Esteban Hernández

Esteban Hernández

Cómic · Ilustración · Etcétera

Prosema (IV)

Aún sin haber qué resolver, toda solución y resolución que malvendí, si ocurrió, la soy todavía. Luego, le pido la correspondencia al cartero, esa del gestor de sí mismo que regalé, y algunos rudimentos remiten. Y entre gente, del mismo modo que vuelvo y revuelvo en mí, regalaré a los buenos, a sus propios tan pagados de sí, en silencio, escuchando, menos tela y más araña. Invisible. Primero, usando el asombro con el que ardo y hoy desapego, y en adelante, con el mismo adorno, artificios y artefactos con los que tantos caminos he andado y tan pocas esquinas he torcido entre satisfechos. Solo hay un poema.

Prosema (III)

Gracias. Gracia. Gratis. Regalo. Entrega. Don. Perdón. Ágape. Y que a unas gracias por algo, si las hay, le han de corresponder, responder, el silencio, la escucha; porque no es a uno a quien (le) agradecen.

Cuando advertidas, se dan a de donde vienen, a de donde fugaron; no al cartero. A la filia, al eros, y ojalá al amor y adiós. Al porque sí del girar una esquina y que aparezca otra calle.

Pero bromeé, idiota de mí, esta tarde. Ay. Olvidé que ellas no son hacerlas, que mejor no bromearlas porque nadie es su recipiente ni hacedor suficiente.

Coincidir no se lee, ocurre. Las gracias se derraman pacientes, ellas no negocian.

Ocio hostelero (VIII)

Anduve con toda la calma que me pedía el cuerpo merendando por la calle después de trabajar y observé que no somos dueños de proporcionar cómo caminamos. Que, por ejemplo, cualquier semáforo hace de metrónomo, generalmente al trote.

A pocos metros de donde quedé, dejando atrás haber peleado las prisas, pasando por el extremo de una plaza, tres voces gritaron mi nombre desde una terraza abarrotada. Medio me asusté y girado no reconocí a nadie. Buscando mejor entre las caras encontré a tres personas, tres, que han sido desde siempre cariñosas conmigo. Me acerco feliz a los siete más con quienes estaban, les muestro interés sincero por su reunión y cuando en mi despedida subrayé que me alegró mucho verlos y sintetizo desde el lado opuesto de la mesa que pongo en valor, porque no es normal, que hoy nadie saluda a gritos -ninguno en la mesa bajaba de los cuarenta años- una voz escondida allí dice sin cara: «Sí, anda. Corre.», y retomé mi camino a la vez. A mi espalda tronaron carcajadas.

«No hacía falta agradecer nada» le explicaron después a mi relato en casa. Y así es. No falta algo así. Nadie así. No hay demanda. Y sí la hay, sí, a la vez, en su anverso, porque cualquiera vive autoafirmándose. Expiando chivos. Así comulgan los más.