Esteban Hernández

TEXTOS

Un premio es un aval

Premio en tanto que premio. Cada caso individual, cada premiado, no me interesa.

El premio nacional y los de su misma cuerda avalan a sus ganadores. Son prestigio e historial en negrita para los galardonados. Son publicidad en su sentido etimológico: son asuntos públicos, comunidad, y aunque supongo que cada caso es más o menos importante según el listado de sus condecorados, propongo aquí suspicaz: ¿No será al revés y el autor o la obra premiada avalan al premio o a quien lo funda?

Vaya por delante que no tengo ninguna gana de polémica.

Sospecho que el premio nacional de cómic es un hongo sin raíz: No es más cómic que premio ni más premio que nacional. El objetivo de cualquier reconocimiento, especialmente los importantes, es perpetuar la credibilidad autoproclamada de quien los otorga, porque en éstas ¿Quién es ese de quien esperas qué? ¿A qué autoridad autorizamos? ¿A qué pretendido padre le consentimos la recompensa? Intento no retorcer la respuesta y me quedo sin ella.

Bromeando con un amigo al teléfono conjeturamos establecer los premios Fanzine Usted, o no sé, que la frutería de tu calle diera premios entre sus clientes. Escalado es exactamente lo mismo. La caradura del dueño de la frutería y que por ejemplo Bankia se ponga el disfraz de fundación altruista es estructuralmente la misma perversión. Un yo me lo guiso, yo me lo como, porque cualquier premio es así una coartada y sólo beneficia a quien lo da año tras año. El largo y el largísimo plazo mandan. Los proyectos generacionales ponderan por goteo cualquier marca bien se llame nación o empresa y de ese modo, en consecuencia, con a menudo merecidas coronaciones de prestigio, todos los felizmente premiados del mundo entregan sus valiosas reglas de medir verticales.

Evidentemente, sin desmentirme, más idiota es rechazar según qué premios. Este texto pretende un análisis con el que tomar cierta distancia. No, de ningún modo, ninguna supremacía moral.

También decimos que un premio es reconocimiento. Re-Conocer, aunque nadie conozca a nadie en profundidad y como individuos seamos pluralidad en constante cambio. La multiplicidad la explica la física quántica pero cerriles sobreentendemos que un premio reconoce al autor, al artista, al poeta, insisto, pese al “Yo es el otro” del verso de Rimbaud, pese a que Pessoa religara que somos todos otros y cualquier otredad a la vez.

Si lo ajusto sin retórica sólo conozco y reconozco una y otra vez desde el olvido. Sólo me asombro de y desde la sencillez de las cosas que a menudo uso y me pasan desapercibidas. Esas cosas que prestándoles un poco de atención reconozco como se merecen. En lo frontal mis uñas, que salga agua del grifo o el mismo agua que bebo son un disparate. Así que, entonces, mezclándolo todo ¿Ese reconocer en silencio, esa psique y lo sagrado, es lo que un premio hace conmigo y con la pulpa de mi esfuerzo? No. Seguro. Y así ¿Qué reconoce un premio? ¿Qué incalculable cantidad de dinero de un premio nos re-conoce como autores? ¿Qué prestigioso reconocimiento es más realidad que la realidad?

A buenas, las mejores, un premio ha de celebrar el develar del poema. Lo que saluda desde lo develado. Lo que abre y es apertura. Para cualquiera en su intimidad, para esa comunidad de seres y enseres agitados que todos llevamos dentro, un premio así y su dote debería ser un intenso sosiego. Lo Dionisiaco y sin euforias. Porque si no, si tal y como es en realidad -no me engaño- se trata de éxito y dinero, y ambos asuntos son la medida del prestigio; si es el dinero y el éxito los valores fundamentales de la mayoría de los premios para muchos, entonces es mejor no dar rodeos ni andar anhelando profundas donaciones donde no las dan. Mejor no enmascarar las cosas, digo, y si por ejemplo quiere usted dinero vaya a por dinero. No maree.

De hecho, torciendo aún más lo pueril de un premio, a menudo trabajar para una gran marca, para ciertas multinacionales monstruosas, supone lo mismo: Condecoraciones en el mismo desorden desvirtuando la gestión espiritual que al dibujar nace y muere en el mismo dibujar. Éxitos que niegan el está-ocurriendo en favor del logro, en favor de ciertas metas de destino inducidas. Horizontes abstractos que sustituyen lo que tienes justo delante a cambio del efecto, del efecto, del efecto, en un proyecto de prestigio económico o social que no cristaliza nunca, o que de ocurrir, es inhabitable.

Del mismo modo, al ¿Una cantidad ingente de lectores o sólo de seguidores es aval y acreditador?, propongo un ¿Desde cuando la meditación y sus consecuencias necesitó del criterio de cantidad como garantía?

Buscamos permanentemente el amparo definitivo, el abrazo redentor del prójimo contra todas nuestras tribulaciones, y del mismo modo que los prestigiosos premios acaudalados son el trasunto de aquel afecto, el criterio de cantidad nos parece una condecoración. Pasamos por alto, además, que contra Lennon o Warhol dispararon sus propios seguidores.

El criterio para los menos es de calidad pero el deseo, el anhelo patético, patológico y simpático, salvando todas las insalvables distancias, consiste desde y para lo social en la fama heroica del Jesucristo que tenemos la mayoría de nosotros metido a sangre y fuego en la puta cabeza. Ojalá y el paroxismo ético del cristo milagrero fuese lo que entregara el premio Nóbel de la paz. Pero no. Más bien creo que de alguna extraña manera leemos el reconocimiento de un premio brutal como la canonización de quien lo recibe, y a la vez, de tapadillo, no sé si también como el posibilitador de una multitud devota para el premiado. Un premio es una proyección, un delirio de grandeza. Y ya que estoy exagerando me lo voy a inventar. Un imaginado premio de prestigio demencial teatraliza las ganas de repetir el modelo mesiánico; de ser el salvador y la propia salvación de los que sufren como cada uno mismo lo hace a veces. De ser ese premio para los demás por nuestros sacrificios y esfuerzos diarios; de ser el modelo ejemplar del más épico y emocionante “mantenerse es un grado” o “flotar es nadar”.

Un premio recibido es un valor delegado en la autoridad del otro, sea éste comunidad, empresa, estado o Dios. Casi nunca cimentado en la propia potestad de quien como autor, autoriza. Ojalá y para cualquier premiado su galardón no fuese respuesta sino pregunta.

Alianzas de prado podrido

Toqué en una banda hace años. Se llamaba Índigo. Por allí pasamos más o menos doce o quince musiquistas. No exagero. Todos salían por patas porque aquello fue una mala empresa, que no grupo, de principio a fin. La autoproclamada líder era licenciada en filosofía: Todos hemos pasado por las manos de uno o dos persuasores. Aquello fue la mierda y como el otro día después de casi 10 años volví a ver a aquella prescindible he recuperado en conmemoración y limpia justicia esta viñeta de una serie que también hace tiempo le propuse a El Jueves. Un laxante. No se me conoce a malas, las verdaderas, porque me doy miedo. Espero os guste.

Eres una chunga

¿Y bien?

Hace unas semanas y de nuevo antes de ayer le pregunté a diferentes colegas qué creían que sería la propia muerte. No es un tema muy popular para hablarlo con los más pero mi pregunta estaba bastante acotada: Bajo ojalá las mejores circunstancias ¿qué será el último segundo antes de morir? Y en concreto, tras quizá intuir el final ¿será un acoger lo último frontalmente, un abrirse y aceptarlo en paz, o será una entrega, una ofrenda y más exactamente un soltarse sereno de la propia vida?

Imagen-Esteban-Hernandez

Hay un algo que mira con la carne de mis ojos. Hay un sabor que es el sentido del gusto y no es lo dulce, amargo, picante, etcétera o sus contrarios, es la presencia del sentido sin el a-qué-sabe. No es semántico. El ser siendo y sin adjetivar. Ese extremo de la deconstrucción, esa experiencia consciente, cotejable y permanente, ese fondo desde el que centrifugamos todas y cada una de las cosas que nos ocupan en vida es de lo que a buenas, las mejores, quizá uno se suelta pacífico e iluminado cuando muere, o desde la otra opción de mi pregunta, tal vez aquello esencial, íntimo y reconciliador es lo que recibe, acepta y asume la muerte desde el sosiego.

La probabilidad del rápido accidente mortal, de una mala salud dolorosa y fulminante o de cualquier pico entrópico revienta mis dos preguntas. Ojalá y todas las muertes tuvieran una u otra expiración, un último aliento sosegado ya sea de entrega o de bienvenida. Nadie debería morir en medio de ninguna brutal agitación. Bastante adverso y mal peleado está el mundo como para no tener tiempo de despedirse cualquiera de sí mismo.

Para quien no esté distraído

No debería haber compañero que te maltrate a gusto bajo el pretexto del Yo soy así. No debería. Huye. No debería haber colega que deje morir sobrias intensidades. No debería haber personas quienes entre sí, a una pregunta capital bajo el peso de la inseguridad, se expliquen lo adverso del mundo. Un amigo es un amigo y los amigos, mucho amigos: Combo tautólogo que la Trotona no supo manejar en aquel discurso. Un colega es o debería ser una lámpara que ha medio iluminado su propio camino y lúcida te explica a las claras qué ha visto. Aristóteles escribió sobre la ética de la amistad y acabó planteando fundamentos de política básica. Soy el cadáver en el camino de otros y en mi camino hay otros tantos muertos y enterrados respetuosamente. La gente entra y sale de la vida de la gente.

Sartre es colega de alguna extraña manera pero nuestra amistad no alcanza a explicar qué es esta pantalla que miro mientras escribo. Ésta que espejea, que identifica. Ésta que me deja creer que cambio algo en ella tecleando ahora, para que mañana, cuando vaya a trabajar o a hacerme una papinocha me demuestre desde sus otros usos que soy otro.

Dejando a un lado las amistades, si cualquier cosa que diga sobre mi ordenador remite a lo siguiente o se debe a lo anterior, el ordenador en sí mismo ha de ser otra cosa; multiplicadas estas remisiones al infinito cualquier explicación se diluye entre explicaciones, pero el ordenador acontece delante de mi. Es. Quizá este ordenador con el que escribo, como herramienta, se hace ser desde mi escribir. Pero en favor de su propia cosidad y contra la espiral, el ordenador debe desocultarse. Ha de ocurrir tal cual, en una menor importancia de utilidad y remisión. Ha de ocurrir en su sentido. Debe coincidir con lo que es.

Sólo necesito abrir un ordenador o entender las variables de su funcionamiento para que nuestro pre-apocalíptico e inflexible triunfo de la razón y la técnica haga y deshaga. Pero la técnica no es el único aval. Pese a que ahora escribo y leo aquí, el ordenador es cosa desde lo frontal y ha de serlo sin embutirlo en un nuevo uso que nos haga sufrir de lo mismo, de otra utilidad. Es y se reúne con quien lo deja ser y con el mundo. Es en el hecho de mostrarse en su evidencia. No en su neologismo, no. En su ser. En lo que originó su descripción. En su origen. En eso que origina el sentido. Allí donde no hay distancia entre lo que miro y lo mirado, donde lo que oigo es el contacto mismo con lo oído. Justo ahí.

Negando la lógica de que mi ordenador sea el posibilitador para lo siguiente, negándole la dimensión de herramienta y sus usos, parece inútil.

Así, se trata de un escuchar a la cosa misma para que sea mundo, y nunca “en vez de”, nunca en lugar ni contra lo que sabemos de ella, no, más bien además de su uso. Además. Y ponerse a la escucha del teclado o el ratón. Haciendo por oír, literalmente, la cosa sin golpearla. Ese silencio. El tiempo mismo. La temporalidad. Presente. Presencia. Ser. Pero, insisto y sólo soy cartero de ello, no “ser de” o “ser para”, no. Ser en sí mismo. Sin traducción. Sin por qué.

Y ciertas prácticas, éstas, sin rédito, sin dividendo. Sin reproche. Sin uso social. Éste pensamiento es acción en sí mismo y no es comunidad, no es punk, no es ghetto underground ni burgués, ni son aquellos pocos con los que estás de acuerdo. Este pensar es actuar porque deja que las cosas se digan desde sí mismas en la intimidad serena de quien decide escucharlas.

Mi pequeño discurso en la boda de mi único hermano

Boda Santi y Laura

Hola.

Quisiera pedir disculpas por adelantado. Leeré con atención pero estoy un poco nervioso. Para mí esto es importante.

No hace más de tres meses acudí a otra boda en Benidorm.

Mientras escuchaba a quienes leyeron durante el evento no pensé en Baudelaire, en Sartre ni en Unamuno. No me nació. Poco después me descubrí proyectando lo que me esperaba hoy y arrastrado por el llanto de quien se explicaba para todos, desde mi silla, en la dimensión de, pongamos, la hermana de la inmediata esposa, me emocioné en un silencio respetuoso.

Creo que lo que disparó la emoción en mí fue que quien explica qué siente en estos contextos lo siente de nuevo multiplicado, llora y lo humano hace el resto. Pero yo no quiero hacer ninguna gestión emocional con este texto. Permitidme aterrizar qué está pasando y a la vez consentidme el poema.

Mi hermano y mi cuñada van a firmar un contrato. Sólo eso. Todo eso. Como si ambos comprarais una casa, en este caso, sobresaliente. Como cuando con la misma suerte con la que os habéis encontrado, alguien consigue el mejor trabajo de su vida. Un contrato. Como cuando en la negociación y reescritura de las cláusulas de cualquier documento de este tipo las partes pactan un beneficio particular en favor de lo que haya que hacer. Ambos conformes. Laura y Santi. Todas las hojas firmadas por los dos interesados. Un concejal que lo oficia, algunos testigos y ya está hecho.

Ésta es la fiesta, familia. Mucho ojo. Éste evento no es lo que celebraremos en un rato, no. Ésta es la celebración. Éste es el hecho.

Laura Castro y yo nos conocemos desde los catorce años y su historial es su aval. Seré breve. Para mí es estupendo tener más cerca todavía a alguien a quien ya conozco lo suficiente como para viajar a ciegas si tocara hacerlo o sorber sopas juntos.

Por otro lado, estoy leyendo en el día de vuestra boda, así que hace una semana estaba preparando qué decir. De hecho, si lo ajusto bien, si soy exacto, ahora es de noche y tecleo, tecleo y tecleo. Ahora, mientras leo, de alguna extraña manera también estoy en Valencia.

Todo esto para decirte a ti en particular, Santi, créeme, que aquí, allá y a cada ahora soy el único hermano de mi único hermano. Poca broma.

Insisto. A veces en Valencia trabajando, en mis mejores días, abstrayéndome un poco, vuelvo a darme cuenta de que existes y especialmente consciente entiendo de nuevo la dimensión que me corresponde. Que nos corresponde. Me gusta y lo celebro en paz.

Por último.

Ahora que os casáis me chequeo. No tanto porque yo quiera hacer lo mismo como porque vuestra boda me acerca la edad con la que nuestros padres se casaron. Y aunque ellos fuesen entonces más jóvenes o un poco más mayores no cambia nada. Lo que quiero decir es que vuestra boda traduce mi edad y me hace habitar el mundo de otra manera. Más cabal, más enfocado. Mas cerca de lo que me importa.

Es un verdadero regalo.

Os casáis y me hacéis mucho más feliz.

Manifiesto

Gente igual a problemas. Nos arrolla lo adverso porque no sabemos estar en una habitación haciendo nada. Lo demás son guerras. Conflictos. Pequeños, psicológicos, genocidas o etcétera. Tocando la batería encontré los propios en La Mancha, de donde soy. Encontré a demasiada gente híbrida entre lo peor del Quijote y de Sancho. Seguí buscando con quién tocar en Valencia y lo mismo. Así hasta, en rigor, el 29 de Enero de 2016 . El resumen sintético es un no haber cantado nunca ni tocado jamás una guitarra, más una de segunda mano, Youtube, quintas, octavas, Garage Band, mi batería eléctrica y un abrir la caja de los truenos de par en par.

Ahora que para el trabajo alimenticio, para dibujar mis cómics, para la lectura seria y para practicar lo musical me he puesto militar, hago y deshago sin calcular el dividendo. Los dineros. Gasto menos que un mechero desde el principio y el sobaco hasta en los días malos me huele fenomenal, me hace reír a gusto. Ocurre, ademas, que la música que hago es mala como una patada y dándola a oir con toda mi vergüenza y desconfianza me dicen, ay, que me equivoco un poco. Que se nota que lo paso de puta madre. Que es personal. Suma y sigue. Hago tebeos que no vendo lo suficiente como para relajarme, mis guiones son casi un predicar en el desierto, de mi gráfica tres cuartos de lo mismo y de nuevo, lo particular, mientras que por todos lados, todos, a la vez, la redención del ego, del yo, del individuo, del carisma, del sé tú mismo y del enseña al mundo qué es eso que sólo tú sabes hacer.

Cuanto menos me importa eso que hago, sea lo que sea, cuanto durante más tiempo es un juego sin, ojo, dejar el debo, quiero y puedo hacerlo, cuanto durante más años me dura la disciplina del descojonarme y relamerme de lo propio más cerca estoy de que ocurra lo siguiente. Yo y mis paradojas otra vez, sí, pero así conviven los proyectos con el hecho, con las prácticas inocentes. Para mí a partir de lo musical, lo que venga, si ha de ocurrir, sólo es paisaje. Nunca otra vez destino abstracto.

Lo no esquivado.

Vive un exfuncionario ególatra de suculenta paguilla por esquizofrénico en Ciudad Real con la prescindible afición de escribir y el hábito de regalar sus libros autoeditados por la calle a quien sea. Ya hace años, a éste altivo escritor comarcal esquivado lo echaban por acosador de las librerías en las que mendigaba lectores cuando, entonces, intentaba colar sus títulos indiscriminadamente a un precio pactado con los misericordiosos libreros.

En estos días de navidad mi chica y yo nos lo hemos cruzado y me ha reconocido, pero como le iba cantando a lo tontón, en falsete y por lo bajo a mi pareja una letra que ella y yo tenemos en común, el autoproclamado escritor ha debido considerar que estaba ligando así con una desconocida y se ha reído de mí en mi cara al pasarnos. No encuentro otra explicación.

Si bien, he sido rápido sorbiendo mocos con él casi de espaldas, alejándose, y escupiendo en su dirección todo lo que dan de sí los pulmones he medio zanjado el asunto gritándole además un muy pueril «Hasta luego. Para ti mis huevos».

Qué gratuito todo, ¿verdad?

Feliz año.

Lo inútil

Antes de ayer empalmé. No por nada malo. A veces lo hago. Me quedo currando y cuando amanece sigo. Todo bien. Echo siesta y me acuesto realmente temprano a la noche. Ocho horas de sueño y de nuevo, hoy al alba, no hace más de una hora ya estaba en danza. Lechuza. Lo normal.

La casa estaba helada y desde la cama he querido levantarme a leer, después a maquetar el último Mister y entre tanto me he acordado de que a un conocido del tebeo lo han seleccionado para los próximos premios Angouleme. Me he vuelto a alegrar por él y algo en mí ha dicho: “Si le pasa a él puede pasarte a ti”. Entonces, hechizado, convencido, medio entusiasmado, por fin he hecho café y me he sentado frente al ordenador.

Mal.

Mi gestión haciendo tebeos es espiritual. El poema. No es de ningún otro tipo. Dibujo cómics como quien hace mandalas. El presupuesto de hacer tebeos es hacerlos. Si lo pierdo de vista me mustio.

Son las siete. Buenos días.
Vinyetas texto