Esteban Hernández

TEXTOS

Sobre Hernán Esteve

Hace muchos años un factótum del tebeo nacional me mandó a por café. Hace muchas semanas, demasiadas, me senté a no hacer nada mirando la pared. Hace unos días acabé todo el dibujo de mi nuevo tebeo largo. Ciento veintisiete páginas. Autobiográfico.

En Hernán Esteve cuento una historia de persuasión. Un sufrirle la moneda de cambio de la amistad y la ayuda desinteresada a un homosexual reprimido. Ocurre que dándola a leer a pocos pero buenos amigos y familiares me he encontrado (o el libro ha encontrado por sí mismo y me ha explicado) que hay una estructura machista que se salta géneros y está monstruosamente normalizada. Muchos sabéis que feminismo es paridad, no lo femenino. Yo en su calado tengo advertido que hay mujeres y hombres en las comunidades homosexual y lésbica que son desproporcionadamente machistas. Lo son a falta de un neologismo.

Es muy común que alrededor de algunos enfermos de cáncer broten parásitos que buscan su beneficio. Dinero. No pienses cinematográficamente. Hablo de primos, hijos, hermanos y muy verdaderos amigos. Del mismo modo muchas personas confían en los suyos y acaban en el centro de una tela de araña. Esa es la estructura que, en el marco de lo sexual para mí y contra mí ha sido nudo y resaca durante muchos años. Habrá a quien le parezca una tontería o peor aún, algo tácito y sustancial de lo humano. Como si tejer estructuras egotistas, estériles, sofisticadas y sibilinas porque sí nos fuese propio.

Mi nuevo tebeo largo es una crónica y una reflexión sobre la identidad. En el guión no explicité algunas experiencias infantiles porque aún me tambalean. Terminaré dibujandolas en algún Usted. También mentí sobre la mejor actitud de algunos amigos históricos para poder enfocar otros asuntos; y hay romances que en el tebeo se intuyen conquistas heterosexuales: Historias del haber podido follar y decidir no hacerlo por logística, sentido común o descuido. Comedias que me reservo.

En la intrahistoria del tebeo, durante los años de infancia provinciana, otros tantos de adolescencia drogada, muchos más de recuperación psiquiátrica sin líbido, dos o tres de ciega ayuda a mi persuasor, más hoy trece extra en mi todavía satisfactoria relación de pareja, ha permanecido un deseo soterrado como un acufeno; procrastinado, permanente y aún más profundo que cualquier tribulación sexual. El deseo perenne de llenar de agua un cubo agujereado; el de un Buñuel muy viejo confesando que se le habían pasado las ganas de follar y por fin podía atender a lo demás. Un generalizado, en definitiva, no follar mucho, sino con muchas.

Y ocurre que amo del todo a mi chica. Que no la quiero como quien eligió algo que quiso y todavía lo posee. La quiero tal y como me asombra cualquier árbol cuando lo miro como se merece. Como a la extrema sencillez del agua. Como a la propia salud.

Hernán Esteve lo publicará Libros de Autoengaño.

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Crónica por testigo

Hace un año murió un amigo. Se lo llevó un cáncer.

Recuerdo bien que recién llegado al tanatorio le di el pésame a uno de sus hermanos. En respuesta, además de darme las gracias, abrió y me enseño el pañuelo con el que recién se había sonado la nariz. El clínex, detrás de los mocos, tenía billetes de 100 euros estampados. Él bromeaba desde lo que parecía más descuido que cuajo. Su hermana mayor, muy colega mía, de las históricas, a quien acompañé con gusto, se desmoronaba en su duelo. Ya arrastraba muy mala racha. Yo, sin maldad, entrando inocentemente en la broma tan gratuita y sinsentido que aquel hermano proponía mientras mi colega se encaraba al ataúd cerrado, le pregunté si compró los pañuelos de segunda mano. Sólo conseguí desconcertarlo.

Al día siguiente en la iglesia, cuando al final de la despedida de mi amigo fallecido una de sus primas subió espontánea y emocionada a expresar algunas últimas palabras, como el programa del evento había terminado con una canción en acústico, alguien dijo desde la primera fila, desde donde se encontraba aquel hermano, un secundado, nítido y desafortunadísimo “¡Venga, canta tú también!”

Como pie de página de este texto sirva que hace casi una década un tipo lisonjero se me acercó en la calle para robarme. Decía que no le llegaba para gasolina. Razoné, me dieron igual sus milongas y decidí darle algo. Cuando miró en mi monedero que de las tres monedas que tenía le daba sólo una quiso más y le pregunté si me estaba robando. ¿Tú crees que si te estuviera robando te pediría dinero en vez de quitarte el móvil y todo lo que llevas encima?, razonó a su vez. Como me pides lo que pueda darte -contesté sereno-, te lo doy y me pides más, lo parece. El tipo se marchó conforme con mi moneda y amistosamente me agradeció las virtudes subrayando que no era normal tratar con naturalidad a quien pide en la calle.

Yo a mi amigo fallecido no lo traté lo suficiente y ahora que es tarde lo lamento. Recuerdo que cada vez que coincidíamos en la calle o en algún bar nos cansábamos más de estar en pié que de hablarnos. Esa vaina. En rigor su hermana fue mi verdadera amiga antes de conocerlo a él; antes incluso de que yo empezara a dibujar cualquier cosa. Esa es la cota. Así que desde que ella empezó aquella mala racha decidí ponerle el foco encima. Más aún antes, durante y después del duelo por su hermano.

En la iglesia, al terminar el evento, me nació darle el pésame a todos los familiares que reconocí. Seguro calculáis bien la potencia de, no sé, unas treinta o cuarenta personas llorando intensamente a la vez. Además, durante lo que leyó su único sobrino, su chica y aquella prima a petición del difunto, podía oírse la congoja de toda aquella comunión sollozando y sorbiendo mocos desde el sincero respeto.

En este contexto llegué a la primera fila de la iglesia y encontré al padre de mi colega templado y sonriendo, sobrio de emoción, gestionando aquello casi quirúrgico, hasta distendido, y cuando quedé frente a él con mi abrigo puesto como tantos otros, me preguntó desconcertante, firme y a los ojos si me iba ya. Allí, desde mi profundo sentimiento, pasé por alto y con sinceridad mi asombro y le contesté con la misma inocencia que a su otro hijo en el tanatorio o, salvando todas las insalvables distancias, con la misma transparencia que a aquel que me pedía dinero mintiendo: No, vengo a darte el pésame. Lo recibió e hizo referencia a unas pocas palabras de uno de los textos leídos para todos y redactado por el finado desde el hospital, en donde me mencionaba. Menudas palabritas te ha dedicado tu amiguito, ¿eh?, dijo aquel padre, y sin salirme de la condolencia que se merecía aquella cada vez más extraña persona verbalicé un agradecido y meridiano “algunas”.

Que te den una copia, continuó él.

No hace falta, me acuerdo bien. Lo llevo dentro.

Aquí, ¿verdad?. Dijo señalándose la cabeza.

No, aquí. Contesté tocándome el centro del pecho.

Él sonrió como un comercial, algo así, no quiero exagerar, y zanjó el tema con un muy bien. Le contesté con la mejor sonrisa que pude, pero estaba tan asombrado que cuando le devolví el gesto me nació una mueca. Él debió ver allí su reflejo porque inmediatamente, siendo más rápido en atender al siguiente afectado que yo en retirar mi propia mano de su hombro, noté sin mirar cómo otras dos manos a la vez, no sé de quien, cogían con firmeza el reverso de la mía y la apartaban de allí. Supongo que los familiares que vieron y escucharon qué ocurrió encajaron a su manera aquello mientras estuve meditando en un banco al final de la iglesia qué había pasado.

Muy cerca, en un café amplio, la familia quiso tomarse una cerveza (!) entre los que quedábamos. Mientras entraban todos y se acomodaban pude encontrar entre dos coches dónde encajar solo y emocionado las palabras que mi amigo fallecido, el hermano de mi incondicional y primera amiga, dejó escritas para mí desde la cama del hospital.

Lo dejé salir un poco, lo suficiente, y cuando me repuse retomé dónde tenía puesta la atención. Qué era lo que hacía yo allí. A qué presa de contención estaba yo represando. Cuando por fin entré al café algunos familiares testigos de lo que hablé con aquel padre me miraban hostiles, así que me senté solo al final de la barra, pedí un botellín de agua y enfoqué de nuevo que siempre ha sido mucho más razonable cerrar puertas que andar abriéndolas. Que bastante complicado es el mundo como para complicarlo todavía más. Que si uno no suma ni deja las cosas estar, es bueno no andar restando.

Además recordé aquello tan valenciano de “Los dineros y los cojones para las ocasiones” y con naturalidad me acerqué al núcleo duro de la familia que advertí más o menos unido. Le pedí a aquel hombre, al padre de mi amiga, si podíamos hablar a solas unos minutos. Él se levantó de la silla servicial, salió del centro de atención de los suyos y me acompañó sonriente al pequeño recibidor de aquel café.

Tan nervioso como la emoción por mi amigo fallecido lo merecía y tan firme como lo exigía mi profundo compromiso con su angustiada hermana, le dije a aquel padre que me había equivocado en la iglesia. Fui exacto explicándole que aunque habíamos coincidido en muchísimas ocasiones jamás habíamos tenido la oportunidad de hablarnos despacio; que en consecuencia, por extraño que pareciese, siempre fuimos unos desconocidos. Sorprendido de entrada me negó el asunto, pero en seguida calculamos juntos nuestro historial y nos pusimos de acuerdo.

Reconociéndonos tan ajenos continué explicándole que si había algo que le hubiera parecido desproporcionado cuando le di el pésame en la iglesia ojalá supiese disculparme y tuviera en cuenta que, como todos inevitablemente tan a menudo, le insistí, me equivoco y me equivocaré. Que si su fortaleza no era indiferencia mi confusión sólo podía tener lugar en aquel gran no conocernos. Además, tocando su brazo, le pedí que si más adelante, recopilando, encontraba algo adverso en lo que hice o en lo que dije en la iglesia, me hacía cargo de mis errores y aceptaba lo que él decidiera hacer o deshacer en consecuencia. Me puse tan Dostoievski que hasta me hice cargo de lo dicho y hecho si en alguna otra ocasión había descarrilado en su contra.

Seguido de que él sin reciprocidad le restase importancia a lo que pasó en mi pésame, habló de que su hija necesitaba ayuda profesional. Yo, buscando los huecos para hablar mientras aquel padre razonaba asertivo, sólo casi interrumpiéndolo pude medio exponer que había conocido casos parecidos, los suficientes, de mucho desorden prosaico y que mientras se coma en orden y se duerma proporcionadamente al menos no se empeora. Que una vida ordenada prepara y cimenta cualquier ayuda profesional. Que sólo ese era mi empeño con su hija. Por fin le pedí un abrazo en despedida, me lo dio y ya en paz, de vuelta a mi botellín de agua tardé muy poco en irme a casa. Fue precisamente mi colega quien me pidió que hiciéramos juntos el camino de vuelta al centro.

Al día siguiente por la mañana, mientras hablaba con mi hermano de todo este asunto en casa de nuestros padres aquel hombre llamó al fijo. Mi hermano lo pudo atender y pese a que le insistía en que yo estaba muy bien, aquel aseguraba haberme visto errático y tembloroso. Por último -y por primera vez en dieciocho años- quiso saber si yo estaba tomando mi medicación. Medicación, enfermedad crónica y asintomática, anónimo y apreciado lector de mis fanzines y novelas gráficas, de la que usted sabe más y no explicaré de nuevo ni tan a fondo como ya lo hice dibujando Suéter (Planeta de Agostini, 2009).

Yo quedé preocupado por mi colega, por no saber dónde caería mi apoyo en adelante si a su alrededor tenía yo tan mal cartel, pero claro, pensé entonces y aún me dura que cualquier cosa que se diga en contra o a favor de cualquier persona es refutada por las evidencias de cómo se conduce cada cual por el mundo.

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Ocio hostelero (IV)

Tengo cotejado que dibujar tebeos es rezar y tocar en una banda predicar. Me encuentro con quien sabe de qué va la diferencia medio explicándolo en un bar y también a un representante del mínimo común denominador punk, borracho, mandando al primero, literalmente y con los tuyos, los que rezan así, a «chuparos las pollas». Si no fuera tan hostil sería ridículo.

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Brevería (de, en y desde red social) + Ocio hostelero (III)

Despierto en estos días solitarios, de Rodríguez, buscando asideros: algún humano al teléfono que haga de testigo de que sigo siendo persona, y aunque pronto, reflexivo y feliz recurro a mis verdaderos abrevaderos de paz, desde las 14:00 hrs que amanecí -ayer dibujé hasta las 7:00 am, querido inquisidor- no he hecho el obligatorio y pequeñísimo esfuerzo de sumergirme en algún quehacer. De solo empezarlo. En alguno laboral, fecundo o contemplativo, digo. O en el que sea. Ahora son las 17:00 hrs y a lo largo de mis perezas me puse hasta dos trajes de buzo con sus respectivas equipaciones pero, amijo voyeur, no ejecuto la tonta voluntad de los primeros cinco minutos bajo el agua. ¡Es ridículo! ¡Mírame aquí escribiendo! ¡Suma y sigue!

Es pronto, de noche después de cenar. Vuelvo a casa tranquilo con mi chica y un colega del barrio. Pasamos delante de un pub y sólo hay dos tipos en la puerta. Uno de ellos, con nosotros de espaldas, con su móvil, nos vacila al aire; me giro, no hago mucho caso y cuando estamos a unos metros reacciono sorbiendo mocos y escupiendo a un lado; él hace lo mismo y yo repito mi firma haciendo ruido, que él exagera todavía más en su turno; pasan muy pocos segundos, caminando me vuelvo a girar y él está de espaldas con los calzoncillos por las rodillas; grito un ¿qué te pasa, subnormal?, un me cago en tu puta madre, culogordo, y un payaso; el tipo se sube los pantalones balbuceando a su amigo. No todo van a ser derrotas.

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Objetos junto a objetos

Ojalá escribir por necesidad poniéndome en orden como un Bukowski cualquiera. Ojalá cerrar así las puertas que tan mal abro a causa de, precisamente, la urgencia de otras necesidades. Pero no. No se combate el fuego con fuego, amijos.

Hay una paciencia que no pongo en marcha tan a menudo como me gustaría; en la que me estoy educando. Y tengo, además, un carácter espontáneo que no aguanta ni una pedrada. Caballo ganador.

También estoy leyendo a Thomas Merton, un místico cristiano. Hace más de un año leí el Tao, los Brahma Sutras, y de las ramas metafísicas de las grandes religiones me quedan los poemas Sufies.

Pasando por alto algunas particularidades de cada gran mística hay entre ellas en común una negación, precisamente, de la metafísica; de lo que está más allá de lo físico. Así, las mismas cosas del mundo y sus evidencias advertidas han suscitado lo espiritual. La mística ocurre en la sencillez de las cosas siendo.

Somos islas de sentido. La cúpula esférica en constante cambio que nos rodea a cada ahora es orillada desde fuera por una nada permanente. Ocurre un gran no saber neto detrás de lo sensitivo. Un incognoscible incomunicable. O dicho de otra forma, citándome, “una herida no es el interior de la carne, es otra superficie”.

En extremo, en el paroxismo, no vemos lo que tenemos delante, vemos el aire que nos separa de las cosas. Y en la otra dirección nuestro mirar sucede a través de nuestros ojos, no en ellos. Del mismo modo, mi cerebro no es mi mirar; son asuntos radicalmente diferentes. Hay, en consecuencia, una profunda experiencia en el abstracto que mira con mi carne.

Durante esta pupila pestañeando, mirando así, dilatándose, es común que en iluminaciones budistas, cristianas e hindús la temperatura del cuerpo aumente. Es habitual entre místicos. Merton explica en sus diarios que los santos, los primeros apóstoles en particular, fueron abrasados. Roberto Bolaño, a su vez, aseguraba que lo iniciático quema.

Ocurre que el otro día, en casa, en un ejercicio de meditación mirando sólo lo que tenía delante, cercando estas experiencias sin traicionarme con recuerdos e imaginaciones; vaciado pero atento a la evidencia pasiva de lo inmediato, sin interpretar con neologismos, sin traducir ni intervenir, sólo encontré indiferencia. Sólo eso. Una indiferencia aburrida y pacífica. Una especie de ausencia.

Así, sentado en la habitación donde trabajo, en mi contemplación, mi entorno fue extraño porque todo dejó de ser útil. Mis útiles para hacer y deshacer las cosas que tengo pendientes dejaron de tener la autonomía de imantada urgencia para mí y contra mi quietud. A continuación, recordé de este pasado agosto la experiencia de un prolongado mirar de noche al cielo en casa de mis padres, de modo que, al hilo de aquello, quieto, configuré lo que hay en mi habitación y en el mundo como objetos junto a objetos. Sin juicio, sin obligación moral, sin compromiso ético.

Después, consciente de que mi fisicidad también es objetual, sólo mi mirada daba cuenta presencial del entorno, de toda aquella indiferencia. Y por poco, la verdad. Fui testigo sin demasiado peso y desde luego, sin mí. No fui Esteban porque durante aquella estival media hora pasada en casa de mi familia, también solo y en silencio, el espejo de mi mirada sin adjetivar fue el cielo de detrás del cielo, o después, sentado en mi estudio doméstico, las cosas en su desnudez.

Hubo aquella noche un breve aburrimiento. Un advertir la indiferencia de aquel cielo estrellado sin mapas lunares, sin traductor de estrellas, que no fue epifánico, catártico ni iluminador. E inmediatamente conocí que todo cabía en aquella indiferencia. Que echamos allí cualquier cosa y jamás rebosa. En aquella ausencia, en aquel silencio, en aquella paz.

En casa el espacio lo descubrí recargado, y desde la autonomía objetual de cada cachivache que siempre me (nos) rodea, decidí que las cosas en el mundo, todas ellas, inertes o vivas, se tocan mediante técnicas; mediante ciertas tecnologías más o menos sofisticadas. Recuerden que aunque primitiva, la tecnología de un tornillo es ingeniería. Ingenio técnico. Como un ordenador. Al igual que el encuadernado básico de un fanzine. Sospeché, y aún me dura, que el lenguaje, cualquier idioma, es otra ingeniería sofisticada; otra técnica de contacto entre objetos como, de puro cientificar el proceso digestivo enmascarando el incognoscible, comer, digerir y defecar.

Entonces, autoexiliado de mi propia contemplación, decidí que cuanto más desocultable fuese la técnica y más se pudiera reconstruir; cuanto más se pudieran acercar (o aceptar) las distancias técnicas y facilitar así el inevitable salto con el que los objetos se han de tocar y ser lo mismo, más y mejor ocurriría esta indiferencia salvífica.

Mal.

El contacto sencillo y profundo no es tecnológico. Consiste, por ejemplo, en atender al encadenado de olores encontrados, buenos y malos, mientras caminamos cualquier calle; en pormenorizar el lugar exacto del cuerpo donde ocurre el tacto; en el matiz del a qué saben mis tripas en contacto con mi lengua; en el atender a la musicalidad de un ruido o de algún hablar; en el demorar la mirada en cualquier parte.

Y así, rudimento. Para esta indiferencia, paz; para estas paces, paciencia; y para cualquier paciencia, pacer.

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Ya pasó

Pacificado, paciente y pacible ando en unas entendederas especialmente silenciosas. Casi todo me parece bien. Estoy leyendo a Huxley sobre espiritualidad, Dios y santidad, y sobrio de vidas ejemplares y literaturas tengo la experiencia de que lo sagrado, el sosiego, de ocurrir, lo hace en soledad. No me extraña nada que los monasterios sean de clausura y considero normal que muchas iluminaciones ocurran de peyote, sobre todo, en cualquier desierto. Es común que en la soledad de la lectura en calma ocurra la verdad del poema. Una soledad, ojo, que no es némesis de lo social, o del mismo modo, cierto silencio que no depende de la ausencia de sonido. Se puede estar solo y sentirse uno con todo en cualquier otredad, o del otro lado, se puede pasear por el centro de una ciudad en hora punta y sufrir un desamparo desolador.

En este texto, para aquellos de vosotros que creéis que no me estoy boicoteando la carrera profesional con la música que cometo, quiero plantear la breve cartografía del laberinto que entreveo. Seré prosaico y confesional.

«La música que hago no vale nada» voceo en una de mis canciones. Cuando muestro qué hago y gente con criterio me habla de Pere Ubu, Butthole Surfers o me dice que lo que toco y grito crispado es personal animándome a seguir, replico con el mejor humor conciliador del que soy capaz que lo que compongo es muy malo. Una mierda, propongo exagerando. Que el marco que le corresponde a mis truenos es la inexactitud y la incorrección. Lo locochón. Entonces, sobre esa base desenmascarada, sólo así, quiero saber si chuta o no. Si en lo que hago hay algo.

Selecciono bien a quién le doy a escuchar mis cosas y cuando después he propuesto en persona aquel marco para encajar felizmente lo que venga, algunas veces sobrio entre ebrios y otras, las que menos, medio borracho a puerta cerrada los sábados de ocio hostelero con todo cristo hasta las cencerretas, no he sabido expresarme y he terminado empalmando espirales. Aún me pasa poco, diréis con razón. Pero mis constantes disgustos de puzzle social han destilado qué explica aquel contexto que siempre intento establecer cuando pregunto por mi música.

Primero y fundamental. Se viene, o no, del punk.

En casa, cuando me siento a escuchar algo selecciono una sola cara de un disco y no cruzo quehaceres. Intento atender reconcentrado y generalmente elijo a Shostakóvich, Brahms, Bach o etc. Elijo música seria, que la llaman, y no tengo puta idea. Confundo compositores alegremente. En principio, el punk no es serio ni lo pretende, de manera que estos ejercicios, estas meditaciones, no las acompaño con punk. Ocurre que hay a lo largo del siglo XX música dodecafónica o microtonal que ha sido tan necesaria, tan de reventar sistemas y tan oportuna como los Pistols en el CBGB. Por otro lado supongo que la música clásica de los últimos, pongamos, cuarenta años, además de necesitar con urgencia un neologismo no ha sido un pintar paisajes con técnicas anacrónicas. No es temple al huevo y jardines victorianos. No es lo Amish. Sin embargo, cuando expliqué a los dos únicos cellistas que conozco, profesionales y casualmente heterodoxos, el marco que le correspondía a mi malamúsica tampoco sentí haber dejado claro nada.

Sucede que con mis tebeos y los halagos prefiero dialogar qué suscitó mi trabajo en vez de recibir laureles. Lo primero es la virtud que agradezco. De lo último intento escapar cuando sinceramente explico que a mis tebeos no les hago falta o que mi música no va a ninguna parte. Un preventivo bajarse de todas las burras contra las consecuencias del intermitente aplauso que engorda carismas.

Hace años, cuando busqué el dialogo cabal entre los dibujantes que más ciegamente he respetado, regalando copias de mis fanzines, hubo quien en respuesta me mando a por café.

En lo musical, suspicaz de mí y como el perro de Pávlov, temo al mismo sabor acre. No es cosa mía ni de este texto. Son endemias humanas porque, seguro, cada cualquiera traga con lo mismo intermitentemente. El más tonto y el más pintado. Cambiando el cómo y el con quién, reflota la estructura del qué.

Dos extremos tiran de mí. El firme proyecto de sustituir el ego en favor del contenido, y del otro lado, con la misma urgencia, la necesidad de comunidad y aceptación. De religión. De religar las entendederas de las que sólo soy cartero y considero de gran ayuda.

Entre centrifugar o centripetar, prefiero al monje que al predicador y entre tanto, lo siento fundamental, pregunto entre músicos profesionales. Salvando todas las insalvables distancias, en mi entorno no encontré a ningún Frank Zappa ni a ningún David Byrne por ahora. Quizá ese sea el desastre. Ser anormal, que no subnormal, y no tener con quien rezar.

Ya pasó. La música que hago no es una mierda.

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Un premio es un aval

Premio en tanto que premio. Cada caso individual, cada premiado, no me interesa.

El premio nacional y los de su misma cuerda avalan a sus ganadores. Son prestigio e historial en negrita para los galardonados. Son publicidad en su sentido etimológico: son asuntos públicos, comunidad, y aunque supongo que cada caso es más o menos importante según el listado de sus condecorados, propongo aquí suspicaz: ¿No será al revés y el autor o la obra premiada avalan al premio o a quien lo funda?

Vaya por delante que no tengo ninguna gana de polémica.

Sospecho que el premio nacional de cómic es un hongo sin raíz: No es más cómic que premio ni más premio que nacional. El objetivo de cualquier reconocimiento, especialmente los importantes, es perpetuar la credibilidad autoproclamada de quien los otorga, porque en éstas ¿Quién es ese de quien esperas qué? ¿A qué autoridad autorizamos? ¿A qué pretendido padre le consentimos la recompensa? Intento no retorcer la respuesta y me quedo sin ella.

Bromeando con un amigo al teléfono conjeturamos establecer los premios Fanzine Usted, o no sé, que la frutería de tu calle diera premios entre sus clientes. Escalado es exactamente lo mismo. La caradura del dueño de la frutería y que por ejemplo Bankia se ponga el disfraz de fundación altruista es estructuralmente la misma perversión. Un yo me lo guiso, yo me lo como, porque cualquier premio es así una coartada y sólo beneficia a quien lo da año tras año. El largo y el largísimo plazo mandan. Los proyectos generacionales ponderan por goteo cualquier marca bien se llame nación o empresa y de ese modo, en consecuencia, con a menudo merecidas coronaciones de prestigio, todos los felizmente premiados del mundo entregan sus valiosas reglas de medir verticales.

Evidentemente, sin desmentirme, más idiota es rechazar según qué premios. Este texto pretende un análisis con el que tomar cierta distancia. No, de ningún modo, ninguna supremacía moral.

También decimos que un premio es reconocimiento. Re-Conocer, aunque nadie conozca a nadie en profundidad y como individuos seamos pluralidad en constante cambio. La multiplicidad la explica la física quántica pero cerriles sobreentendemos que un premio reconoce al autor, al artista, al poeta, insisto, pese al “Yo es el otro” del verso de Rimbaud, pese a que Pessoa religara que somos todos otros y cualquier otredad a la vez.

Si lo ajusto sin retórica sólo conozco y reconozco una y otra vez desde el olvido. Sólo me asombro de y desde la sencillez de las cosas que a menudo uso y me pasan desapercibidas. Esas cosas que prestándoles un poco de atención reconozco como se merecen. En lo frontal mis uñas, que salga agua del grifo o el mismo agua que bebo son un disparate. Así que, entonces, mezclándolo todo ¿Ese reconocer en silencio, esa psique y lo sagrado, es lo que un premio hace conmigo y con la pulpa de mi esfuerzo? No. Seguro. Y así ¿Qué reconoce un premio? ¿Qué incalculable cantidad de dinero de un premio nos re-conoce como autores? ¿Qué prestigioso reconocimiento es más realidad que la realidad?

A buenas, las mejores, un premio ha de celebrar el develar del poema. Lo que saluda desde lo develado. Lo que abre y es apertura. Para cualquiera en su intimidad, para esa comunidad de seres y enseres agitados que todos llevamos dentro, un premio así y su dote debería ser un intenso sosiego. Lo Dionisiaco y sin euforias. Porque si no, si tal y como es en realidad -no me engaño- se trata de éxito y dinero, y ambos asuntos son la medida del prestigio; si es el dinero y el éxito los valores fundamentales de la mayoría de los premios para muchos, entonces es mejor no dar rodeos ni andar anhelando profundas donaciones donde no las dan. Mejor no enmascarar las cosas, digo, y si por ejemplo quiere usted dinero vaya a por dinero. No maree.

De hecho, torciendo aún más lo pueril de un premio, a menudo trabajar para una gran marca, para ciertas multinacionales monstruosas, supone lo mismo: Condecoraciones en el mismo desorden desvirtuando la gestión espiritual que al dibujar nace y muere en el mismo dibujar. Éxitos que niegan el está-ocurriendo en favor del logro, en favor de ciertas metas de destino inducidas. Horizontes abstractos que sustituyen lo que tienes justo delante a cambio del efecto, del efecto, del efecto, en un proyecto de prestigio económico o social que no cristaliza nunca, o que de ocurrir, es inhabitable.

Del mismo modo, al ¿Una cantidad ingente de lectores o sólo de seguidores es aval y acreditador?, propongo un ¿Desde cuando la meditación y sus consecuencias necesitó del criterio de cantidad como garantía?

Buscamos permanentemente el amparo definitivo, el abrazo redentor del prójimo contra todas nuestras tribulaciones, y del mismo modo que los prestigiosos premios acaudalados son el trasunto de aquel afecto, el criterio de cantidad nos parece una condecoración. Pasamos por alto, además, que contra Lennon o Warhol dispararon sus propios seguidores.

El criterio para los menos es de calidad pero el deseo, el anhelo patético, patológico y simpático, salvando todas las insalvables distancias, consiste desde y para lo social en la fama heroica del Jesucristo que tenemos la mayoría de nosotros metido a sangre y fuego en la puta cabeza. Ojalá y el paroxismo ético del cristo milagrero fuese lo que entregara el premio Nóbel de la paz. Pero no. Más bien creo que de alguna extraña manera leemos el reconocimiento de un premio brutal como la canonización de quien lo recibe, y a la vez, de tapadillo, no sé si también como el posibilitador de una multitud devota para el premiado. Un premio es una proyección, un delirio de grandeza. Y ya que estoy exagerando me lo voy a inventar. Un imaginado premio de prestigio demencial teatraliza las ganas de repetir el modelo mesiánico; de ser el salvador y la propia salvación de los que sufren como cada uno mismo lo hace a veces. De ser ese premio para los demás por nuestros sacrificios y esfuerzos diarios; de ser el modelo ejemplar del más épico y emocionante “mantenerse es un grado” o “flotar es nadar”.

Un premio recibido es un valor delegado en la autoridad del otro, sea éste comunidad, empresa, estado o Dios. Casi nunca cimentado en la propia potestad de quien como autor, autoriza. Ojalá y para cualquier premiado su galardón no fuese respuesta sino pregunta.

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Alianzas de prado podrido

Toqué en una banda hace años. Se llamaba Índigo. Por allí pasamos más o menos doce o quince musiquistas. No exagero. Todos salían por patas porque aquello fue una mala empresa, que no grupo, de principio a fin. La autoproclamada líder era licenciada en filosofía: Todos hemos pasado por las manos de uno o dos persuasores. Aquello fue la mierda y como el otro día después de casi 10 años volví a ver a aquella prescindible he recuperado en conmemoración y limpia justicia esta viñeta de una serie que también hace tiempo le propuse a El Jueves. Un laxante. No se me conoce a malas, las verdaderas, porque me doy miedo. Espero os guste.

Eres una chunga

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