Esteban Hernández

A cada cadáver, lo fecundo

Sacrifica. Algunas prácticas quirúrgicas son con motosierra. ¿Qué estás negociando? ¿Qué es eso neto que quieres del otro, del amigo, del próximo? Y sobre todo ¿Con qué estas sustituyendo la soledad? Vivimos irremediablemente aislados en nuestras celdas más o menos urbanitas, así que demórate en la propia. La globalización es el sueño húmedo de los idiotas, persona. Mora despacio tu celda y como un gobernador ejecuta anatemas. Contémplala. Cata lo agrio y no sustituyas la emoción que te arrolle por lo que creas que será estar habitualmente solo. En la perspectiva de la renuncia social, en ese pánico, se han cometido los peores suicidios. Cualquier huerto se llena de malas hierbas porque la entropía también es entre humanos. Pero a cada cadáver, lo fecundo. No negocies y actualiza: aceptación o exclusión. Hay demasiada gente en el mundo como para llamar amigo a quien no ocurre amable.

Después en vacación, en la ausencia de toda acción acá social, en chequearse solitario, hay un preguntarle al cuerpo pensando con él y un conocer a los sentidos de punta. Donde los sentidos dan sentido y muchos sentimientos son a éste lo que un culturista a cultura o una esteticién a estética. En intimidad la mirada y la escucha contemplativa, el tacto tanteando, el oler respirando y el sabor sabiendo. Permanentes antenas a menudo entumecidas porque entre lo sentido y lo advertido, laberinto. Donde la mirada del otro hace de metrónomo panóptico y nihilizador.

La misma distancia insalvable aleja a la masa, a la gente, al público o bien al sujeto y sujetado social del prójimo, y tantas otras capas más al próximo de éste para que, de esa escalera, tanto así deconstruya y luego construya la carne de aquel, su carne, lo carne, que de cerca se queda en casquería mandando lo humano a la mierda. Objetos, porque somos flanes con pelo.

Mal e inevitablemente cualquiera sustituye al otro sea familia, enemigo o compañero por la idea que tiene de ellos. Cada otro, cada caso. Sustantivándolos, calificándolos, adverviándolos y después demandándoles contenido. Insisto. Todos, aunque hay grados, malvendiendo la propia soledad al proxeneta Don Incertidumbre y a su excelentísima tropelía.

Intenta habitarte, anfitrión. Desimanta a todos los tuyos de las ideas con las que los sustituyes. Lo he dicho del tebeo patrio. Lo que quede del naufragio de mi negarme entero valdrá algo.

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