Esteban Hernández

Cómic · Ilustración · Etcétera

Más y mejor paciente

Tengo miedo y acudo a supercherías contra él. ¿A quién le cuento que Esteban no deja en paz a Esteban? A nadie tienes cerca que ayude en los términos en los que la ayuda es solicitada. Mientras tanto, fantasías protagonistas como héroe defensor del débil que uno mismo es fracasando pese a las propias leyes fantásticas establecidas en cada justicia ensoñada. ¿Y si no recrear en la imaginación, qué tal resolver de cara a la próxima ocasión? Pues ídem. Por ejemplo: como hice con el tabaco y el alcohol, el café. También quiero dejarlo, abandonar tanta dependencia. Lo he reducido tres cuartas partes pero a la determinación de renuncia, cuanto más férrea, más hostia es faltarle. «A Dios pongo por testigo» Decía la película. Y en no dejar de tropezar contra la impotencia Él la testifica. ¡Quieres, pero no puedes! Y así con casi todo.

Qué pena tengo sin nombre ni porqué, arraigada, que no suelta y atenaza. ¿Y qué? ¿Te pasa a ti? Dije «Sé perfectamente de lo que hablas pero no puedo hacer nada» y recibí un sincero abrazo sostenido. Quizá: haz sentadas, reza a Dios. Pide paciente misericordia y mientras tanto lee, pasea, diviértete, pacifícate. Escribe. Probablemente sea este nuevo capitulo como una gran resaca, un cíclico sentirse mal. Y así, espera. Sé más paciente. Paciente, también, como un enfermo en el hospital: en este mundo que hospeda y se nos da pese a todos sus demonios. Libris Mundi: criatura que Dios a su través, perdona. Cura. Sacramenta.

Teología Parda #11

Y poco más. Último artefacto de esta trilogía, extensa, del haberle escrito medio guión a cada capítulo. ¡Guión! que viene de guía porque sin surco me deshilacho. Así, quizá, onceava teología cosida. ¡Malcosida! ¿El factor humano jodiendo la propia relación con la música? Pues sí. Como con el mar en la playa, con el cine entre empoderados, con los bares entre jajejijojus o intermitentemente viajando en tren, taxi y avión. Hasta bien pasados los 35 años, creo. Ruta rara, este clip, entre músicos prelozanos, lozanos, universitarios o fauna local adulta del autocarisma. Anecdotario del maltrato y piezas (algunas) de lo que he tocado durante 25 años en bandas orinadas. Proyectos, los llaman hoy. Siempre flipo ancho y hondo: ¿Cómo es que al ¿Segundo? ¿Tercer? imbécil no mandé todo a la mierda para siempre? Misterios del peregrino, supongo. Yo qué sé. Hoy desde hace (poco) tiempo: sí, por fin y mucho. Muy y mucho sí: Masamadre y sobre todo Pistacho, excusas para la amistad. Para el sincero afecto así. El artefacto remata a lo loco. También en Spotify.

Teología Parda #10

Mascar saliva. Lo humilde. Humus para otro clip de casi media hora. El Tatami, el Ring, el laboratorio es ¡supongo! la puta vida (tete), lo que vas a ser, lo que has sido, lo que serás. En tránsito. Así, contra el ego que solo sufre, nuevo artefacto-historial vívido a la limón entre lo tebeil y lo baterístico. Un audiorregistro, este capítulo, de humillaciones controladas, de humildad así, tan impopular: Inmersiones a propósito en favor de, ojalá, cierta virtud, de la gracia si la hay. Del intentar ser mejor persono. De querer / tener que / deber / poder hacerlo. Dios mediante, que tanto y tan despacio se regala. También en Spotify.

Teología Parda #9

Anecdotario de prehombre. Turra interminable entre yo, me, mí y conmigo. Barrizal formalista. Los restos del naufragio de final feliz o del mejor puerto de montaña. Quizá el artefacto (de casi 39 minutos, la virgen, yo qué sé, socorro) puede servirle a quien esté pensando hacer de los tebeos una realidad laboral. Excurso, el mío, mucho más pardo, acre, que teólogo. Dicho esto, Juan Díaz Canales es el guionista de Blacksad, sí tengo compadres en el tebeo patrio y el teclado de Manubrio Hancock (os pide disculpas) percute agudo y estomaga. También en Spotify.

Resolví

Llamé a mi padre como lo hacía. Como nos lo hacíamos. Muy de vez en cuando porque el medio de comunicación entre ambos era escribirnos. El canal era whatsapp, pero con contenido, ese que siempre he querido compartir con él. Tengo la aplicación instalada en el ordenador y puedo demorarme en buscar las palabras, los párrafos, como bien merece. Le mando también dibujos, canciones, etc. Él dispone de una tablet y me corresponde a iguales.

El martes pasado, un martes cualquiera, le llamé al teléfono. Lo cogió un familiar, una de sus hermanas, diciéndome que estaba en el hospital ingresado. Que había pasado una mala noche, que había estado en urgencias y de ahí a una habitación en planta. Que todo iba bien. Vivo lejos y antes de organizar el viaje a su encuentro hablé con mi hermano, a ver qué disposición tenía. Mi hermano opositaba cuatro días después. Había estudiado mucho y era su cuarto intento. Vivía a unos 150 km de distancia de mi padre. El sábado se examinaba. Él pese a todo salía hacia el hospital. «No lo hagas, voy yo». Decidí además no exponerlo a ningún estrés hasta que acabara. El plan fue ir a cuidar de mi padre e indirectamente de mi hermano. Lo normal.

Con mi padre en el hospital en el silencio, desde mi biblioteca, desde la escucha, desde la serenidad íbamos cumpliendo líneas como en una partida de Tetris. Descongestionando, ganando ambos. Desde esta experiencia, desde este presentarme allí, desde la atención y el afecto así, desde ese compromiso, desde esta moral, desde ese sentido común, desde esa relación paterno filial concreta, estándar, la partida de Tetris se distribuía. Sin reproche, sin polémicas. Solo estando y siendo.

Día 1

Llegué y me informaron. Mi padre tiene un problema en la vesícula, aún estamos esperando el diagnóstico. Cada día, cada noche en La Mancha, Ciudad Real me regala una anécdota.

Voy y vengo del hospital a casa, la de mi hermano, andando 25 minutos. Un paseo. En medio debo atravesar un polígono industrial. El primer día de regreso a la noche coincide con el día de la música y tropiezo con el concierto de un guitarrista local histórico, de un entorno tóxico durante mi adolescencia y juventud en el pueblo, en una plaza random. Me siento, escucho dos canciones y aburrido decido irme.

Día 2

Bajo a tomar un café por la tarde. El último del día. En la cafetería del hospital me demoro leyendo un libro que tengo en PDF en el móvil. Un hombre cascado, ennegrecido, de pelo hacia atrás engominado no demasiado largo, nervudo y sin muchos dientes frontales se queda de pie al lado mío, cerca. Le miro y le saludo. Me contesta otro hola y pregunta con sarcasmo de yonky si estoy merendando. «Hace rato que acabé el café» respondo. Me mira a los ojos, pausa dramática. Le chequeo solo mirando, amable, la camiseta y los brazos. Sin inquisición. Veo un tatuaje desdibujado pero a color en su brazo izquierdo. Le pido que me lo enseñe y lo hago en nombre del buen clima, en ese timbre. No se inmuta. Vuelvo a mirarle a los ojos. No pestañea. Miro al tatoo de nuevo y gira un centímetro el brazo hacia mí, creo, pero por accidente, errático, sin animo de enseñarme nada. Y pregunta: ¿Eres de aquí? Sí, le digo. No, replica. Que sí, insisto. A ver, dice, enséñame el DNI. No, contesto. ¡¿Qué?! Dice metiéndome la cara, intimidando. Le contesto sereno, «que no» Y todavía más inquisidor pregunta ¿Por qué no? Y pensando bien la pregunta que me hace contesto: Porque no quiero. El tipo se va medio cortocircuitado no sin antes amenazarme: «Vale, vale. Espérate aquí.»

A las horas durante la cena un enfermero pregunta a sus compañeros si «Siguen los gitanos en frente». Ese día o al siguiente, me entero de que quienes están instalados en el parking del hospital son gente inofensiva vendiendo globos, fruta y después, hablando con un buen amigo de la anécdota mientras cocinaba viandas para no gastar dinero a diario en menús de hospital me asegura que es habitual que la gente en el pueblo amenace por sistema, por defecto.

Toda Ciudad Real, concluyo, está amenazada por un u otro macarra. Cada individuo, cada ciudadano para cada macarra. Me dice el oriundo allí, mi amigo, además, que las amenazas nunca se cumplen. «Lo que pesa, la voluntad, es tenerte acojonado». El miedo. Un tinte de terror. Ese factor vivo.

Día 3

Es verano. Julio. Mucho calor. Castilla la Vieja. Cero humedad. Llevo un calzado de entretiempo y pantalones largos.

Mi padre a lo largo de la tarde, charlando serenos, me dice que los pájaros que se ven al exterior del hospital son vencejos. Le explico que tengo una honda relación sentimental con las golondrinas, indistinguibles para mí de los pájaros tras la ventana. Me dice que los vencejos son un derivado de las golondrinas, que son más bastos, previos o posteriores a ellas cada año. Como las brevas para los higos, que se suceden, que no son simultáneos. Me dice mi padre de los vencejos que, sean crías o no, por el gran tamaño de sus alas y lo pequeño de las patas, si caen al suelo no son capaces de levantar el vuelo. No se trata de un pollo o una gallina, torpes, sino de un pájaro de la familia de las golondrinas, que vuela así. Y de nuevo entre ambos, silencio en afecto. Juntos.

Ya son tres días durmiendo pocas horas y de vuelta a casa de noche andando desde el hospital, cansado, ojeroso y triste porque mi padre, además, pasa por rachas de amargura, de tristeza y enfado, de soberbia y en definitiva por los episodios de un enfermo, de vuelta a casa, digo, de camino me encuentro un vencejo en el suelo. Lo toco y se mueve. Lo cojo y lo lanzo al aire. Según sube el pájaro cae al suelo a plomo dándose una hostia peor. Entendí qué le pasaba cuando cayó. El pájaro agonizaba. Debía llevar allí no solo las horas de luz eléctrica sino todas las de sol justiciero. Moría de sed. Y me alejé al punto, al emocionarme. Tristeza infinita. Ya en casa ceno, leo, me siento quieto y en silencio unos minutos, me acuesto y bien dormido a las 6:00 am, a la almohada que uso para dormir se le rompe la cremallera y el espumillón se desparrama por la cama y el suelo. Estoy tan agotado que lo dejo estar con el extra de que ese relleno, los pelos de mis piernas y el sudor, todo en conjunto, pellizcaba.

Día 4

Me levanto temprano, recojo el desastre, desayuno y salgo hacia el hospital. Atravieso al alba el polígono y porque además del calor en general bebo mucha agua, tengo la urgencia de mear en cualquier parte. Así, paro en una zona lejos de muchas puertas en una encrucijada del polígono. Me cuido de que no pase mucha gente. Llevo los auriculares y una gorra puesta. Meo y oigo a mi espalda un claxon, calculo que es alguien haciéndome chanza, otra más, entre ciudadrealeños hostiles. Acabo, me giro y está la guardia civil mirando desde un coche patrulla con la ventana bajada. Yo quieto, pienso en la denuncia y espero una orden, a que me digan qué debo hacer. Con un gesto uno de ellos pide que me acerque al coche, voy, y pregunta «¿Qué haces?»: Voy camino al hospital y no me aguantaba más, contesto. «Como te vuelva ver… te denuncio». Se van, no sé porqué le doy las gracias con timidez y por fin llego al hospital.

En la puerta de entrada me doy cuenta de que en menos de una semana me tiene amenazado el macarreo gitano y la guardia civil.

Día 5

Al día siguiente, en el hospital, tras calcular tanto flujo de gente en un sitio tan concurrido, entendí que por probabilidad me encontraría con alguien de mi pasado. Efectivamente me crucé con Sandra. Una chica con quien hacía 20 años compartí en el instituto una buena amistad, incluso un amor que, veleta porosa de mí, cercené por orden de quienes creía míos, que aseguraban a ciegas que era mejor entretenerse viendo películas o conciertos en directo y que era más autentico y de más autoridad David Bowie que una buena persona anónima.

Ella fue cordial y hablamos. Le pedí disculpas a dos décadas de distancia. «Hubiera sido otra vida, Sandra». No fue un melodrama, pero especifiqué «Lo siento». Sincero, concreto. En ese ajuste de cuentas y en nombre del buen recuerdo que tenía de ella me disculpé. Por respeto. Por amor. Por la memoria. «No importa», dijo desde cierta indiferencia cálida. La que le corresponde a unas disculpas así. Y tengo el sentimiento y la intuición de que en el recuerdo de este encuentro, aun siendo el asunto un pretexto para la mofa a mi costa porque no hay costumbre de estos desnudos, de desanudar así las cosas, fue bueno haber dicho así. Fue útil. Ojalá sí que, pese a que muy escaso, ocurrió lo que Sandra bien merece. Cierta descarga: Otra memoria.

Día 6

Llegué temprano al hospital y mi padre dormía. Eran las 7 am y no quise despertarlo. Me senté a su lado, al alcance suyo y atento a que despertara leí en silencio. Después de una hora él abrió los ojos entre sueños, me reconoció y volvió a dormirse.

Pasadas las 9:00 am llegó una de sus hermanas y con actitud militar muy en contra del clima de afecto y cuidado que había en la habitación, decidió que ya era hora de levantar a todo el mundo. Ella, con autoridad autoproclamada desplazó todos los roles y haciendo ver que mi actitud era inútil me exigió que su hermano tenía que lavarse dándome la orden, sin pacto conmigo, de hacerlo. Como quien manda a limpiar un coche. Ella entre tanto ahuecaba la almohada demasiadas veces, apuraba al enfermo con prisas, estresándolo, y estiraba la sábana como si formara parte del equipo de limpieza al por mayor del hospital.

Cuando le expresé que igual estábamos en otra cosa ella daba a entender, todavía urgiendo la misma orden de aseo, sorda, que sabía qué había que hacer. Obedecí. Preferí que ella y el resto del perímetro familiar de mi padre me siguiera teniendo por tonto, como siempre, que por problema. Y así, en el aseo, lavando a mi padre según sus indicaciones, necesidades y permisos, juntos, encontré otro espacio y hacienda para el afecto contra lo que aquella eficiente cabeza familiar desplegaba.

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El compañero de habitación de mi padre en el hospital tenía diagnosticado un cáncer. Estuvo sedado hasta que se lo llevaron. La perspectiva de un cambio de compañero era de incertidumbre. Recién llegado éste a la habitación, ese día mi padre y yo estábamos dando un paseo, como siempre, por los pasillos entre las seis y las siete de la tarde. La cortina que separaba las dos plazas de la habitación estaba bajada. Fui a por un protector de estomago y a por agua para mi padre y al entrar a la habitación nuestro nuevo vecino gritó por mi aspecto: «¡Gitano! ¡Un gitano!».

Una enfermera preguntó si estaba senil. Su acompañante, su hija, aseguró que solo desorientado.

Dos horas más allí, de tan despistado, el anciano preguntaba cuanto le iban a cobrar por estar en esa cama, que no quería pasar la noche en una fonda y le daba vueltas a un supuesto taxi que tenía que sacarlo de allí. Mi padre me ponía caras simpáticas y misericordes a caballo entre “pobre diablo” y la resignación. Todos pasaron mala noche.

Día 7

Andando por la mañana hacia el hospital me entró un insecto en la boca directo a la garganta y del susto me lo tragué. Si hubiera sido una avispa, hubiera sido tu fin, pensé. Cambié la ruta para quitarme la sensación de mi embarazo así. De un insecto en mis tripas.

Al llegar a la habitación mi padre contaba que el anciano a lo largo de la noche se había quitado las etiquetas de identificación, las vías y hasta se había puesto en pie para irse. No descansó nadie. Al medio día el terremoto habló con su hermana. Como es habitual en estas edades el nonagenario, con ayuda de su hija, usó el manos libres del teléfono. Todos escuchamos la conversación.

Se decían cosas con sencillez y con afecto, desde el sollozo de una persona tan mayor, que vive en él. Se hablaban con nostalgia: Se echaban de menos. Decía el anciano «Estoy bien…» hacía una pausa y terminaba la frase «… jodido». Mi padre casi reía, incluso rezó el “jodido” en voz baja para sí.

Lo que pasó allí no cabe en ningún texto. «Cuando te vea te vas a enterar». Y lloraba aquella hermana. La hija del anciano, que al cabo de los días dio muestras de gran fuerza cuidando sola y paciente de su padre, le pedía: «Dile que te quiero». Y se lo decía. Y estaban tan en el amor, en la despedida, tan en el afecto, tan en esos noventa años, que del te quiero, del verbo tan resobado, reflotaba su sentido. Dejé de mirar a mi padre mientras tanto, retorcí los dedos de mis manos y aquello me llevó puesto. Para que mi padre no me viera de tan emocionado, descompuesto, marché de la habitación hacia el pasillo. No pude dejarlo salir del todo porque llegó mi primo y no debía derrumbarme. Estaba cansado de tanto día maldurmiendo. No sé porqué intuí que no debía desfallecer. Así que me encaré a la ventana y busqué el tacto del sol pese a tanto calor. Después fui al baño de la habitación, me sequé los ojos, me lavé la cara, me descongestioné la nariz y me serené con mi primo tirándole todos los balones fuera. A propósito, y para bien. A las horas, en la cafetería, le pude explicar qué había pasado, otra vez emocionado de mí, pero entero.

Día 8

En el hospital, en los paseos que mi padre, fontanero, daba por los pasillos, se encontró con quien había compartido trabajo en algunas ocasiones, no sé si albañil o electricista, que tenía Parkinson.

Cuando mi padre le preguntó porqué estaba allí, aquel confesó que intentó suicidarse y no lo consiguió. Mi padre, con su sabiduría, con extrema sencillez así, daba los mejores ánimos en la medida en la que su sana relación con él y la buena regla que las circunstancias merecían, permitían, pero no pudo hacer nada contra las raíces del malestar de aquel amigo.

Los vi hablar y me acerqué, pero el clima entre ellos era tan intimo que sentí que debía dejarlos a solas. Mi padre, herrumbroso, regresó a la cama de su habitación y no contó apenas nada.

Le pregunté a las muchas horas y discreto conmigo, austero, como siempre, dijo lo suficiente para que yo entendiera.

Día 9

Le dieron el alta a mi padre y mientras pasábamos el rato preparando la ropa, los papeles y recogiendo nuestras cosas del armario, en la espera, tuvimos tiempo para no decirnos nada otra vez. Para ser compañía callada, también, en ese nuevo momento de salud. Coloreados de solo tener que esperar le dije a los ojos porque sí, mientras me hablaba, un te quiero. Siguió hablando como si nada. ¿Me has oído?, dije. Y Calló. Te quiero, repetí. Y me contestó tal y como no hay otro modo. Con silencio. Con más hondura, con más medicina, con más verdad de lo que él hubiera podido expresar. No habló, no gesticuló, apenas me atendió con la mirada, pero el acorde de silencio que sonó a continuación aún permanece.