Esteban Hernández

Pueblo drogado, pueblo dominado.

Pueblo drogado, pueblo dominado. Lo mismo sirve si borracho. Calculé con un colega que donde dinero es política, en este país de servicios lo antisistema es prescindir del alcohol y los restaurantes. Donde en ocios hosteleros el objetivo parece la reunión o el a ver si se folla sólo hay pretextos empresariales. Principalmente marcas. Por otro lado y bien disfrazado de naturaleza y bienestar social, la natalidad y las gestiones de salud son fábrica y mantenimiento de carne humana. De futura mano de obra que diría un marxista convencido. Esto que interpreto, que conjeturo del materialismo histórico alrededor de un posible programa empresarial de plusvalía en arcos generacionales no es un delirio. Lo que me abre Walter Benjamin, también por ahora de prestado, es mezclar lo religioso con lo político. Atravesar una cosa con la otra recíprocamente en las antípodas de cualquier nacionalcatolicismo. El tebeo político con el que estoy ahora y del que llevo 50 páginas pasa por ahí. Primero lo escribí, después tío Walter me lo explicó.

Tebeos largos aparte los hábitos alrededor de cualquier droga, alcohol o tabaquismo hacen depender al usuario del proveedor. Hoy el tabaco ha sido criminalizado y sustituido por algo de una absoluta y normalizada eficacia insoluble. La medicación de orden psiquiátrico más o menos justificada cura, sí, como fármaco que es, pero en rigor, etimológicamente fármaco significa dos cosas: veneno y remedio. Uno u otro dependiendo de la dosis. Tal y como funciona una vacuna. Y remedio a su vez, también en su perfecto significado, lo que se pone en medio. Donde estaba Dios o el Hombre Universal antes de sus respectivas muertes.

Bayer es una empresa alemana, más empresa que alemana. La industria farmacéutica es medio invisible, como aséptica. Casi desconocida. Por ahí el modelo de Whatsapp, que parece una app inocente, también técnica, es en Kleenex el neologismo de “pañuelos de papel”. Marcas normalizadas donde todo es texto. Que legislan infrafilológicas o desde donde les corresponda, soterradas, en logos y lógicas donde no hay mundo negociable y administrado fuera del texto, del argumento. De un modo u otro, tácitas pero profundas jurisprudencias desde donde después se sigue normalizando. Y si exagero, como arma contra los lúcidos, calculo sufriendo las prevenciones contraculturales de las normativas y sus dispositivos, contra la experiencia del “¡a las cosas mismas!”, que la moneda de cambio humana es lo endémico. Medicado por mi psiquiatra desde hace dos décadas, desde dentro, el problema es atávico. Es la presión que ejerce sobre cualquiera la amenaza de ese tibio malestar, nunca del todo familiar, o el recuerdo de aquella medio insoportable depresión. Es el miedo a ese dolor deslocalizado pero permanente cuando nos intuimos a malas, las peores, vacío en el vacío encadenando preocupaciones. Cuando es inaguantable que todo sea apertura, que todo sea posibilidad.

Considero una amenaza la red del administrador administrando.

De nuevo: Pueblo drogado, pueblo dominado. Donde el marco para esta dominación, alcohol definitivamente incluido, es lo lúdico y el bienestar. Donde contra estos asuntos no hay proporción a la contra ni renuncia voluntaria. Donde lo terrible de tomarse a chufla los ocios hosteleros o la administración psiquiátrica es hacer o deshacer irresponsablemente, proyectarse mas autodestructiva de deconstructivamente. Donde, más terrible aún, el consumo de lo que altera y abre la conciencia sustituye a la propia conciencia alterada. Como si la iluminación fuera dosificable y no competencia de santos de todo pelaje, locos asintomáticos, científicos de investigación o poetas anónimos. Como si estos además de iluminados, obligatoriamente excéntricos. Como si la hermenéutica fuese un asunto exclusivamente literario en vez de un ejercicio de correspondencia con el mundo. Como si la etimología empezara y acabara en la palabra elegida y no en las cosas mismas. Como si el poema generara otro texto en vez de la experiencia frontal del mundo.

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