Esteban Hernández

Don luthier

De entre todos los anormales que hoy por hoy llevan más de una década de relación monógama, de entre todos ellos, anormales que no subnormales, solo dos parejas superan lo mío con mi chica. Una amiga de entre aquellos, no hace mucho, en petit comité (del terror) me confesó que para con su relación había una canción de Wau y los Arrrghs que la representaba meridiana. Nunca la quise y nunca la quise querer, acá «lo», aún aúlla el tema, y claro, mi colega cuidaba del hijo del primer matrimonio de su pareja y decía sentirse, además de harta, una completa embustera.

Contradictoriamente, después, en su profundizar, aseguraba que en nombre del respeto que sentía por su chico y su hijastro, ellos y sólo ellos merecían algo más auténtico.

A ojos de prójimos y próximos su familia era la metáfora perfecta del amor. La posibilidad de una relación duradera, un modo del compromiso existencialista. Y cuando pronto hablamos de monjes cartujos y santos vivos trapenses al hilo de ese compromiso con la vida, ella medio decidió fantaseando querer pasar una semana sola en alguno de esos monasterios camperos que tienen voto de silencio y hospedaje.

Entonces, providencialmente, sustituyó durante el pasado puente de la constitución aquel entorno espiritual por diez días de sencilla soledad. Los suyos viajaron de visita funeraria a un pueblo del interior.

En orden, después, me dijo: Es fundacional vivir intermitentemente en soledad. Me dijo: La mayoría de divorcios ocurren en septiembre, tras convivir en vacaciones. Y sobre todo desarrolló que no nos alimentamos del mismo menú ni a lo largo del día, ni a lo ancho de cualquier hostelería local. Exactamente igual, en tanto que alimento, para con el abanico de los que elegimos a nuestro lado, para los que también somos elección, aseguraba: me advertiste de que si no tengo tiempo ni espacio es fácil que la propia psique los busque, los encuentre y ponga en juego lo que me importa en favor de eso tan sencillo que es el tuétano si me inundo de prosa, o lo frívolo si me inundo de lírica.

¿Eres acaso un afinador de cítaras, de liras? Me preguntó agradecida riendo en una sobremesa. Y eructó.

Email this to someoneShare on FacebookTweet about this on TwitterShare on TumblrPin on PinterestShare on Google+

Dejar una Respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.