Esteban Hernández

TEXTOS

Renuncia y proporción

Releí Autarca. Mi último trabajo acabado y aún por editar. El libro, cuando lo compartí con muy pocos, hizo que de entre ellos un amigo me gritara en casa. No importan los detalles. Con el título compilé entre los míos una rosa de los vientos.

En lo que me suscita revisitar mi tebeo he reconocido fiel y sosegadamente por qué tras éste no habrá más de lo tan obsesivo compulsivo mío dibujando novelas gráficas. Lo anuncié hace años: El paroxismo de lo que pretendo contar en lo que dibujo, lo que señala el poema, pasa por que no importe andar dibujando. Hay un silencio que vale más que cualquier criterio y solo contemplando su timbre, en lo que acontece allá, catando esa quietud en el proyecto de ser imperturbabilidad, merece la pena dibujar o hacer cualquier otra cosa. A la contra, cualquier vanidad, enmascarada o no, es una ruidosa, hambrienta y sofisticada maltratadora.

Todavía me gusta hacer comics porque hay cosas que siento importantes y que inevitablemente no dije aún, o que, mejor y del mismo modo, no expliqué bien porque dentro no cabe dentro aunque me empeñe. Así, al igual que sólo dibujaré novelos gráficos cuando hacerlos reclame su sentido, no suicidaré lo demás.

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Ocio hostelero (VII)

Esta noche hemos cenado cuatro amigos. Dos parejas. Mi chica estaba y es especialmente guapa. Pagamos la cuenta de la fritanga antes de tomarme un cortado y como me apetecía, tenía medio sueño y lo verbalicé, mi muy compañera y yo arriamos a una cafetería de piñata destruida. Café allí que en el barrio es el mejor, además.

Pido mi cortado y sólo eso para los dos porque el plan es ni sentarse. En vista de que el dueño está a buenas, mucho, le pregunto confiando en el criterio de su negocio si en nuestro proyecto de comprar una máquina doméstica para hacer expreso hay algún extra que debamos tener en cuenta. Él, amable, rodando su oficio y paciente de más con la cerveza de nuestra cena así como con, por qué no, sus propios estupefacientes en sangre, nos explica que las máquinas de monodosis están listas para el mejor café y que la primera división de éstas pornografías está fundamentalmente en moler cada dosis que se va a consumir. Así, gloria. Todo bien. Pero de la barra sale un tipo con cara de niño y cuerpo exvigoréxico que encadenando parrafadas y mirando muy fuerte a los ojos celebra a mi chica, que no da crédito. El tipo tiene rasgos y anatomía de esclavo persa; de película bíblica, barata, de sobremesa. Un extra de teleserie flácida. Puro atrezzo. Actor de bocadillo que me llama chaval y a mi ella, nena y gatita. Gatita, amijos.

El tipo, mientras torea al dueño desde dentro de la barra le insiste a la galantería de folletín y a la verborragia, y cuando para acercarle un poco más la polla a mi siempre paciente pareja me pregunta cómo me llamo, le contesto que Chaval. Él, deprisa y adjetivando como en la jerga mal doblada de las películas de Tarantino, como el peor Nicolas Cage, en un juego de piernas zanguango habla de China y me llama hijoputa. Yo miro a mi chica y ella me mira a mí.

Previamente había pagado mi consumición, casi por adelantado, pero desmemoriado, un poco desbordado de circo y como cortafuegos preventivo pido otra vez que alguien, rey o lacayo, me cobre. El jefe me da otra cifra, diez céntimos menor que la primera y cuando caigo en mi olvido me niega que ya le pagué. Como no estoy ebrio pese a mi cervecear cenando, a su no recordar le hago la moviola de nuestras previas distensiones cordiales. El tipo reacciona, se disculpa dos veces, sigue lidiando con el prescindible de rizos largos engominados, y hablando especialmente bien de éste su palmero lo saca del saqueo cerril contra mi pareja. Nos despedimos, y despedidos de allí en estampida, en reconstruir el esperpento camino a casa, entre las risas y el descrédito, en preguntarnos y compilar qué le pasa al mundo, me callé que para pulirle las aristas al bufón le dije después mi nombre, y él entonces, y sobre todo para este texto, con quien me puso el café celebró en un abrazo el Nico con que se bautizó.

¿Qué me queda, Nicolás, pollo sin cabeza, sino por añadidura a esta crónica cagarme en tus muertos pisaos? O aún peor, infeliz, sobre todo para ti que seguro que de tan galán de medio pelo follarás con incautas a quienes primero desestabilizas: tu dinero llama a dinero. Nadarás en una piscina de monedas.

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A cada cadáver, lo fecundo

Sacrifica. Algunas prácticas quirúrgicas son con motosierra. ¿Qué estás negociando? ¿Qué es eso neto que quieres del otro, del amigo, del próximo? Y sobre todo ¿Con qué estas sustituyendo la soledad? Vivimos irremediablemente aislados en nuestras celdas más o menos urbanitas, así que demórate en la propia. La globalización es el sueño húmedo de los idiotas, persona. Mora despacio tu celda y como un gobernador ejecuta anatemas. Contémplala. Cata lo agrio y no sustituyas la emoción que te arrolle por lo que creas que será estar habitualmente solo. En la perspectiva de la renuncia social, en ese pánico, se han cometido los peores suicidios. Cualquier huerto se llena de malas hierbas porque la entropía también es entre humanos. Pero a cada cadáver, lo fecundo. No negocies y actualiza: aceptación o exclusión. Hay demasiada gente en el mundo como para llamar amigo a quien no ocurre amable.

Después en vacación, en la ausencia de toda acción acá social, en chequearse solitario, hay un preguntarle al cuerpo pensando con él y un conocer a los sentidos de punta. Donde los sentidos dan sentido y muchos sentimientos son a éste lo que un culturista a cultura o una esteticién a estética. En intimidad la mirada y la escucha contemplativa, el tacto tanteando, el oler respirando y el sabor sabiendo. Permanentes antenas a menudo entumecidas porque entre lo sentido y lo advertido, laberinto. Donde la mirada del otro hace de metrónomo panóptico y nihilizador.

La misma distancia insalvable aleja a la masa, a la gente, al público o bien al sujeto y sujetado social del prójimo, y tantas otras capas más al próximo de éste para que, de esa escalera, tanto así deconstruya y luego construya la carne de aquel, su carne, lo carne, que de cerca se queda en casquería mandando lo humano a la mierda. Objetos, porque somos flanes con pelo.

Mal e inevitablemente cualquiera sustituye al otro sea familia, enemigo o compañero por la idea que tiene de ellos. Cada otro, cada caso. Sustantivándolos, calificándolos, adverviándolos y después demandándoles contenido. Insisto. Todos, aunque hay grados, malvendiendo la propia soledad al proxeneta Don Incertidumbre y a su excelentísima tropelía.

Intenta habitarte, anfitrión. Desimanta a todos los tuyos de las ideas con las que los sustituyes. Lo he dicho del tebeo patrio. Lo que quede del naufragio de mi negarme entero valdrá algo.

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Prosema (I)

Tan esclavo del texto, tan mal dueño de mí mismo. Y una verborragia, mía, que no deja que el otro ocurra: un vaciar la despensa, un padecer la dispensa. Qué mal y qué mal. Porque cuánto amor paciente recibí y cuánto excurso incontrolado, como una náusea, a cambio. Me vacié. Quemé todas las naves. Todas ellas. Y sólo tengo ahora un fraseo que registra mi pena, éste, que es mal poema, pero atesoro.

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Gobierno y desnudez

No hace más de dos días, pensando con el cuerpo, arrollado, me angustié del hecho más que probable de terminar la vejez sin haber entendido nada.

Luego, pese a mi confianza testaruda -que en rigor es fe- en la experiencia por escrito de quien más capaz que yo, mucho, sintió y se preguntó lo mismo con más disciplina, decidí que aunque todos aquellos pormenorizaron lo frontal -y sólo lo particular explica el mundo-, el mundo entero escapó de todas las apuestas. Explicaciones pospuestas, más que apuestas, de su devenir. Armazones para toros pasados. Donde, seguro, que el mundo no tenga sentido y que no haya nada que entender es una propuesta tan lógica como paradójica.

El traje hecho a medida que pone, supone, propone y recoloca a las cosas mismas el canon de cualquier institución administrativa de sentido no cubre la carne que es, si no el mundo, lo tan desfondado que éste está en sus génesis y en sus ahoras. En el fondo, lo desfondado. Y, seguro, sólo dejando que lo imposible participe, suceda, sólo encajándolo como el crochet acaparador que golpea y además estruja, uno en vez de dar manotazos de ahogado, se sabe ahogo. Y es mucho ahí. Y pese a que a menudo es inhabitable, mejor eso que intentar desesperadamente agarrar espejismos o peor aún, a algún prójimo al que hundir con nuestros pánicos hablándonos de amor y/o traer al mundo a, como mínimo, más de lo mismo.

Hay un ejercicio de humildad que, lo dije y lo repetiré, tiene como práctica exclusiva la humillación, aunque sea más sensato no buscar rémoras donde sólo hay dispensadores de maltrato. Dosis de burla; recuerdos invasores de aquellas todas nuestras pequeñas torpezas amplificadas; o por imposición de quien quiere la plusvalía de nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario que no sazona, cuotas de menoscabo con intereses leoninos.

Y aunque pocos amigos haré y pocos he hecho con esto, propongo contra casi cualquiera un ser, un hacer, que es valiente sin épica ni comunidad desde lo autodidacta por goteo. Un eyecto, un lanzarse a la inquietud que prefiere la experiencia de catar poco a poco hieles que aunque amarguean, explican. Propongo tratar al desamparo que empantana en la humildad. Conocerlo y reconocerlo a cada inundación. En ese barco remo.

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La gente habla entre sí. Recuerda que es fácil que tú con tu mejor amigo despotriques de tu pareja en ocasiones o que los cabreos cósmicos con tus grandes amigos se los cuentes a ella, y así ¿quién es el nosotros y quién el ellos? O más bien, cuándo. Comunidades según nos rota. Lo que has oído decir, o peor aún, cómo has oído decirlo del compañero, desde el humor o el asombro, es tal y como explican de ti las pequeñas confesiones que hiciste cuando vivías en un nudo. Y si no, sólo explicando diferencias entre diferentes, ahí inevitablemente todos y yo especialmente consciente, uno a uno, somos el tercero excluido, el que es o A, o es B, o todavía peor, el que no coincide consigo mismo.

Es tan ontológico como óntico. La carga emocional, la psique torcida, el encadenado podrido de recuerdos e imaginaciones son el eco de algún alguien en el pensamiento. Creo que a cualquier estado de ánimo lo precede un fantasma. Y propongo usar la estructura del freudiano pensarse y localizarse emocionalmente a través de la figura del padre o la madre pero, por qué no, con los disparadores que son cada otro para los propios y aparentemente espontáneos estados de ánimo. Es difícil localizarlo a veces pero tengo cotejado que a cada emoción torcida le precede un espectro.

A golpe de aceptación de la otredad del otro ¡de quien sea! se diluye el dolor. Es pura hiel de entrada, ya lo dije. Pero rescato de ese penar iniciático que en su contemplación en vez de en la deriva del pensamiento, negándole al sufrimiento tener que hacer o deshacer en consecuencia justiciera, la paz ocurre. La serotonina que le corresponde a estos ejercicios es la fiesta del sosiego, después, en soledad.

A cada vez y en cada inevitable derrota se pone a prueba cierta resistencia. Lo que nos implosiona nos ensancha, y así, por ejemplo, en todo picor que soy capaz de aguantar ocurre el mismo proyecto de imperturbabilidad para cuando y cuanto todo es la mierda, no entiendo nada, duele o parece una amenaza.

¿Qué coño es esa exigencia imantada del mundo que reclama hechos? ¿Qué quiere el prójimo de mí interpelándome hasta en silencio o desde la fantasmagoría? Y seguro, cuando veo a cualquier mujer explosiva, igual. Cuando tengo hambre y huelo comida, lo mismo. ¿Y qué tal que, si no renuncia, grados de separación? Porque entrenando, la imperturbabilidad en el cauce pacífico de mi pensamiento es poder como verbo: un yo puedo contra las redes de los administradores administrando. Un gobernarse en silencio dentro de laberintos, desde la experiencia taxativa de que todo es laberinto; de que todo es red, autoridades autoproclamadas y grupos de presión a cualquier escala y de todo pelaje.

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Don luthier

De entre todos los anormales que hoy por hoy llevan más de una década de relación monógama, de entre todos ellos, anormales que no subnormales, solo dos parejas superan lo mío con mi chica. Una amiga de entre aquellos, no hace mucho, en petit comité (del terror) me confesó que para con su relación había una canción de Wau y los Arrrghs que la representaba meridiana. «Nunca la quise y nunca la quise querer»  aún aúlla el tema. Mi colega hizo suyo el fraseo. Cuidaba del hijo del primer matrimonio de su compañero y decía sentirse, además de harta, una completa embustera.

Contradictoriamente, después, en su profundizar, aseguraba que en nombre del respeto que sentía por su chico y su hijastro, ellos y sólo ellos merecían algo más auténtico.

A ojos de prójimos y próximos su familia era la metáfora perfecta del amor. La posibilidad de una relación duradera, un modo del compromiso existencialista. Charlando, cuando pronto hablamos de monjes cartujos y santos vivos trapenses al hilo de otros y el mismo compromiso con la vida, ella medio decidió fantaseando querer pasar una semana sola en alguno de esos monasterios camperos que tienen voto de silencio y hospedaje.

Entonces, providencialmente, sustituyó durante el pasado puente de la constitución aquel entorno espiritual por diez días de sencilla soledad. Los suyos viajaron de visita funeraria a un pueblo del interior.

En orden, después, me dijo: Es fundacional vivir intermitentemente en soledad. Me dijo: La mayoría de divorcios ocurren en septiembre, tras convivir en vacaciones. Y sobre todo desarrolló que no nos alimentamos del mismo menú ni a lo largo del día, ni a lo ancho de cualquier hostelería local. Exactamente igual, en tanto que alimento, para con el abanico de los que elegimos a nuestro lado, para los que también somos elección, aseguraba: me advertiste de que si no tengo tiempo ni espacio es fácil que la propia psique los busque, los encuentre y ponga en juego lo que me importa en favor de eso tan sencillo que es el tuétano si me inundo de prosa, o lo frívolo si me inundo de poesías.

¿Eres acaso un afinador de cítaras, de liras? Me preguntó agradecida riendo en una sobremesa. Y eructó.

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Ocio hostelero (VI)

Sólo un heavy estanquero del Opus te coge del cogote a traición en mitad de un discoteco preguntando primero sinceramente qué tal estás. Estanquero y del Opus Dei. Del cogote. No sé si lo explico guay.

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Numerótica

Todo es dinero y ni en radios culturales ni en presentaciones de todo pelaje se habla de él. El dedo acusador busca dónde clavar la uña como una paloma mostosa y como todos dibujan por necesidad, cuando exhibicionista he verbalizado que no me gusta tanto esquinazo sobre el tema, yo no gusté. A veces, cuando hablo, la flor se abre. Otras, el desierto avanza. Cuando propongo releer al dinero, las caras atienden pero puedo sentir cada cabeza retirarse todo lo que el cuello, al tensarse, da de sí.

El dinero es insoluble y no hablar de él afianza el monopolio teórico de Marx y Engels o pretexta al cuñadismo bocachancla. Vale que estamos negociando toda la vida contra nosotros mismos usándonos como moneda pero qué tal ponerle durante unos segundos el acento al dinero en su carne. En el metal de la moneda. En su roca. En su montaña. O en el papel del billete. En su árbol. En su bosque. Cosificándolo, el dinero se abstrae: Lo dinero. Y claro, ¿En qué queda el consenso inquisidor contra cualquier vivir en el mundo de la piruleta si estamos manejando lo mundano desde un código conceptual? O de otra forma, ¿si sobrentendemos permanentemente el sentido abstracto de los billetotos, qué hay del ineludible y axiomático “hay que ser realista”? ¿No es el dinero una metáfora rara?

Dinero es presupuesto, la presuposición de qué es. Y cantidades. Estadística. Especulación. Numerótica. Y ya sabías que hay mas dinero en el mundo que riquezas que lo avalen. Matematismo subnormal. Lo cuantitativo. Donde las ciencias aplicadas, las técnicas, son cálculos prácticos. Donde la tecnificación del mundo dice cuánto y no qué. Donde cualquier app útil en el móvil es un gestor de sumas. Donde la democracia es cifra y donde la cifra también decide qué es un primetime en televisión o un influencer en redes sociales. Cifras que generan más cifras, más dinero, pero como cosa: otras cifras. Donde 1, además, es un número atomizado: indivisible, individual; y 0 una metáfora de la Nada. Donde una tabla de cuentas fue el primer documento escrito de la historia de la humanidad y a partir de ella, del recuento desarrollado, tenemos escritura y literatura. Cifras. Donde nos relacionamos con el texto que construimos a partir del mundo, no con el mundo mismo. Cifras. Cábala. Donde en griego libro se dice biblia. Cifras. Donde en esta españita demócrata, en las últimas elecciones, el recuento de votos estaba en manos de políticos ubercorruptos destructores, además, de todo registro contra la posibilidad de un nuevo recuento.

Sé que el problema es la explotación, no el dinero, pero quiero pensar el dinero extemporáneamente. Ojala lo dinero y verlo por un momento deconstruido. Cien capas menos de separación son pocas. En mi caso, si me caigo en todos los pozos por mirar asombrado al cielo, tanto me asombra la carne de los mismos pozos y la del dolor de la caída.

Ocurre también que hay tres cifras patrias generales de ventas de comic: 700, 2000 y 5000 ejemplares. Cifras, cifras, cifras. Y tengo el Eros en otro sitio. Alvarez Rabo le tomó el pulso a sus lectores y dejó de dibujar. Mi agente francés, que eligió el tema del libro que acabé la semana pasada, en estos días especialmente aciagos me dio la patada a lo feo. Es decir, de normal, paciencia, pero ¿tenían razón Los Pistols cuando la Thatcher? Yo, amijos, no quiero ser un autor maldito y me chupa la polla que el comic español no tenga un mártir. Ni siquiera quiero repetir a María Colino, a Fernando de Felipe ni a Nazario. Comprad y regalad mi Hernán Esteve. Lo editó libros de autoengaño y quedó que flipas.

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