Esteban Hernández

Gobierno y desnudez

No hace más de dos días, pensando con el cuerpo, arrollado, me angustié del hecho más que probable de terminar la vejez sin haber entendido nada.

Luego, pese a mi confianza testaruda -que en rigor es fe- en la experiencia por escrito de quien más capaz que yo, mucho, sintió y se preguntó lo mismo con más disciplina, decidí que aunque todos aquellos pormenorizaron lo frontal -y sólo lo particular explica el mundo-, el mundo entero escapó de todas las apuestas. Explicaciones pospuestas, más que apuestas, de su devenir. Armazones para toros pasados. Donde, seguro, que el mundo no tenga sentido y que no haya nada que entender es una propuesta tan lógica como paradójica.

El traje hecho a medida que pone, supone, propone y recoloca a las cosas mismas el canon de cualquier institución administrativa de sentido no cubre la carne que es, si no el mundo, lo tan desfondado que éste está en sus génesis y en sus ahoras. En el fondo, lo desfondado. Y, seguro, sólo dejando que lo imposible participe, suceda, sólo encajándolo como el crochet acaparador que golpea y además estruja, uno en vez de dar manotazos de ahogado, se sabe ahogo. Y es mucho ahí. Y pese a que a menudo es inhabitable, mejor eso que intentar desesperadamente agarrar espejismos o peor aún, a algún prójimo al que hundir con nuestros pánicos hablándonos de amor y/o traer al mundo a, como mínimo, más de lo mismo.

Hay un ejercicio de humildad que, lo dije y lo repetiré, tiene como práctica exclusiva la humillación, aunque sea más sensato no buscar rémoras donde sólo hay dispensadores de maltrato. Dosis de burla; recuerdos invasores de aquellas todas nuestras pequeñas torpezas amplificadas; o por imposición de quien quiere la plusvalía de nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario que no sazona, cuotas de menoscabo con intereses leoninos.

Y aunque pocos amigos haré y pocos he hecho con esto, propongo contra casi cualquiera un ser, un hacer, que es valiente sin épica ni comunidad desde lo autodidacta por goteo. Un eyecto, un lanzarse a la inquietud que prefiere la experiencia de catar poco a poco hieles que aunque amarguean, explican. Propongo tratar al desamparo que empantana en la humildad. Conocerlo y reconocerlo a cada inundación. En ese barco remo.

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La gente habla entre sí. Recuerda que es fácil que tú con tu mejor amigo despotriques de tu pareja en ocasiones o que los cabreos cósmicos con tus grandes amigos se los cuentes a ella, y así ¿quién es el nosotros y quién el ellos? O más bien, cuándo. Comunidades según nos rota. Lo que has oído decir, o peor aún, cómo has oído decirlo del compañero, desde el humor o el asombro, es tal y como explican de ti las pequeñas confesiones que hiciste cuando vivías en un nudo. Y si no, sólo explicando diferencias entre diferentes, ahí inevitablemente todos y yo especialmente consciente, uno a uno, somos el tercero excluido, el que es o A, o es B, o todavía peor, el que no coincide consigo mismo.

Es tan ontológico como óntico. La carga emocional, la psique torcida, el encadenado podrido de recuerdos e imaginaciones son el eco de algún alguien en el pensamiento. Creo que a cualquier estado de ánimo lo precede un fantasma. Y propongo usar la estructura del freudiano pensarse y localizarse emocionalmente a través de la figura del padre o la madre pero, por qué no, con los disparadores que son cada otro para los propios y aparentemente espontáneos estados de ánimo. Es difícil localizarlo a veces pero tengo cotejado que a cada emoción torcida le precede un espectro.

A golpe de aceptación de la otredad del otro ¡de quien sea! se diluye el dolor. Es pura hiel de entrada, ya lo dije. Pero rescato de ese penar iniciático que en su contemplación en vez de en la deriva del pensamiento, negándole al sufrimiento tener que hacer o deshacer en consecuencia justiciera, la paz ocurre. La serotonina que le corresponde a estos ejercicios es la fiesta del sosiego, después, en soledad.

A cada vez y en cada inevitable derrota se pone a prueba cierta resistencia. Lo que nos implosiona nos ensancha, y así, por ejemplo, en todo picor que soy capaz de aguantar ocurre el mismo proyecto de imperturbabilidad para cuando y cuanto todo es la mierda, no entiendo nada, duele o parece una amenaza.

¿Qué coño es esa exigencia imantada del mundo que reclama hechos? ¿Qué quiere el prójimo de mí interpelándome hasta en silencio o desde la fantasmagoría? Y seguro, cuando veo a cualquier mujer explosiva, igual. Cuando tengo hambre y huelo comida, lo mismo. ¿Y qué tal que, si no renuncia, grados de separación? Porque entrenando, la imperturbabilidad en el cauce pacífico de mi pensamiento es poder como verbo: un yo puedo contra las redes de los administradores administrando. Un gobernarse en silencio dentro de laberintos, desde la experiencia taxativa de que todo es laberinto; de que todo es red, autoridades autoproclamadas y grupos de presión a cualquier escala y de todo pelaje.

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