Esteban Hernández

Objetos junto a objetos

Ojalá escribir por necesidad poniéndome en orden como un Bukowski cualquiera. Ojalá cerrar así las puertas que tan mal abro a causa de, precisamente, la urgencia de otras necesidades. Pero no. No se combate el fuego con fuego, amijos.

Hay una paciencia que no pongo en marcha tan a menudo como me gustaría; en la que me estoy educando. Y tengo, además, un carácter espontáneo que no aguanta ni una pedrada. Caballo ganador.

También estoy leyendo a Thomas Merton, un místico cristiano. Hace más de un año leí el Tao, los Brahma Sutras, y de las ramas metafísicas de las grandes religiones me quedan los poemas Sufies.

Pasando por alto algunas particularidades de cada gran mística hay entre ellas en común una negación, precisamente, de la metafísica; de lo que está más allá de lo físico. Así, las mismas cosas del mundo y sus evidencias advertidas han suscitado lo espiritual. La mística ocurre en la sencillez de las cosas siendo.

Somos islas de sentido. La cúpula esférica en constante cambio que nos rodea a cada ahora es orillada desde fuera por una nada permanente. Ocurre un gran no saber neto detrás de lo sensitivo. Un incognoscible incomunicable. O dicho de otra forma, citándome, “una herida no es el interior de la carne, es otra superficie”.

En extremo, en el paroxismo, no vemos lo que tenemos delante, vemos el aire que nos separa de las cosas. Y en la otra dirección nuestro mirar sucede a través de nuestros ojos, no en ellos. Del mismo modo, mi cerebro no es mi mirar; son asuntos radicalmente diferentes. Hay, en consecuencia, una profunda experiencia en el abstracto que mira con mi carne.

Durante esta pupila pestañeando, mirando así, dilatándose, es común que en iluminaciones budistas, cristianas e hindús la temperatura del cuerpo aumente. Es habitual entre místicos. Merton explica en sus diarios que los santos, los primeros apóstoles en particular, fueron abrasados. Roberto Bolaño, a su vez, aseguraba que lo iniciático quema.

Ocurre que el otro día, en casa, en un ejercicio de meditación mirando sólo lo que tenía delante, cercando estas experiencias sin traicionarme con recuerdos e imaginaciones; vaciado pero atento a la evidencia pasiva de lo inmediato, sin interpretar con neologismos, sin traducir ni intervenir, sólo encontré indiferencia. Sólo eso. Una indiferencia aburrida y pacífica. Una especie de ausencia.

Así, sentado en la habitación donde trabajo, en mi contemplación, mi entorno fue extraño porque todo dejó de ser útil. Mis útiles para hacer y deshacer las cosas que tengo pendientes dejaron de tener la autonomía de imantada urgencia para mí y contra mi quietud. A continuación, recordé de este pasado agosto la experiencia de un prolongado mirar de noche al cielo en casa de mis padres, de modo que, al hilo de aquello, quieto, configuré lo que hay en mi habitación y en el mundo como objetos junto a objetos. Sin juicio, sin obligación moral, sin compromiso ético.

Después, consciente de que mi fisicidad también es objetual, sólo mi mirada dada cuenta presencial del entorno, de toda aquella indiferencia. Y por poco, la verdad. Fui testigo sin demasiado peso y desde luego, sin mí. No fui Esteban porque durante aquella estival media hora pasada en casa de mi familia, también solo y en silencio, el espejo de mi mirada sin adjetivar fue el cielo de detrás del cielo, o después, sentado en mi estudio doméstico, las cosas en su desnudez.

Hubo aquella noche un breve aburrimiento. Un advertir la indiferencia de aquel cielo estrellado sin mapas lunares, sin traductor de estrellas, que no fue epifánico, catártico ni iluminador. E inmediatamente conocí que todo cabía en aquella indiferencia. Que echamos allí cualquier cosa y jamás rebosa. En aquella ausencia, en aquel silencio, en aquella paz.

En casa el espacio lo descubrí recargado, y desde la autonomía objetual de cada cachivache que siempre me (nos) rodea, decidí que las cosas en el mundo, todas ellas, inertes o vivas, se tocan mediante técnicas; mediante ciertas tecnologías más o menos sofisticadas. Recuerden que aunque primitiva, la tecnología de un tornillo es ingeniería. Ingenio técnico. Como un ordenador. Al igual que el encuadernado básico de un fanzine. Sospeché, y aún me dura, que el lenguaje, cualquier idioma, es otra ingeniería sofisticada; otra técnica de contacto entre objetos como, de puro cientificar el proceso digestivo enmascarando el incognoscible, comer, digerir y defecar.

Entonces, autoexiliado de mi propia contemplación, decidí que cuanto más desocultable fuese la técnica y más se pudiera reconstruir; cuanto más se pudieran acercar (o aceptar) las distancias técnicas y facilitar así el inevitable salto con el que los objetos se han de tocar y ser lo mismo, más y mejor ocurriría esta indiferencia salvífica.

Mal.

El contacto sencillo y profundo no es tecnológico. Consiste, por ejemplo, en atender al encadenado de olores encontrados, buenos y malos, mientras caminamos cualquier calle; en pormenorizar el lugar exacto del cuerpo donde ocurre el tacto; en el matiz del a qué saben mis tripas en contacto con mi lengua; en el atender a la musicalidad de un ruido o de algún hablar; en el demorar la mirada en cualquier parte.

Y así, rudimento. Para esta indiferencia, paz; para estas paces, paciencia; y para cualquier paciencia, pacer.

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