregarle las propias armas, que también, sino por quién dejarse matar con ellas. Asesinado por un Santo. Quien será el/la más grácil, qué alma, que desde toda la confianza depositada y merecida en su ética, asesine a mi amigo y me ordene en la fe. Algo así.


Uno en su mente rinde cuentas al espectro de un tercero. Al de alguien que, según el propio historial, nos embosca el pensamiento cuando éste cobra autonomía: cuando no es guiado. Qué malas son las propias potencias cuando las desatendemos, cuando no las vigilamos.


Lo soy y hoy me lo gritaron. La palabra idiota proviene del griego para referirse a aquel que no se ocupaba de los asuntos públicos. Quien dice todos, pueblo o españoles sólo esta arrimando el ascua a su sardina, y a quienes dicen yo en profundidad, el último, es decir, lo contrario, el común, a esos los exilian. Aún iniciado en estos mimbres, el careta y juez de esta noche no supo responderme -porque no hay cómo- a por dónde casan sus muchas disciplinas espirituales, su recreo, con la especulación bursátil, su oficio. Y ladró.