Esteban Hernández

TEXTOS

El mismo hervir

esteban hernández

Por fin me organicé un rincón en casa para leer. Haciéndolo rodar me dice un libro, un poema de Pessoa, que la propia relación con la naturaleza es básica para el consciente, para el lúcido, para el vivo. Que la lenta contemplación de un río o una encina es puerta y llave a la vez. Sin ecología, le entiendo. Desde la matemática evidente, más bien, desde cierta geometría biológica; desde la náusea de la nueva carne del mejor Cronenberg. Cierro el libro y me recuerdo en la playa mirando despacio a ese borbotón, a esa ola empujándose, sustituyéndose a sí misma, atropellándose desde dentro.

 Lo que decía el poema lo he podido cotejar, sí, pero desde hace catorce años vivo en Valencia y desgraciadamente no he tenido a mano estas pólvoras. Así, miro a mi alrededor sentado en mi estrenado rincón y sólo alcanzo a ver las plantas que mi chica tiene tan bien cuidadas en casa, y entonces, de repente, me sabe a poco y siento que me estoy perdiendo algo. Que, como muchos otros, orgánico de mí no tengo un contexto a iguales. Pero, PERO, soy urbanita y pensándolo mejor, mirando bien la pared, el sillón, el móvil o el papel del libro recuerdo que más o menos procesado, todo es el mismo burbujeo. Que aunque esté en otro estado, cualquier cosa es naturaleza. Siempre. No está biológicamente menos vivo el río que frecuentaba Pessoa en su pueblo que todo lo que miro a mi alrededor a cada instante. Si cualquier cosa no fuese orgánica no se degradaría jamás y si no fuese natural sería extraterrestre.

En estas, vuelvo la mirada hacia mi mano sujetando el libro y la noto, la sé, contundentemente lo mismo. El mismo río, la misma ola espesa, el mismo libro, su papel o su tinta. Y a continuación, desde mi mano que es mía y soy yo, me demoro en la experiencia de ver, de mirar, concluyendo en que, por qué no, mirar y lo que a cada momento es mirado son la misma cosa. Que, de hecho, no hay distancias; las hay en relación a sus contextos. Así, humano y orgánico de mí, como tú, encuentro que en correlato, éste trascender vivencial, íntimo, tan frágil y huidizo también es natural. El mismo hervir vivo y evidente. El mismo empate en marcha con cualquier cosa en cualquier parte y en todas direcciones. La misma unidad en movimiento conmigo o sin mí. El todo y la parte en síntesis multiplicadora son la misma cosa.

Cualquier persona en estas frecuencias es fundamentalmente un físico, más por lo concreto que por lo científico. No es abstracción mía, de este texto ni de ningún poema.

Saludos.

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Ni más, ni menos.

Bajo al supermercado a hacer la compra de la semana. En la sección de fruta y verdura estoy haciendo acopio y como son las tres y media del medio día tengo el local prácticamente para mi solo.

En éstas, detrás de mí, mientras cojo calabacines y setas vienen dos asiáticos, chico y chica. Él de rasgos especialmente redondos, medio mestizo hasta donde me da la gana imaginar.  Ella más al uso, de libro de instrucciones, de lo que estoy acostumbrado a ver en la calle. Ambos cómodos, medio elegantes, y aunque no me fijé del todo en la ropa, parecían estar allí como de turismo, como mirandillo esto y lo otro; así que pienso: del mismo modo que molaría hacer turismo gastronómico, creo que si tuviese la oportunidad de ir a otro continente, visitaría algún supermercado por aquello de las estéticas de los embases y lo exótico de, por ejemplo, las hortalizas. De manera que montándome la película a base de relajadas miradas furtivas, veo que se han cargado de mandarinas y no las han pesado. Alarma en mi cabeza. Qué mal, y no tanto por no pesarlas, claro, sino porque, proyectándome, qué putada ir tope contento a la caja con lo que sea y que te diga la cajera sudándosela todo, idioma y lo demás, que así no se hace.

A la sazón, anticipo aquel momento incomodo y me digo, va, Esteban, no tienes ni puta idea de inglés, ninguna, pero mola que a uno le ayuden. Habla con ellos, dile como va el asunto y fuera. No mires a otro lado.

You speak Inglish?

Me miran con un no tranquilo y expectante. No entienden, no contestan.

Les balbuceo, un montón, y ya en la espiral les medio llevo en gestos a las mandarinas, les enseño la tecla correspondiente para la báscula, y como esto también lo hago a lo torpón, en vez de irme primero a las mandarinas, empiezo por los pepinos, que es lo que tengo en la mano, en la bolsa y pesados. Les ejemplifico mi caso y les hablo del suyo. Por fin creo haber conseguido hacerme entender con mi torrente de frases abortadas en inglés macarronico, pero el tipo pulsa la tecla del pepino e intenta ponerla en mi bolsa.

Insisto muy poco más y los dos asiáticos, poco más jóvenes que yo, lo (me) entienden. Colocan su bolsa, aprietan la tecla, pegan la pegatina y todo bien. Me alejo un poco en shock después de mi pequeño trance internacional, y cuando estoy medio lejos no encuentro mi lista de la compra. Vaya, al deshacerme en explicaciones he debido tirarla o meterla en algún sitio, no sé. Voy a ver si está en donde las mandarinas. Y al volver a la zona, me pregunta aquel joven, en castellano, si hablo español.

-Sí.

-Ah.

-Vuestros rasgos me han confundido.

-Ya.

Como anécdota, deciros que medio convulso de tan chapucero que me sentía, empecé con toda la naturalidad que me quedaba a buscar mi lista manuscrita de la compra, allí, entre las frutas y verduras con la mirada, en mis bolsillos, dentro de la cartera y al rato, mientras esperaba a que me deshuesaran los cuatros traseros de un pollo, vacié en el suelo, producto a producto, todo el carro. No encontré nada y la joven carnicera, de simpatizar con mi barba por su sien rapada, pasó a quedarse como intranquila. Menudo trastornado, parecia que decía su actitud. Sí. Pues sí. En ese momento, hace un rato. Ni más, ni menos.

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Creedme

Cuando escribo lo hago por necesidad. No me pasa a mi sólo. Es así. A veces tengo un conflicto con alguien, me da para un párrafo y lo publico en el Mister. Una vez al mes, destilo otros roces y los subo a ClubCultura. Muy a menudo se convierte en un cómic y cuando eso que me afecta me está quemando y no me deja dormir lo publico en esta web.

Responsable de lo que escribo y de sus consecuencias, si borro algo aquí o allá es porque, a veces, aguantarse a uno mismo es bastante difícil; o lo es lo suficiente como para andar subiéndole el volumen a todo lo demás.

Espero sepan entender.

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Psycho Killer, qu’est-ce que c’est.

Hace una semana me compré unas zapatillas. Me las puse y salí a la calle con mi chica a unos asuntos. Me rozaban y a mitad de tanto andurrear tenía en el tobillo una ampolla reventada. Así, acabamos, y volviendo medio jodido a casa, saludamos a un tipo con el que ya hacía tiempo habíamos hablado sólo en un par de ocasiones. Alguien a quien conocimos a través de amigos comunes. Aún no sé cómo se llama.

Primero nos dice que está sordo de un oído y no nos oyó el primer saludo. Le preguntamos por lo que ya sabíamos de él, por su chica y por su hijo recién nacido. Todo bien. Lo normal. Y justo al despedirnos nos dice que vayamos a su casa a mirar un nosélqué que acaba de terminar. Yo le confieso, aún sin enterarme de qué se trata, que las zapatillas me estaban matando. El tipo insiste. Le digo que mejor lo dejemos pendiente. El tipo vuelve a insistir. Mi novia, por decoro cede y se pone de su parte. El tipo, de camino me dice –o lo dice mi chica- que puede darme una tirita. Ok. Estupendo.

De camino este señor nos va contando como consiguió el chollazo de piso que ha podido comprar. Entramos en el portal. Le pregunto por cómo se las apaña para bajar y subir el carro del niño por aquella rampa tan empinada. Ocho escalones. Antes de que pueda acabar la pregunta él se está deslizando desde arriba. No pasa nada, dice.

Subimos al ascensor, pero para subir a cualquier planta necesitas llave. Qué raro tanta seguridad, comentamos. Ella y yo. Nuestro perfecto desconocido nos bromea dos veces durante un tramo de cinco o seis plantas con que va a acabar con nosotros en su casa. Nos enumera con qué va a hacerlo. Nombres de taladros o algo así.

Llegamos y nos enseña unas miniesculturas. Una serie de cuarenta o cincuenta copias iguales. A mí, amigos, las figuras de coleccionismo me dejan un poco frío pero sé valorar un modelado, así que me dispongo a ello. Cuando le exagero el buen acabado del trabajo, me explica que el modelado es digital, que se trata de produción industrial a pequeña escala y él sólo las pintó.  Le valoro los esfuerzos y pido permiso para coger una. Me dice que aunque la que elijo está seca la sujete de la base para no mancharla. Vale. Me la dá en mano. Mi pie suplica misericordia.

Hablamos un poco, yo presiono y por fin nos vamos. Nuestro amigo no me da una tirita y me empieza a llamar blando. Una, dos, tres y cuatro veces mientras nos explica que para bajar por el ascensor tiene que volver a usar la llave, que por las escaleras tampoco se puede salir así como así.

Llegué a casa y mi calcetín tenía sangre. Yo estoy bien y si os lo cuento es para que, si queréis, saquéis conclusiones.

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Autopsia

Hace un par de años estuve en unas jornadas de cómic en Cuenca. Entonces estaba en trámites la edición francesa de uno de mis libros. Me invitaron allí por ciudadrealeño, por manchego. Estuvieron allí Mateo Guerrero, Sergio Bleda, José Robledo, Marcial Toledano y José Luís Munuera. Manchegos también, creo. La organización -el propio Mateo Guerrero- me trató bien, Cuenca mola, pero a lo largo de aquel día, así como síntoma de lo demás, como sabor, por ejemplo, al citar a Ware acerca del trabajo sufrido que es dibujar cómics, Guerrero me espetó un si no te gusta dibujar, no dibujes. No voy a entrar en comparaciones ahora; sólo diré Forma, Fondo y ‘Acme Novelty’. Después, en un clima enrarecido, el amigo Sergio, en una entrevista colectiva para un programa de televisión de muy medio pelo, con la coña hubo un, por ejemplo, “Empieza tú, por listo” y con lo informal, con otros detalles así me estropeé. Podéis buscarlo en Youtube. Sobre Marcial Toledano os diré que nadie jamás me ha tratado tan mal; mientras duraron las jornadas, él,  estirado y resoplón con casi cualquier cosa que con mayor o menor acierto se me ocurría decir, se comportaba como una especie de ario de instituto. Si salvo algo de aquel día son las charlas que mantuve con José Robledo, un ser humano entre tanto dibujante de aventuras francobelgas. Munuera, aunque muy distante, estuvo correcto y educado.

Destacaré el viaje de regreso a Valencia por lo cómico, por lo Ben Stiller.

Yo a veces enfatizo mucho, demasiado: mi carnosa cara se mueve sin control cuando explico algo que me emociona. A veces me arrolla. Mi cuerpo puede llegar a temblar, y claro, ya en el tren, hablando con Bleda de camino lo noté tenso; como cuando te da la chapa un cocainómano. Acosador quizá y sintiéndome como un loco, intuyéndolo, digo, lo que intentaba era aquello de lo que escribo en Clubcultura. Ojo, no de un “tengo un blog”, sino de lo que abordo allí, de lo que señala. Vale, loco, sí. Soy capaz de entenderlo porque no es fácil empatizar en estos términos con cualquiera, y además, diagnosticado y medicado desde hace años, puede que me falten tablas sociales. En fin, aunque no recuerdo aquel viaje de vuelta como algo malo, a Sergio si que lo noto más y más raro en el recuerdo, no lo supe ver entonces y aún no sé qué es. Quizá, simplemente se trate de que ni nos conocemos ni tenemos mucho que ver el uno con el otro.

En conclusión me quedó claro en qué consiste ser autor y no tener amigos en esta Españita del comic. Se me estaba enquistando lo sufrido y ésta es mi autopsia.

Saludos.

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Que esto me sirva a mí

El sábado una mujer borracha me espetó que soy un moderno, que parezco marica y que por intelectual y pedante no vivía la vida tal y como lo recomendaba su abuela, referencia familiar que se lamentaba del celibato franquista. Yo le andaba regalando, generoso de mí, arrebato y patafísica. Endemia. Ella venía de la última discoteca, del ultimo no, y como un coche escoba buscaba a un tercero, que allí a sus anchas, entre nosotros, cocaína. Así, las cátedras incontestables y que las opiniones se digan entre el aplomo y la broma tienen más que ver con que uno a veces no está dónde, cuándo y con quién debería estar.

Que esto me sirva a mí.

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Ceci n’est pas une pipe

Hace unas horas estaba durmiendo y en el silencio de la noche mi vecino me ha desvelado llamando subnormal varias veces a su pareja. Eran las 4:30 am y he salido de la cama. He preferido avanzar mis freelance que ponerme a leer. Después, ahora, voy a redactaros el discurso que di en la presentación del último Mister hace unos días.

Me voy a saltar del fanzine la descripción superficial. En la pasada entrada de este blog tenéis algunas imágenes de muestra. Quiero explicar, ambicioso de mí, que Mister –y con esto empiezo- trata de algo indeterminado y en consecuencia un tanto difícil de abordar.

En 1928 René Magritte pintó un cuadro titulado Ceci n’est pas une pipe en el que ésta misma frase escrita acompañaba a la representación de una pipa. De eso se trataba. No es una pipa neta, es en realidad óleo y tela. Un cuadro.

Esto también ocurre, en cierto modo, con los textos de Mister o en esto que ahora lees y te ocupa: se trata de negro sobre blanco, nunca de a lo que alude. Fantaseé con los resultados de mi discurso, pero antes de apostar por mí como ponente subrayé que el fanzine debe hablar por sí mismo y hasta de sí mismo.

A veces el fanzine señala que él solo es papel encuadernado y grapado. Celulosa y metal que como objeto diseñado, editado, vuelve a ser un Ceci n’est pas une pipe. Es decir, además de que al interior del título las frases en castellano apelan a una idea, o que las líneas de los dibujos hacen ver rostros humanos y paisajes, el objeto diseñado de tal manera, Mister, también está sometido a un cifrado estético y se hace mirar como objeto y como código traducido.

Esto como ejercicio se puede convertir en juego –que no payasada- y llevándolo al absoluto ser práctica y ruta de lo lírico y lo metafísico. Esto es, en la práctica sobre cualquier cosa a nuestro alrededor, repetir muchas veces la palabra que nomina algo y tras vaciarla así mirar el objeto de nuevo como abstracto. También, mirar y enfocar algo lo suficientemente cerca como para buscar lo fractal en su textura o, de otro modo, observar cualquier cosa el tiempo suficiente, buscarle, por ejemplo, la geometría en su estructura general, así desaprenderlo y percibirlo en su volumen original.

Subrayo Mister como fanzine y cualquier tebeo como libro. Del mismo modo, cualquier bandera como tela y cualquier gadget tecnológico como electrodoméstico. Así, cualquier cosa sin lo que sabemos de ella es objeto, estos objetos, a su vez, volumen, y cualquier volumen, voluptuosidad: Un abstracto perceptible y emocionante.

Quiero ampliar aquí, en este texto, que el diseño industrial es inherente a los objetos. Que un coche nunca ha sido un volumen crudo y del mismo modo, una cuchara, un ordenador, una tabla de madera, un edificio o un semáforo son volúmenes con la estética que les corresponde. Sin ella sólo son abstracciones ocupando espacio a nuestro alrededor. Quizá nuestras plantas, nuestros animales de compañía o nosotros mismos somos objetos orgánicos diseñados en cuanto a lo fractal.

Me gusta pensar que este diseño orgánico de repetición en el que existimos y el diseño geomérico de estructura con el que el ser humano lo construye todo se parece entre sí, pero como dicen los nuevos poetas, ésta explicación científica de diseño orgánico es una metáfora humana plausible. Además yo no soy físico o biólogo y estoy medio inventándome todo esto. Aunque, eso sí, de esto como motor, de este percibir el abstracto indeterminado sea humano, animal o cosa, van todos mis últimos comics y Mister principalmente en los textos.

Por último, expliqué allí y repito aquí que la naturaleza de esto no es la palabra o la imagen. Nunca lo ha sido. Y aún afirmando saber que no se trata de eso y por eliminación saber algo, defiendo mi completa ignorancia. Tengo claro, sobre todo, que no es sublime, es evidente, y que hay más poesía en describir de buen humor que en escribir poesía.

Saludos.

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