Esteban Hernández

Esteban Hernández

Cómic · Ilustración · Etcétera

VA A TRONAR

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Habrá quien crea que estoy haciendo música y sólo eso. Que me he vuelto loco como Mickey Rourke con el boxeo.

Además de escribir aquí una vez al mes y dibujar Hernán Esteve, mi autobiografía, estoy con otro novelo gráfico, político, del que os muestro arriba una página acabada; con un libro de texto, ilustrandolo, para Casals; con el noveno Usted terminado; con una serie entregada y por publicarse en Aces Weekly; y, además, lo digo por primera vez, mucho antes de diciembre habrá novedad editorial. Editorial, digo. No autoeditora.

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Nido come nido

nido-como-nido Esteban hernandezDe nuevo un single compilador en mi Bandcamp. Nido come nido. Además, ayer compré de segunda mano un micro, un Shure 58, con el que en adelante grabaré lo que voceo. El micrófono que he usado fue hasta ahora o bien el que tiene integrado el Mac para el Skype y etc, o bien uno a estreno que costó 10 euros. El plan es que lo que voceo se entienda. La idea es hacer otro fanzine. Para no desandar lo andado regrabando nada, en cada tema de todos los singles del Bandcamp están las letras.  Que por cierto, “todos los derechos resevados” dice Bandcamp, pero para el título de esta compilación extraje “Nido come nido” del texto del buen amigo y más lúcido escritor, Autógeno. De este texto.

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Objetos junto a objetos

Ojalá escribir por necesidad poniéndome en orden como un Bukowski cualquiera. Ojalá cerrar así las puertas que tan mal abro a causa de, precisamente, la urgencia de otras necesidades. Pero no. No se combate el fuego con fuego, amijos.

Hay una paciencia que no pongo en marcha tan a menudo como me gustaría; en la que me estoy educando. Y tengo, además, un carácter espontáneo que no aguanta ni una pedrada. Caballo ganador.

También estoy leyendo a Thomas Merton, un místico cristiano. Hace más de un año leí el Tao, los Brahma Sutras, y de las ramas metafísicas de las grandes religiones me quedan los poemas Sufies.

Pasando por alto algunas particularidades de cada gran mística hay entre ellas en común una negación, precisamente, de la metafísica; de lo que está más allá de lo físico. Así, las mismas cosas del mundo y sus evidencias advertidas han suscitado lo espiritual. La mística ocurre en la sencillez de las cosas siendo.

Somos islas de sentido. La cúpula esférica en constante cambio que nos rodea a cada ahora es orillada desde fuera por una nada permanente. Ocurre un gran no saber neto detrás de lo sensitivo. Un incognoscible incomunicable. O dicho de otra forma, citándome, “una herida no es el interior de la carne, es otra superficie”.

En extremo, en el paroxismo, no vemos lo que tenemos delante, vemos el aire que nos separa de las cosas. Y en la otra dirección nuestro mirar sucede a través de nuestros ojos, no en ellos. Del mismo modo, mi cerebro no es mi mirar; son asuntos radicalmente diferentes. Hay, en consecuencia, una profunda experiencia en el abstracto que mira con mi carne.

Durante esta pupila pestañeando, mirando así, dilatándose, es común que en iluminaciones budistas, cristianas e hindús la temperatura del cuerpo aumente. Es habitual entre místicos. Merton explica en sus diarios que los santos, los primeros apóstoles en particular, fueron abrasados. Roberto Bolaño, a su vez, aseguraba que lo iniciático quema.

Ocurre que el otro día, en casa, en un ejercicio de meditación mirando sólo lo que tenía delante, cercando estas experiencias sin traicionarme con recuerdos e imaginaciones; vaciado pero atento a la evidencia pasiva de lo inmediato, sin interpretar con neologismos, sin traducir ni intervenir, sólo encontré indiferencia. Sólo eso. Una indiferencia aburrida y pacífica. Una especie de ausencia.

Así, sentado en la habitación donde trabajo, en mi contemplación, mi entorno fue extraño porque todo dejó de ser útil. Mis útiles para hacer y deshacer las cosas que tengo pendientes dejaron de tener la autonomía de imantada urgencia para mí y contra mi quietud. A continuación, recordé de este pasado agosto la experiencia de un prolongado mirar de noche al cielo en casa de mis padres, de modo que, al hilo de aquello, quieto, configuré lo que hay en mi habitación y en el mundo como objetos junto a objetos. Sin juicio, sin obligación moral, sin compromiso ético.

Después, consciente de que mi fisicidad también es objetual, sólo mi mirada dada cuenta presencial del entorno, de toda aquella indiferencia. Y por poco, la verdad. Fui testigo sin demasiado peso y desde luego, sin mí. No fui Esteban porque durante aquella estival media hora pasada en casa de mi familia, también solo y en silencio, el espejo de mi mirada sin adjetivar fue el cielo de detrás del cielo, o después, sentado en mi estudio doméstico, las cosas en su desnudez.

Hubo aquella noche un breve aburrimiento. Un advertir la indiferencia de aquel cielo estrellado sin mapas lunares, sin traductor de estrellas, que no fue epifánico, catártico ni iluminador. E inmediatamente conocí que todo cabía en aquella indiferencia. Que echamos allí cualquier cosa y jamás rebosa. En aquella ausencia, en aquel silencio, en aquella paz.

En casa el espacio lo descubrí recargado, y desde la autonomía objetual de cada cachivache que siempre me (nos) rodea, decidí que las cosas en el mundo, todas ellas, inertes o vivas, se tocan mediante técnicas; mediante ciertas tecnologías más o menos sofisticadas. Recuerden que aunque primitiva, la tecnología de un tornillo es ingeniería. Ingenio técnico. Como un ordenador. Al igual que el encuadernado básico de un fanzine. Sospeché, y aún me dura, que el lenguaje, cualquier idioma, es otra ingeniería sofisticada; otra técnica de contacto entre objetos como, de puro cientificar el proceso digestivo enmascarando el incognoscible, comer, digerir y defecar.

Entonces, autoexiliado de mi propia contemplación, decidí que cuanto más desocultable fuese la técnica y más se pudiera reconstruir; cuanto más se pudieran acercar (o aceptar) las distancias técnicas y facilitar así el inevitable salto con el que los objetos se han de tocar y ser lo mismo, más y mejor ocurriría esta indiferencia salvífica.

Mal.

El contacto sencillo y profundo no es tecnológico. Consiste, por ejemplo, en atender al encadenado de olores encontrados, buenos y malos, mientras caminamos cualquier calle; en pormenorizar el lugar exacto del cuerpo donde ocurre el tacto; en el matiz del a qué saben mis tripas en contacto con mi lengua; en el atender a la musicalidad de un ruido o de algún hablar; en el demorar la mirada en cualquier parte.

Y así, rudimento. Para esta indiferencia, paz; para estas paces, paciencia; y para cualquier paciencia, pacer.

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Ya pasó

Pacificado, paciente y pacible ando en unas entendederas especialmente silenciosas. Casi todo me parece bien. Estoy leyendo a Huxley sobre espiritualidad, Dios y santidad, y sobrio de vidas ejemplares y literaturas tengo la experiencia de que lo sagrado, el sosiego, de ocurrir, lo hace en soledad. No me extraña nada que los monasterios sean de clausura y considero normal que muchas iluminaciones ocurran de peyote, sobre todo, en cualquier desierto. Es común que en la soledad de la lectura en calma ocurra la verdad del poema. Una soledad, ojo, que no es némesis de lo social, o del mismo modo, cierto silencio que no depende de la ausencia de sonido. Se puede estar solo y sentirse uno con todo en cualquier otredad, o del otro lado, se puede pasear por el centro de una ciudad en hora punta y sufrir un desamparo desolador.

En este texto, para aquellos de vosotros que creéis que no me estoy boicoteando la carrera profesional con la música que cometo, quiero plantear la breve cartografía del laberinto que entreveo. Seré prosaico y confesional.

«La música que hago no vale nada» voceo en una de mis canciones. Cuando muestro qué hago y gente con criterio me habla de Pere Ubu, Butthole Surfers o me dice que lo que toco y grito crispado es personal animándome a seguir, replico con el mejor humor conciliador del que soy capaz que lo que compongo es muy malo. Una mierda, propongo exagerando. Que el marco que le corresponde a mis truenos es la inexactitud y la incorrección. Lo locochón. Entonces, sobre esa base desenmascarada, sólo así, quiero saber si chuta o no. Si en lo que hago hay algo.

Selecciono bien a quién le doy a escuchar mis cosas y cuando después he propuesto en persona aquel marco para encajar felizmente lo que venga, algunas veces sobrio entre ebrios y otras, las que menos, medio borracho a puerta cerrada los sábados de ocio hostelero con todo cristo hasta las cencerretas, no he sabido expresarme y he terminado empalmando espirales. Aún me pasa poco, diréis con razón. Pero mis constantes disgustos de puzzle social han destilado qué explica aquel contexto que siempre intento establecer cuando pregunto por mi música.

Primero y fundamental. Se viene, o no, del punk.

En casa, cuando me siento a escuchar algo selecciono una sola cara de un disco y no cruzo quehaceres. Intento atender reconcentrado y generalmente elijo a Shostakóvich, Brahms, Bach o etc. Elijo música seria, que la llaman, y no tengo puta idea. Confundo compositores alegremente. En principio, el punk no es serio ni lo pretende, de manera que estos ejercicios, estas meditaciones, no las acompaño con punk. Ocurre que hay a lo largo del siglo XX música dodecafónica o microtonal que ha sido tan necesaria, tan de reventar sistemas y tan oportuna como los Pistols en el CBGB. Por otro lado supongo que la música clásica de los últimos, pongamos, cuarenta años, además de necesitar con urgencia un neologismo no ha sido un pintar paisajes con técnicas anacrónicas. No es temple al huevo y jardines victorianos. No es lo Amish. Sin embargo, cuando expliqué a los dos únicos cellistas que conozco, profesionales y casualmente heterodoxos, el marco que le correspondía a mi malamúsica tampoco sentí haber dejado claro nada.

Sucede que con mis tebeos y los halagos prefiero dialogar qué suscitó mi trabajo en vez de recibir laureles. Lo primero es la virtud que agradezco. De lo último intento escapar cuando sinceramente explico que a mis tebeos no les hago falta o que mi música no va a ninguna parte. Un preventivo bajarse de todas las burras contra las consecuencias del intermitente aplauso que engorda carismas.

Hace años, cuando busqué el dialogo cabal entre los dibujantes que más ciegamente he respetado, regalando copias de mis fanzines, hubo quien en respuesta me mando a por café.

En lo musical, suspicaz de mí y como el perro de Pávlov, temo al mismo sabor acre. No es cosa mía ni de este texto. Son endemias humanas porque, seguro, cada cualquiera traga con lo mismo intermitentemente. El más tonto y el más pintado. Cambiando el cómo y el con quién, reflota la estructura del qué.

Dos extremos tiran de mí. El firme proyecto de sustituir el ego en favor del contenido, y del otro lado, con la misma urgencia, la necesidad de comunidad y aceptación. De religión. De religar las entendederas de las que sólo soy cartero y considero de gran ayuda.

Entre centrifugar o centripetar, prefiero al monje que al predicador y entre tanto, lo siento fundamental, pregunto entre músicos profesionales. Salvando todas las insalvables distancias, en mi entorno no encontré a ningún Frank Zappa ni a ningún David Byrne por ahora. Quizá ese sea el desastre. Ser anormal, que no subnormal, y no tener con quien rezar.

Ya pasó. La música que hago no es una mierda.

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VOLVER A LOS 17


LA PIEZA

Mi primera versión. Violeta Parra manda.

 

LA LETRA:

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver a ser de repente tan frágil como un segundo. Volver a sentir profundo como un niño frente a Dios. Eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra. Y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra

Más información aquí.

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