GENERAL

PISTACHO

Soy medio Pistacho junto a Santi Barrachina a la guitarra. Grabación gracias a la siempre paciente Mireia Berenguer.

Masamadre

Hace nueve meses, con Carlos Santonja (Autor o co-autor de los zines Tengo fiebre creo, Todo se derrite, Anécdotas de un niño rubio loco) empezamos y terminamos Masamadre. Recuerdo que después de algunas piezas improvisadas, por lo performático en el local, por lo que, aunque sobrios, ocurría en y entre nosotros, quedábamos de acuerdo en que si le perdíamos el sentido del humor al proyecto nos íbamos muy bien a la mierda. Exagerando, borracho de literatura, tengo la convicción de que invocábamos abismos. La estructura es de progresivo. Carlos usó su voz, un Korg monotrón delay, una caja de ritmos, un teclado Casio sampleador, una armónica y unas maracas. Yo mi batería, mi voz y un pedal looper.

VandalZ

Fernando Llor y yo nos hemos encontrado por el camino y en cuestión de unas pocas semanas estamos acabando de montar una propuesta y es muy posible que empecemos otra en breve. Ambas cara a Francia. Esta primera es ‘VandalZ’, una historia gamberra para chavales, y la sinopsis cortita dice:

1994. NeoCompostela está dominada, igual que el resto de las grandes ciudades, por la Gente de Plástico, una especie de maniquíes vivientes que tomaron el control tras la lluvia de meteoritos plásticos de 1989.
Las antiguas ciudades han sido abandonadas, ahora casi todos están instalados en macrocentros comerciales en los que viven, trabajan, comen y pasan el tiempo libre.
Solo unos pocos viven en el exterior y son perseguidos por los GP’S. Algunos son simples parias, otros son desterrados y unos pocos, muy pocos, forman los VANDALZ, un grupo de chavales que utiliza distintas herramientas para golpear a los GP’S donde más les duele.
Sus 4 miembros: Minia, Artur, Urxo y Vera han trazado el plan perfecto: rescatar las piezas del Mecha que el Doctor Terín ocultó por la ciudad, montarlo y combatir a la Nerómosis, la mente colmena que domina a la Gente de Plástico.

Donde Zambrano no importa

De escribir. Leí a Zambrano respetándose ese verbo. Y las prácticas, lo que queda del texto después, me las llevé puestas. O me llevaron a mí encima. Y lo olvidé todo sin querer, al poco, porque apenas está lo humano, el mío al menos, para conservar ni generar sentido. No. Nunca permanentemente si el compromiso es como le corresponde a la misión. Como mucho, el sentido, para advertirlo. Qué feliz es, primos, deconstruir lo sentimental y mirar en qué queda aquel. Por los sentidos, los cinco, a su través y siempre insolubles del que sea que tenga el mundo a cada ahora. Un check, en silencio, atesorado en contricción, para que lo sagrado coincida con la carne que ha decidido ser en random. A Zambrano la lei mal y muy cabreada contra obligatoristas, con razón, y la creí ver colocando a la poesía allí donde inunda la fianza que le debemos a la nada toda. En ese préstamo. Eclipsando al dolor puro y a su consecuente fiesta de serena simpatía. Y quiso celebrar la misma fiesta, ella, en definitiva, aunque estamentando un podio, creo. Y que sí, que le compro feliz la moto a la poeta pero también soy prudente como para sin embargo alquilarle el discurso de soluciones ordenadas, humanas y en natural zozobra a los grandes peces boqueando fuera del agua que son, listando cinco muy al azar, nihilismo, comunismo, cualquier buen cristiano eligiendo qué dice, ciencia de punta, o al cuerpo teórico positivo del capitalismo rampante. Si digo nada, digo menos que nada. Así, sin mí, más calla el silencio relampagueando.