Esteban Hernández

Ocio hostelero (V)

Me estoy despidiendo de un colega un jueves a las dos de la mañana frente al portal de mi casa después de una birra por el barrio. Del cajero de al lado sale un tipo, que duerme en él, pidiendo un cigarro. No fumo, contesto sereno. Mi colega le ofrece uno de liar pero el pavo no atiende y nos cuenta su trueno. Que si la luna, que por cierto está llena, es Dios, que si la mafia puede matarlo en cualquier momento de un disparo en la cabeza, que si su mala suerte tal porque en Marbella noselqué, y para cuando empalma con que parezco secreta porque eres guapo confesando serlo él también, mi compañero le ha liado el cigarro y se lo ofrece. Ni lo mira. Está ido y yo no veo bien qué hacer. Mi amigo da muestras de tener callo y lo trata con normalidad. Yo a lo que llego es a chequear el afuera, el adentro, y a rodar mis mecanismos de meditación: relajo, miro los edificios, al cielo, normalizo que todo es transitorio, decido recortar cualquier contacto visual y en consecuencia se me destensa la espalda y los músculos de la cara. Aquel capta algo y se centra en mi colega. Nos regala un minuto más de deriva y mi amigo le corresponde despidiéndose de mí otra vez con un abrazo extra. Me pone a huevo largarme pero ¿los dejo solos? y ¿debo meterme en el portal para que me fiche de vecino? Hago las dos cosas, ay, pero todavía desde el tiro de la escalera, dentro del portal, llamo por teléfono y pregunto ¿necesitas que regrese? Mi colega dice que todo va bien, que no me preocupe, así que por fin subo y al rato desde casa los veo juntos alejarse calle abajo. Quince minutos después recibo un “Todo bien. Abrazaco”.
 
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