Esteban Hernández

Ocio hostelero (VII)

Esta noche hemos cenado cuatro amigos. Dos parejas. Mi chica estaba y es especialmente guapa. Pagamos la cuenta de la fritanga antes de tomarme un cortado y como me apetecía, tenía medio sueño y lo verbalicé, mi muy compañera y yo arriamos a una cafetería de piñata destruida. Café allí que en el barrio es el mejor, además.

Pido mi cortado y sólo eso para los dos porque el plan es ni sentarse. En vista de que el dueño está a buenas, mucho, le pregunto confiando en el criterio de su negocio si en nuestro proyecto de comprar una máquina doméstica para hacer expreso hay algún extra que debamos tener en cuenta. Él, amable, rodando su oficio y paciente de más con la cerveza de nuestra cena así como con, por qué no, sus propios estupefacientes en sangre, nos explica que las máquinas de monodosis están listas para el mejor café y que la primera división de éstas pornografías está fundamentalmente en moler cada dosis que se va a consumir. Así, gloria. Todo bien. Pero de la barra sale un tipo con cara de niño y cuerpo exvigoréxico que encadenando parrafadas y mirando muy fuerte a los ojos celebra a mi chica, que no da crédito. El tipo tiene rasgos y anatomía de esclavo persa; de película bíblica, barata, de sobremesa. Un extra de teleserie flácida. Puro atrezzo. Actor de bocadillo que me llama chaval y a mi ella, nena y gatita. Gatita, amijos.

El tipo, mientras torea al dueño desde dentro de la barra le insiste a la galantería de folletín y a la verborragia, y cuando para acercarle un poco más la polla a mi siempre paciente pareja me pregunta cómo me llamo, le contesto que Chaval. Él, deprisa y adjetivando como en la jerga mal doblada de las películas de Tarantino, como el peor Nicolas Cage, en un juego de piernas zanguango habla de China y me llama hijoputa. Yo miro a mi chica y ella me mira a mí.

Previamente había pagado mi consumición, casi por adelantado, pero desmemoriado, un poco desbordado de circo y como cortafuegos preventivo pido otra vez que alguien, rey o lacayo, me cobre. El jefe me da otra cifra, diez céntimos menor que la primera y cuando caigo en mi olvido me niega que ya le pagué. Como no estoy ebrio pese a mi cervecear cenando, a su no recordar le hago la moviola de nuestras previas distensiones cordiales. El tipo reacciona, se disculpa dos veces, sigue lidiando con el prescindible de rizos largos engominados, y hablando especialmente bien de éste su palmero lo saca del saqueo cerril contra mi pareja. Nos despedimos, y despedidos de allí en estampida, en reconstruir el esperpento camino a casa, entre las risas y el descrédito, en preguntarnos y compilar qué le pasa al mundo, me callé que para pulirle las aristas al bufón le dije después mi nombre, y él entonces, y sobre todo para este texto, con quien me puso el café celebró en un abrazo el Nico con que se bautizó.

¿Qué me queda, Nicolás, pollo sin cabeza, sino por añadidura a esta crónica cagarme en tus muertos pisaos? O aún peor, infeliz, sobre todo para ti que seguro que de tan galán de medio pelo follarás con incautas a quienes primero desestabilizas: tu dinero llama a dinero. Nadarás en una piscina de monedas.

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