Esteban Hernández

TEXTOS

Disolvente.

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A veces contamos con un respaldo emocional extremadamente paciente que creemos merecer por decreto ley. Quizá tu chica, tu hermano, tu madre o tu padre. De colegas ni hablo porque por mi vida han pasado muchos y ya hace años que a los recientes y muy mejores no les pregunto el historial. Uno aprende.

¿Qué hay de lo suspicaz para con los insobornables? Vayamos con cuidado.

Hay, querido lector, un meollo, un tuétano, un yo último. El ser ocultándose en los entes. Lo he reformulado mil veces por escrito y en mis tebeos. Aquello es lo que importa y disuelve la sospecha. No quiero ir a lo particular. No quiero contar qué ha disparado este texto esta noche. Es irrelevante.

Solo lo pido, os lo ruego. Haced autocrítica y exponed a alguien las actualizaciones de esa autocrítica. En mi caso, esta noche, para dejar de creer que he hecho algo mal porque el mundo esta loco, para dejar de encadenar conjeturas recurro al compromiso que decidí, que elegí, hace más de diez años conmigo mismo y riego a diario. Mi experiencia mística de lo unitario no tiene nada que ver con ninguna pareja, con el trabajo aunque sea vocacional, con pedirle pasta a los padres cada poco tiempo, ni con beberte una, dos y hasta tres cervezas en casa mientras flipas con un libro.

Chequéate, digo y repito. Que haya inquisidores que crean que hablo de amor, de desamor y que pongan en mi boca otra cosa es algo insalvable. Ineludible. Es negar la gratuidad del mundo.

Hace muchos años hubo quien me dijo que los extrovertidos le echan la culpa de sus problemas al contexto. Al neoliberalismo, al gobierno, a la propia familia o a su peor pareja. Los introvertidos se la echan a sí mismos. Introspección, sí. La útil para saber dónde se está, con quién se está y porqué. Análisis siempre, siempre, amoral, y solo después compromiso. Fundamentalmente con uno mismo.

El mío es con el Ser. Tomároslo como os dé la gana. Yo gano.

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Cacahuetes.

Hoy fui a un concierto de jazz y a veinte minutos del final entró un tipo bastante abollado, muy borracho, dando a nota, inofensivo, y oliendo a rayos encendidos. La entrada era libre y el bolo me estaba gustando bastante pero como siempre, el factor humano me lo jode todo. Mi chica y yo decidimos irnos de la sala a comer algo al bar de al lado y al rato el pobre desgraciado del concierto entra al mismo bar y pide una cerveza. No se la sirven. Alguien sale de la cocina a poner orden razonando y él se marcha pacíficamente. Me quedo medio amargado. No sé si empatar con él o ponerme en su contra. Saco el cuaderno y dibujo esto.CacahuetesMuy poco después regresa al restaurante y de la nada aparece un policía. Salen fuera. Estoy de espaldas a la puerta y ni me entero ni me quiero enterar. Todo es una mierda y doy por hecho que ni el derrotado ni la policía necesitan público. En el bolo él le ofrecia la tapa de su consumición a todas las chicas y a Mireia, mi pareja. Cacahuetes. Quiza sólo quería follar. O ser amable. No lo sé. Quizá es un hijo de puta. No sé qué deciros. Sólo que me puede, que todavía no sé gestionar bien estas cosas y que, definitivamente, prefiero sacrificar voluntariamente un conciertazo a conciertar de ninguna manera cualquier sacrificio voluntario.

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No me canso.

Leí otra vez sobre el tuétano. Del meollo. No me canso. Lo dije en otro sitio: Allen Guinsberg quería vivir en él y casi enloqueció. Creía yo que era una irresponsabilidad de su parte, pero no. Leí otra vez sobre el tuétano, dije, no a Allen. Más allá de lo semántico (más acá, en realidad) hay maneras silenciosas de participar en ello y hacerse viejo así. Parte de mi biblioteca dice que sabiendo que sabes y aceptando completa, pacífica y felizmente lo incognoscible al menos una vez, es suficiente. Una vez iniciado, siempre se es bienvenido.

Imagen Septiembre

Hay quien ha tenido en la adolescencia o más o menos al principio de su vida una experiencia mística muy intensa bien a través de lo beato, la droga lisérgica o el dolor desmedido. Superados y trascendidos estos asuntos se concibe cada proyecto de vida en favor de aquello mismo pero destilado; en profundidad y en las intimidades de cada cual. En abstracto: en el mismo pero profundo vibrar intenso sin su moral, sin lo adverso, sin sus cronologías, protagonistas ni explicaciones.

Por otro lado yo no me entrego al prójimo.

Hay un yo último, sin ego ni Sigmund Freud que yo sepa. Hay una voluntad que a veces uno le pone a algo que dice. A una frase, en una atención o a un gesto consciente. Hay un desembolso momentáneo de todo el hálito. Es el pájaro azul al que Bukowski se refería. Un soltarse del manillar de la bicicleta medio segundo por primera vez. Esa valentía, esa verdad. Una cesión plena, consciente y responsable a la que le precede un querer hacerla. Yo no me entrego al otro. En estos asuntos prefiero ser discreto, cauto y hasta psicópata. Y no hablo de amor, no me jodáis. Yo amo. No hablo de lo emocional. Hablo de entrega. De volcarse completamente, en extrema sencillez, y decidir palpar lo que sea paladeando su textura, por ejemplo. Buscarle el matiz al tacto, encontrarselo, e inmediatamente después, intentar localizar dónde, dónde, dónde estaba o dónde sigue. Chequear en qué coordenadas exactas del propio cuerpo está ese tacto o su estela. Esas son mis entregas.

Y por último, si tal, verbalizarlo.

Esa ofrenda es puerta y es llave, pero por favor, no hagas tonterías. Por favor. Un beato idiota dirá que es tu sexo. Un beato idiota. No hagas caso. Entrégate si quieres y como quieras pero acepta que te pueden joder vivo por muchos años. Décadas de rehabilitación. Por eso sólo me entrego en mis intimidades y en soledad. Hay cosas de mí que son mías aunque ahora las explique. Son sus prácticas lo que no se me nota. En cualquier sitio. Y creo que abusar de ello entre humanos es lo suicida, lo obsceno. Yo no me entrego a los demás. De mi historial soy el pornógrafo protagonista en mis tebeos y entre mis verdaderos amigos, pero la entrega es otra cosa. No estoy tan loco.

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CIERTO

Hace pocos meses me inundó lo prosaico y le perdí la comba a ese mirar mío a veces lúcido, a veces extraterrestre y a menudo inútil. Cualquiera se crispa de perspectivas hasta que le entra trabajo. Mientras tanto, escribí y lo hice porque sí. Psicología de manual. Hay textos que no caben en facebook. Hay tractores que no, nunca, los verás en ninguna autovía. Me tienta mucho cortapegaros cual fue el color de mi trueno, pero voy a comer algo de la nevera a ver si se me pasan las ganas de boicot.

Regresé.

Hay, dicen, un sentido estético inevitable para cada rincón del mundo. Allá donde vamos hay una figuración del entorno. Según Borges la misma forma anecdótica de hablar, cualquiera de ellas, lo significa a cada vez. Sin la metáfora ni la fábula o el mito, el mundo desde lo frontal se muestra siempre incognoscible y escurridizo.

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Pese a que tenemos recursos e infraestructuras, creo que el orbe lo habitamos a ciegas a cada vez. De hecho nos pasamos el rato chequeándolo sobre la marcha aunque disponemos de avales en cada cultura que nos explican muy bien en qué consiste. En otras palabras, confirmamos que por ejemplo aquel arbusto está en la distancia bien porque nos acercamos y lo tocamos, bien porque recordamos habernos acercado en otra ocasión o porque pasa alguien al lado y hace de notario. Por eso el mar desde la playa es tan insondable. Porque está y no está a la vez. Es un incontable. Es pura abstracción.

Si bien, yo diría que si no el mar, que también, cualquier cosa es elástica mucho antes de su sentido estético. Hay una sustancia cotejable en cualquier experiencia humana (mirar, conducir, comer, etc.) que nunca se quiebra. Tengo comprobado que si voy andando, me tropiezo y me doy una buena hostia hay un susto, una alarma y un dolor, pero aquella flexibilidad no se raja. El contraste está integrado.

Trascendida la muerte y desde el disparate de las cosas siendo, el dolor, sigo con el ejemplo, nos afecta sin que por ello se rompa lo que le hace de contenedor. Lo que quiero decir es que aunque la sensación sea aguda tiene en sí misma una solución orgánica de continuidad y cambio. Nunca se rompe el posibilitador que ampara al ser siendo. “La muerte del sujeto es esa ruptura” dirás bien, querido lector, pero lo que sugiero tiene poco que ver con lo humano. A lo bestia, el fin de nuestra especie y así el del hoy por hoy autoproclamado y prestigioso empeño científico de listar, significar o contemplar el mundo, no lo afecta. Cualquier cosa es indescifrable en tanto que cosa y que yo me parta la cara defendiendo este asunto, lo llore, lo rece, o me emborrache en su nombre no cambia que, elástico o no, “el ser de las cosas siendo” solo sea otra explicación del mundo. Otro aval. Aunque éste tenga un previo del cual hubo quien supo y sobre el que se decidió qué es el mundo.

Lo asombroso es que aunque pueda desocultarlo o negarlo hay mundo mientras tanto. Él me ampara. De hecho, estoy escribiendo esto. Hay caso. O en otras palabras, para que lo que escribo tenga sentido, necesito del mismo mundo que nihilizo. Desenmascarándolo no quiero otra vida, quiero ésta pero viva.

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Archivo

Éste es el segundo aniversario de una crónica regulera pero necesaria. El aludido en el post del enlace, un tal Enrique, me amenazó con denunciarme y con tener «unas palabritas». Borré el texto y pocas semanas después volví a colgarlo un poco escondido en el historial, en rigor, el día del suceso. Así, medio cedí a sus amenazas y hoy, como cuando nos hemos cruzado en el barrio y he querido hablar con él ha puesto de una manera u otra el carrito de su hija en medio, siento muy necesario hacer bien visibles estas cosas en favor del respeto que me debo. Seguro simpatizais. De hecho, lo cuelgo de nuevo para pacificarme. Para sellar puertas que considero muy mal cerradas. Y aquello dio para mucho cacareo epistolar. Por ejemplo, el primer correo inquisidor me lo escribió su mujer. SU MUJER.  Además hubo quien quiso mi escarnio pidiendo explicaciones en mi muro de facebook como si el texto, en vez de ser una crónica, fuese mi opinión.

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Sólo hazlo.

Fui a distribuir Nadas en Valencia la semana pasada y en una de las tiendas dejé el mostrador y a un tendero amigo ocupado. Además, para organizarme y reponer casi tapé la puerta de entrada vaciando el carro en el que llevaba los fanzines. Hacía calor y como me estoy (estaba) dejando el pelo largo, más. Sentí que estaba molestando a todo el mundo bloqueando indirectamente hasta la caja registradora. Angustiado y sudado de mí, un joven heavy en coleta se quedó mirando al lado de quien me atendía, apoyado en la pared con las manos en la espalda. Ah, bien. Un nuevo tendero, pensé, uno para los meses de verano. Le saludo cordialmente y me devuelve un Hola frío y seco, de empalador de nazarenos nórdico y post adolescente. No le presto más atención. Tenía cosas que hacer. Pero como repongo y liquido en Valencia cada seis meses no le tengo pillado el pulso al protocolo. Iba de espiral en espiral. Mi chica, que me acompañó amablemente, puso orden en mí bromeando casi a mi costa. Ok, ok. Por fin, cuando me centro y estoy terminando, el joven tendero desaparece. Si bien, chico duro, desconocido espectador, seas tendero o no, puedes meterte todo lo que viste en el culo.

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Me vais a oir gritar.

Ansiedad. De a pocos. Me planto en agosto y todo lo editorial cierra. Del lado del futurible tengo dos propuestas rodando en Francia. Una con un agente nativo y serio moviendo sus fichas y la otra conmigo de dibujante, con Álvaro Nofuentes de perfecto guionista y con la bendición de los editores que la leen pero no les encaja en la empresa. En la línea editorial, digo.

Es cuestión de tiempo. Sólo eso. Todo eso. Si la resolución fuese monolítica, si fuese un nada y un nunca, tomaría una determinación activa y pacificadora. Pero no. Hay un ya casi, creo, una esperanza razonada con el coeficiente adverso integrado. Hay un esperar, ergo una paciencia pero apenas hay, ay, un hacerse pacible. Me tiene tan crispado que he decido escribirlo y publicarlo aquí. La metáfora que mejor lo explica es la de un viaje larguísimo en el que la última media hora es lo infernal, aunque para el reloj sean los mismos primeros, segundos o terceros treinta minutos.

Imagen texto

En 1999 alguien (un hijo de puta, por cierto) me dijo con razón: “ponte a dibujar aunque sea para un cuarto de hora, cualquiera de ellos, los que tengas libres”, así que desde entonces y hasta hace un par de meses me estaba acostando, de media, a las seis de la mañana. De esto, hoy, ya hace quince años seguidos y en los dos o tres últimos me iba a dormir cuando mi cuerpo no podía más. De día con el sol calentando. Cada dos semanas incluso empalmaba, o también, todos los fines de semana cena, café y después de unas birras y cerrar el bar del que soy parroquiano, trabajaba en casa hasta que se apagaban las farolas.

Hablaba de esto con un buen colega y él asombrado decía de sí mismo: “no debería ser tan difícil sólo querer dibujar tebeos en esta vida y no poder hacerlo”. Es verdad. Es demoledor. Si quisiera pilotar aviones y me esforzara necesitaría aprender a golpe de infraestructura. Pero no.

En esta cartografía que os confieso, el color de mi psicología hoy es el de la posibilidad del regalo que siempre le pedía en navidades a Baltasar siendo un crio, año tras año, y nunca, nunca llegaba ni aún probando a no pedir otra cosa. No diré cual (no) fue, pero si simpatizas, querido lector, seguro entiendes. O si no lo explico bien piense usted en el anhelo del beso de quien tanto le gustaba en primaria. O en las muchas ganas de follar por primera vez. Son todas esas conjeturas de la espera, la montaña rusa emocional y el proyecto anímico relativo. Hacer economías sólo con mis tebeos, en mi, es la experiencia de no recibir nunca aquel regalo junto al roce de lo contrario. Esa es la vibración. Si me sale medio bien me vais a oír gritar.

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Consiénteme el poema

Un hay de haber. Un saber de sabor. Tu boca llena de dientes y carne. Un estar comiendo una naranja y en la justa entrega, en agradecerle el sabor, verbalizar un “¡hostia!” y embutir la naranja en la exclamación. Obligarla a ser palabra, expresión, y reducirla. O “Naranja”, decimos, y chequeamos aquella pieza de fruta en vez de reconocerle la dimensión del disparate.

VinyetaCreo que la profundidad del sabor, del dolor, o de casi cualquier otra percepción es asombrosa; y que si desde lo que nos ocupa concentrados atendemos automáticamente a lo siguiente (o nos despistamos con alguna otredad) es porque nadie aguanta enfocado allí mucho tiempo. Apostaría que ni segundos. La atención sostenida no es humana. La permanente, digo. Tengo cotejado que en la densidad de la sencillez de las cosas siendo, y tras ellas, en el incognoscible, en la nada, no hay permanencia para nadie. No, aunque las bibliotecas nos amparen. Así, bien porque uno se muere, se aburre, porque se despista o porque llega todo lo lejos posible, la dimensión de la vida vívida, desnuda, en cualquiera de sus manifestaciones no es traducible. Intentamos explicarla con los mejores poemas, por aproximación, y sólo la circundamos porque es inhabitable. Porque incluso a poca profundidad es mucho más y no es. A la vez. Si insistes en mirar al vacío, el vacío te devuelve la mirada, te dice quien eres y qué nos corresponde.

En estas, con todo y afortunadamente, la experiencia extática del vacío, o en Hörderlin la del árbol que nace porque sí, o sin porqué y solamente es, nos explica intermitentemente como objetos más allá de las ciencias médicas. Nos espejea, nos inicia, o nos reformula en la misma intensidad gratuita del árbol. A cada vez, ese captar las cosas en cualquiera de sus evidencias sin nosotros, ni euforia ni Dios es fértil. Es intimidad.

El techo y la ampliación de cada cual, es decir, la implosión de uno mismo es la carcajada. Un síntoma. Que estos contenidos susciten una alegría así es cantarle a la vida. No es una metáfora. El problema, en particular, viene de contarle esto a quien tienes al lado y que te mire raro. El otro, cualquiera de ellos, es quien nos gira el vacío a la contra. Es el prójimo y en concreto el dedo acusador de un familiar prescindible, el de algún anónimo en cualquier parte, el del recuerdo abstracto de algún colega maltratador, el de la ley o el de cualquier amor sobreprotector lo que nos exige un orden. Son los demás quienes deciden y acotan lo normal, y en estas, autoproclamados de un modo u otro se pactan tácitamente qué deben significar las cosas y cuando deben hacerlo. Qué es una naranja cuando decimos “naranja”, o en otras palabras, qué no es una naranja.

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