Esteban Hernández

TEXTOS

Traición de un ejercicio imposible

Hay un uno en mí que quiere meterle al mundo el puño en la cara. Hay otro, también, que cuando vive enfocado es practica espiritual y sosiego. Hace un mes entendí que si el sustantivo es humildad, el verbo es humillación, pero esto no lo aprueba casi nadie y tiene unas prácticas de escasísimos especialistas. Normal. No vivo de espaldas al mundo. Yo quiero ser más justo que justiciero y así disuelvo el nudo. Ocurre que en la meditación, en el buen hábito de sentarse a no hacer nada despierto y atento, si en vez de cerrar los ojos cualquiera se demora en una manzana, en un vaso de agua, en la pared de su dormitorio o en las propias rodillas, la cosa misma, cualquiera de ellas, se desnuda de lo que ya le conocías y se muestra como es. Uno es testigo de lo elegido y sobre todo experimenta que la palabra que nombra al objeto no abarca al objeto nombrado. No lo cierra. No lo alcanza.

Ocurre que si decido y practico dejar que las cosas sean en su sagrada naturaleza, en lo nato, en lo nacido y frontal sin inmiscuirme contra ellas ¿por qué no dejar que el otro, los otros, los prójimos sean manteniéndome al margen y dejándoles hacer?

Si bien, esta es la historia de ese ejercicio imposible y de mis traiciones contra él.

El otro día cogí un autobús de Benidorm a Valencia. Subí y me acomodé en mi asiento numerado. El cuatro: uno de los primeros del combo, justo delante de la luna del vehículo, a la derecha del conductor, detrás de las escaleras de acceso. Con el cinturón puesto, con el autobús a medio llenar, una señora de muy mala gana me dice que estoy sentado en su sitio. Ella afirma que sacó el billete hace un mes. Yo tengo el cuatro, respondo con educación, ¿en su billete qué pone?. Yo tengo el cuatro, repite. Su hijo y todavía creo que principal sufridor iba con ella y callaba. Así que buscando solucionar la situación le ofrezco un a mí no me importa sentarme en su asiento. No es eso, replica ella aún hostil, yo tengo el asiento número cuatro porque saqué el billete hace un mes. Cada vez más angustiado por lo cerril de la vieja le explico: Eso a mi no me importa, pero si usted quiere yo me siento en su sitio y les cedo el mío. ¿Cuál es el vuestro? Le pregunto al hijo. El siete y el ocho. Ok, sin problema. Y mientras me estoy levantando, la señora, como si la hubiera ultrajado refunfuñaba un “faltaría más” y un “estaría bueno”.

Yo, aunque medio aturullado por el maltrato gratuito sé bien por qué me he comportado así y desde la paradoja inconfesable me relamo del porque sí de lo humilde. De cierta ética de la debilidad. De un ejercicio de humanidad a través del cual el loco puede desarrollarse como loco o el avaro como avaro sin mí, sin que yo interfiera o, al menos, dejando la menor huella posible en sus desproporciones. El proyecto, digamos, fue el de un árbol en la calle que puede dar sobra, color, flor, provocar un accidente o arder y pese a todo está ahí, vívido y en el mundo, con quienes como la luna, el cielo y el agua son pacientes e indiferenciados. Al sol le da igual, he dicho a menudo salvando escollos. El cielo nos sobrevivirá y la noche de detrás del cielo es la unidad de medida. ¿Qué le importa a nadie dónde me vaya a sentar si a cambio dejo que el mundo, bueno, malo y lo contrario, ocurra tal y como es?

Y justo cuando pongo el huevo detrás de la señora, fuera de su campo de visión, veo que otra señora ultramorena, rubia oxigenada y con una permanente imposible exige su asiento. Ella compró el número tres. La segunda mujer se enroca y la tarada de la primera habla cada vez más hostil. Por último, el conductor sube y pone orden.

Un chico me dio la razón, miente la vieja loca sin saber que estaba detrás de ella, y como el conductor me miraba pidiendo una explicación mientras la señora también se le encaraba, aclaré sereno que aquella mujer tenía gusto en sentarse en mi asiento y a mí no me importaba cambiarlo. A mí si me importa, espetó la nueva, y zanjó el asunto el conductor con un inesquinable todo el mundo al asiento que le corresponde. Pero todavía aquella primera mujer continuaba diciéndole al piloto que ella sacó el billete hacía tiempo y blablablá. Él, indiferente y resolutivo de nuevo le recordó que los asientos son los del billete.

Final feliz aunque la señora no podía verse callada. Sentándose en su asiento de mala manera la oigo sentenciar un No saben quién soy yo; y en carretera continuó blablando al hijo de todos los sobrinos, nietos y terceros que decía tener de coronel, capitán general y almirante.

La dejé morir en su rechinar dientes poniéndome los auriculares pero entonces dudé terriblemente de mis prácticas y me arrolló la sensación de derrota y vergüenza que sufrí demasiadas veces como cada cualquiera entre familiares, en el instituto o entre los que decían ser mis buenos amigos. Así que cada vez más amargado, más enfadado conmigo por perpetuarme en las dinámicas de aquel pobre chaval que fui y sufrió; cada vez más y más estropeado por el anhelo frustrado de venganza de aquel Estebitan me digo “necesitas un símbolo, algo que cierre la puerta de éste asunto; algo medio inocente que te pacifique”. De modo que con la cámara del móvil, usando el objetivo del lado de la pantalla hice esto:

No hubo consecuencias. Por último, recién llegados a la estación de autobuses de Valencia fui a mear y a mi vuelta a la señora la habían aparcado en un rincón con las maletas. Fumaba un cigarrillo. Pasé por su lado mirándola, sorbiendo mocos, y al alejarme en soledad por las escaleras mecánicas la señalé con el dedo unos segundos buscándole el oprobio definitivo. No me vio. La señora estaba intentando movilizar a dos conductores que al cruzarse se saludaban ninguneándola brutalmente.

Final feliz. Pero boicoteo mi proyecto de disolución del yo porque necesito un saco de boxeo colgado del techo. Quizá necesito sentarme a escribir más a menudo. Quizá algunos dibujos. Pero final feliz.

Pueblo drogado, pueblo dominado.

Pueblo drogado, pueblo dominado. Lo mismo sirve si borracho. Calculé con un colega que donde dinero es política, en este país de servicios lo antisistema es prescindir del alcohol y los restaurantes. Donde en ocios hosteleros el objetivo parece la reunión o el a ver si se folla sólo hay pretextos empresariales. Principalmente marcas. Por otro lado y bien disfrazado de naturaleza y bienestar social, la natalidad y las gestiones de salud son fábrica y mantenimiento de carne humana. De futura mano de obra que diría un marxista convencido. Esto que interpreto, que conjeturo del materialismo histórico alrededor de un posible programa empresarial de plusvalía en arcos generacionales no es un delirio. Lo que me abre Walter Benjamin, también por ahora de prestado, es mezclar lo religioso con lo político. Atravesar una cosa con la otra recíprocamente en las antípodas de cualquier nacionalcatolicismo. El tebeo político con el que estoy ahora y del que llevo 50 páginas pasa por ahí. Primero lo escribí, después tío Walter me lo explicó.

Tebeos largos aparte los hábitos alrededor de cualquier droga, alcohol o tabaquismo hacen depender al usuario del proveedor. Hoy el tabaco ha sido criminalizado y sustituido por algo de una absoluta y normalizada eficacia insoluble. La medicación de orden psiquiátrico más o menos justificada cura, sí, como fármaco que es, pero en rigor, etimológicamente fármaco significa dos cosas: veneno y remedio. Uno u otro dependiendo de la dosis. Tal y como funciona una vacuna. Y remedio a su vez, también en su perfecto significado, lo que se pone en medio. Donde estaba Dios o el Hombre Universal antes de sus respectivas muertes.

Bayer es una empresa alemana, más empresa que alemana. La industria farmacéutica es medio invisible, como aséptica. Casi desconocida. Por ahí el modelo de Whatsapp, que parece una app inocente, también técnica, es en Kleenex, si me consiento la cabriola, el neologismo de “pañuelos de papel”. Marca normalizada, Whatsapp, donde además todo es texto. Que legisla infrafilológica o desde donde le corresponda, soterrada, en logos y lógicas donde no hay mundo negociable y administrado fuera del texto, del argumento. De un modo u otro, tácitas pero profundas jurisprudencias desde donde después se sigue normalizando. Y si exagero, como arma contra los lúcidos, calculo sufriendo las prevenciones anti contraculturales de las normativas y sus dispositivos -contra la experiencia del “¡a las cosas mismas!”-, que la moneda de cambio es lo humano. Medicado por mi psiquiatra desde hace dos décadas, desde dentro, el problema es atávico: la presión que ejerce sobre cualquiera la amenaza de ese tibio malestar, nunca del todo familiar, o el recuerdo de aquella medio insoportable depresión. Es el miedo a ese dolor deslocalizado pero permanente cuando nos intuimos a malas, las peores, vacío en el vacío encadenando preocupaciones. Cuando es inaguantable que todo sea apertura, que todo sea posibilidad.

Considero una amenaza la red del administrador administrando.

De nuevo: Pueblo drogado, pueblo dominado. Donde el marco para esta dominación, alcohol definitivamente incluido, es lo lúdico y el bienestar. Donde contra estos asuntos no hay proporción a la contra ni renuncia voluntaria. Donde lo terrible de tomarse a chufla los ocios hosteleros o la administración psiquiátrica es hacer o deshacer irresponsablemente y proyectarse mas autodestructiva de deconstructivamente. Donde, más terrible aún, el consumo de lo que altera y abre la conciencia sustituye a la propia conciencia alterada. Como si la iluminación fuera dosificable y no competencia de santos de todo pelaje, locos asintomáticos, científicos de investigación o poetas anónimos. Como si estos además de iluminados, obligatoriamente excéntricos. Como si la hermenéutica fuese un asunto exclusivamente literario en vez de un ejercicio de correspondencia con el mundo. Como si la etimología empezara y acabara en la palabra elegida y no en las cosas mismas. Como si el poema generara otro texto en vez de la experiencia frontal del mundo.

Ocio hostelero (V)

Me estoy despidiendo de un colega un jueves a las dos de la mañana frente al portal de mi casa después de una birra por el barrio. Del cajero de al lado sale un tipo, que duerme en él, pidiendo un cigarro. No fumo, contesto sereno. Mi colega le ofrece uno de liar pero el pavo no atiende y nos cuenta su trueno. Que si la luna, que por cierto está llena, es Dios, que si la mafia puede matarlo en cualquier momento de un disparo en la cabeza, que si su mala suerte tal porque en Marbella noselqué, y para cuando empalma con que parezco secreta porque eres guapo confesando serlo él también, mi compañero le ha liado el cigarro y se lo ofrece. Ni lo mira. Está ido y yo no veo bien qué hacer. Mi amigo da muestras de tener callo y lo trata con normalidad. Yo a lo que llego es a chequear el afuera, el adentro, y a rodar mis mecanismos de meditación: relajo, miro los edificios, al cielo, normalizo que todo es transitorio, decido recortar cualquier contacto visual y en consecuencia se me destensa la espalda y los músculos de la cara. Aquel capta algo y se centra en mi colega. Nos regala un minuto más de deriva y mi amigo le corresponde despidiéndose de mí otra vez con un abrazo extra. Me pone a huevo largarme pero ¿los dejo solos? y ¿debo meterme en el portal para que me fiche de vecino? Hago las dos cosas, ay, pero todavía desde el tiro de la escalera, dentro del portal, llamo por teléfono y pregunto ¿necesitas que regrese? Mi colega dice que todo va bien, que no me preocupe, así que por fin subo y al rato desde casa los veo juntos alejarse calle abajo. Quince minutos después recibo un “Todo bien. Abrazaco”.
 

Sobre Hernán Esteve

Hace muchos años un factótum del tebeo nacional me mandó a por café. Hace muchas semanas, demasiadas, me senté a no hacer nada mirando la pared. Hace unos días acabé todo el dibujo de mi nuevo tebeo largo. Ciento veintisiete páginas. Autobiográfico.

En Hernán Esteve cuento una historia de persuasión. Un sufrirle la moneda de cambio de la amistad y la ayuda desinteresada a un homosexual reprimido. Ocurre que dándola a leer a pocos pero buenos amigos y familiares me he encontrado (o el libro ha encontrado por sí mismo y me ha explicado) que hay una estructura machista que se salta géneros y está monstruosamente normalizada. Muchos sabéis que feminismo es paridad, no lo femenino. Yo en su calado tengo advertido que hay mujeres y hombres en las comunidades homosexual y lésbica que son desproporcionadamente machistas. Lo son a falta de un neologismo.

Es muy común que alrededor de algunos enfermos de cáncer broten parásitos que buscan su beneficio. Dinero. No pienses cinematográficamente. Hablo de primos, hijos, hermanos y muy verdaderos amigos. Del mismo modo muchas personas confían en los suyos y acaban en el centro de una tela de araña. Esa es la estructura que, en el marco de lo sexual para mí y contra mí ha sido nudo y resaca durante muchos años. Habrá a quien le parezca una tontería o peor aún, algo tácito y sustancial de lo humano. Como si tejer estructuras egotistas, estériles, sofisticadas y sibilinas porque sí nos fuese propio.

Mi nuevo tebeo largo es una crónica y una reflexión sobre la identidad. En el guión no explicité algunas experiencias infantiles porque aún me tambalean. Terminaré dibujandolas en algún Usted. También mentí sobre la mejor actitud de algunos amigos históricos para poder enfocar otros asuntos; y hay romances que en el tebeo se intuyen conquistas heterosexuales: Historias del haber podido follar y decidir no hacerlo por logística, sentido común o descuido. Comedias que me reservo.

En la intrahistoria del tebeo, durante los años de infancia provinciana, otros tantos de adolescencia drogada, muchos más de recuperación psiquiátrica sin líbido, dos o tres de ciega ayuda a mi persuasor, más hoy trece extra en mi todavía satisfactoria relación de pareja, ha permanecido un deseo soterrado como un acufeno; procrastinado, permanente y aún más profundo que cualquier tribulación sexual. El deseo perenne de llenar de agua un cubo agujereado; el de un Buñuel muy viejo confesando que se le habían pasado las ganas de follar y por fin podía atender a lo demás. Un generalizado, en definitiva, no follar mucho, sino con muchas.

Y ocurre que amo del todo a mi chica. Que no la quiero como quien eligió algo que quiso y todavía lo posee. La quiero tal y como me asombra cualquier árbol cuando lo miro como se merece. Como a la extrema sencillez del agua. Como a la propia salud.

Hernán Esteve lo publicará Libros de Autoengaño.

Crónica por testigo

Hace un año murió un amigo. Se lo llevó un cáncer.

Recuerdo bien que recién llegado al tanatorio le di el pésame a uno de sus hermanos. En respuesta, además de darme las gracias, abrió y me enseño el pañuelo con el que recién se había sonado la nariz. El clínex, detrás de los mocos, tenía billetes de 100 euros estampados. Él bromeaba desde lo que parecía más descuido que cuajo. Su hermana mayor, muy colega mía, de las históricas, a quien acompañé con gusto, se desmoronaba en su duelo. Ya arrastraba muy mala racha. Yo, sin maldad, entrando inocentemente en la broma tan gratuita y sinsentido que aquel hermano proponía mientras mi colega se encaraba al ataúd cerrado, le pregunté si compró los pañuelos de segunda mano. Sólo conseguí desconcertarlo.

Al día siguiente en la iglesia, cuando al final de la despedida de mi amigo fallecido una de sus primas subió espontánea y emocionada a expresar algunas últimas palabras, como el programa del evento había terminado con una canción en acústico, alguien dijo desde la primera fila, desde donde se encontraba aquel hermano, un secundado, nítido y desafortunadísimo “¡Venga, canta tú también!”

Como pie de página de este texto sirva que hace casi una década un tipo lisonjero se me acercó en la calle para robarme. Decía que no le llegaba para gasolina. Razoné, me dieron igual sus milongas y decidí darle algo. Cuando miró en mi monedero que de las tres monedas que tenía le daba sólo una quiso más y le pregunté si me estaba robando. ¿Tú crees que si te estuviera robando te pediría dinero en vez de quitarte el móvil y todo lo que llevas encima?, razonó a su vez. Como me pides lo que pueda darte -contesté sereno-, te lo doy y me pides más, lo parece. El tipo se marchó conforme con mi moneda y amistosamente me agradeció las virtudes subrayando que no era normal tratar con naturalidad a quien pide en la calle.

Yo a mi amigo fallecido no lo traté lo suficiente y ahora que es tarde lo lamento. Recuerdo que cada vez que coincidíamos en la calle o en algún bar nos cansábamos más de estar en pié que de hablarnos. Esa vaina. En rigor su hermana fue mi verdadera amiga antes de conocerlo a él; antes incluso de que yo empezara a dibujar cualquier cosa. Esa es la cota. Así que desde que ella empezó aquella mala racha decidí ponerle el foco encima. Más aún antes, durante y después del duelo por su hermano.

En la iglesia, al terminar el evento, me nació darle el pésame a todos los familiares que reconocí. Seguro calculáis bien la potencia de, no sé, unas treinta o cuarenta personas llorando intensamente a la vez. Además, durante lo que leyó su único sobrino, su chica y aquella prima a petición del difunto, podía oírse la congoja de toda aquella comunión sollozando y sorbiendo mocos desde el sincero respeto.

En este contexto llegué a la primera fila de la iglesia y encontré al padre de mi colega templado y sonriendo, sobrio de emoción, gestionando aquello casi quirúrgico, hasta distendido, y cuando quedé frente a él con mi abrigo puesto como tantos otros, me preguntó desconcertante, firme y a los ojos si me iba ya. Allí, desde mi profundo sentimiento, pasé por alto y con sinceridad mi asombro y le contesté con la misma inocencia que a su otro hijo en el tanatorio o, salvando todas las insalvables distancias, con la misma transparencia que a aquel que me pedía dinero mintiendo: No, vengo a darte el pésame. Lo recibió e hizo referencia a unas pocas palabras de uno de los textos leídos para todos y redactado por el finado desde el hospital, en donde me mencionaba. Menudas palabritas te ha dedicado tu amiguito, ¿eh?, dijo aquel padre, y sin salirme de la condolencia que se merecía aquella cada vez más extraña persona verbalicé un agradecido y meridiano “algunas”.

Que te den una copia, continuó él.

No hace falta, me acuerdo bien. Lo llevo dentro.

Aquí, ¿verdad?. Dijo señalándose la cabeza.

No, aquí. Contesté tocándome el centro del pecho.

Él sonrió como un comercial, algo así, no quiero exagerar, y zanjó el tema con un muy bien. Le contesté con la mejor sonrisa que pude, pero estaba tan asombrado que cuando le devolví el gesto me nació una mueca. Él debió ver allí su reflejo porque inmediatamente, siendo más rápido en atender al siguiente afectado que yo en retirar mi propia mano de su hombro, noté sin mirar cómo otras dos manos a la vez, no sé de quien, cogían con firmeza el reverso de la mía y la apartaban de allí. Supongo que los familiares que vieron y escucharon qué ocurrió encajaron a su manera aquello mientras estuve meditando en un banco al final de la iglesia qué había pasado.

Muy cerca, en un café amplio, la familia quiso tomarse una cerveza (!) entre los que quedábamos. Mientras entraban todos y se acomodaban pude encontrar entre dos coches dónde encajar solo y emocionado las palabras que mi amigo fallecido, el hermano de mi incondicional y primera amiga, dejó escritas para mí desde la cama del hospital.

Lo dejé salir un poco, lo suficiente, y cuando me repuse retomé dónde tenía puesta la atención. Qué era lo que hacía yo allí. A qué presa de contención estaba yo represando. Cuando por fin entré al café algunos familiares testigos de lo que hablé con aquel padre me miraban hostiles, así que me senté solo al final de la barra, pedí un botellín de agua y enfoqué de nuevo que siempre ha sido mucho más razonable cerrar puertas que andar abriéndolas. Que bastante complicado es el mundo como para complicarlo todavía más. Que si uno no suma ni deja las cosas estar, es bueno no andar restando.

Además recordé aquello tan valenciano de “Los dineros y los cojones para las ocasiones” y con naturalidad me acerqué al núcleo duro de la familia que advertí más o menos unido. Le pedí a aquel hombre, al padre de mi amiga, si podíamos hablar a solas unos minutos. Él se levantó de la silla servicial, salió del centro de atención de los suyos y me acompañó sonriente al pequeño recibidor de aquel café.

Tan nervioso como la emoción por mi amigo fallecido lo merecía y tan firme como lo exigía mi profundo compromiso con su angustiada hermana, le dije a aquel padre que me había equivocado en la iglesia. Fui exacto explicándole que aunque habíamos coincidido en muchísimas ocasiones jamás habíamos tenido la oportunidad de hablarnos despacio; que en consecuencia, por extraño que pareciese, siempre fuimos unos desconocidos. Sorprendido de entrada me negó el asunto, pero en seguida calculamos juntos nuestro historial y nos pusimos de acuerdo.

Reconociéndonos tan ajenos continué explicándole que si había algo que le hubiera parecido desproporcionado cuando le di el pésame en la iglesia ojalá supiese disculparme y tuviera en cuenta que, como todos inevitablemente tan a menudo, le insistí, me equivoco y me equivocaré. Que si su fortaleza no era indiferencia mi confusión sólo podía tener lugar en aquel gran no conocernos. Además, tocando su brazo, le pedí que si más adelante, recopilando, encontraba algo adverso en lo que hice o en lo que dije en la iglesia, me hacía cargo de mis errores y aceptaba lo que él decidiera hacer o deshacer en consecuencia. Me puse tan Dostoievski que hasta me hice cargo de lo dicho y hecho si en alguna otra ocasión había descarrilado en su contra.

Seguido de que él sin reciprocidad le restase importancia a lo que pasó en mi pésame, habló de que su hija necesitaba ayuda profesional. Yo, buscando los huecos para hablar mientras aquel padre razonaba asertivo, sólo casi interrumpiéndolo pude medio exponer que había conocido casos parecidos, los suficientes, de mucho desorden prosaico y que mientras se coma en orden y se duerma proporcionadamente al menos no se empeora. Que una vida ordenada prepara y cimenta cualquier ayuda profesional. Que sólo ese era mi empeño con su hija. Por fin le pedí un abrazo en despedida, me lo dio y ya en paz, de vuelta a mi botellín de agua tardé muy poco en irme a casa. Fue precisamente mi colega quien me pidió que hiciéramos juntos el camino de vuelta al centro.

Al día siguiente por la mañana, mientras hablaba con mi hermano de todo este asunto en casa de nuestros padres aquel hombre llamó al fijo. Mi hermano lo pudo atender y pese a que le insistía en que yo estaba muy bien, aquel aseguraba haberme visto errático y tembloroso. Por último -y por primera vez en dieciocho años- quiso saber si yo estaba tomando mi medicación. Medicación, enfermedad crónica y asintomática, anónimo y apreciado lector de mis fanzines y novelas gráficas, de la que usted sabe más y no explicaré de nuevo ni tan a fondo como ya lo hice dibujando Suéter (Planeta de Agostini, 2009).

Yo quedé preocupado por mi colega, por no saber dónde caería mi apoyo en adelante si a su alrededor tenía yo tan mal cartel, pero claro, pensé entonces y aún me dura que cualquier cosa que se diga en contra o a favor de cualquier persona es refutada por las evidencias de cómo se conduce cada cual por el mundo.

Ocio hostelero (IV)

Tengo cotejado que dibujar tebeos es rezar y tocar en una banda predicar. Me encuentro con quien sabe de qué va la diferencia medio explicándolo en un bar y también a un representante del mínimo común denominador punk, borracho, mandando al primero, literalmente y con los tuyos, los que rezan así, a «chuparos las pollas». Si no fuera tan hostil sería ridículo.

Brevería (de, en y desde red social) + Ocio hostelero (III)

Despierto en estos días solitarios, de Rodríguez, buscando asideros: algún humano al teléfono que haga de testigo de que sigo siendo persona, y aunque pronto, reflexivo y feliz recurro a mis verdaderos abrevaderos de paz, desde las 14:00 hrs que amanecí -ayer dibujé hasta las 7:00 am, querido inquisidor- no he hecho el obligatorio y pequeñísimo esfuerzo de sumergirme en algún quehacer. De solo empezarlo. En alguno laboral, fecundo o contemplativo, digo. O en el que sea. Ahora son las 17:00 hrs y a lo largo de mis perezas me puse hasta dos trajes de buzo con sus respectivas equipaciones pero, amijo voyeur, no ejecuto la tonta voluntad de los primeros cinco minutos bajo el agua. ¡Es ridículo! ¡Mírame aquí escribiendo! ¡Suma y sigue!

Es pronto, de noche después de cenar. Vuelvo a casa tranquilo con mi chica y un colega del barrio. Pasamos delante de un pub y sólo hay dos tipos en la puerta. Uno de ellos, con nosotros de espaldas, con su móvil, nos vacila al aire; me giro, no hago mucho caso y cuando estamos a unos metros reacciono sorbiendo mocos y escupiendo a un lado; él hace lo mismo y yo repito mi firma haciendo ruido, que él exagera todavía más en su turno; pasan muy pocos segundos, caminando me vuelvo a girar y él está de espaldas con los calzoncillos por las rodillas; grito un ¿qué te pasa, subnormal?, un me cago en tu puta madre, culogordo, y un payaso; el tipo se sube los pantalones balbuceando a su amigo. No todo van a ser derrotas.

Objetos junto a objetos

Ojalá escribir por necesidad poniéndome en orden como un Bukowski cualquiera. Ojalá cerrar así las puertas que tan mal abro a causa de, precisamente, la urgencia de otras necesidades. Pero no. No se combate el fuego con fuego, amijos.

Hay una paciencia que no pongo en marcha tan a menudo como me gustaría; en la que me estoy educando. Y tengo, además, un carácter espontáneo que no aguanta ni una pedrada. Caballo ganador.

También estoy leyendo a Thomas Merton, un místico cristiano. Hace más de un año leí el Tao, los Brahma Sutras, y de las ramas metafísicas de las grandes religiones me quedan los poemas Sufies.

Pasando por alto algunas particularidades de cada gran mística hay entre ellas en común una negación, precisamente, de la metafísica; de lo que está más allá de lo físico. Así, las mismas cosas del mundo y sus evidencias advertidas han suscitado lo espiritual. La mística ocurre en la sencillez de las cosas siendo.

Somos islas de sentido. La cúpula esférica en constante cambio que nos rodea a cada ahora es orillada desde fuera por una nada permanente. Ocurre un gran no saber neto detrás de lo sensitivo. Un incognoscible incomunicable. O dicho de otra forma, citándome, “una herida no es el interior de la carne, es otra superficie”.

En extremo, en el paroxismo, no vemos lo que tenemos delante, vemos el aire que nos separa de las cosas. Y en la otra dirección nuestro mirar sucede a través de nuestros ojos, no en ellos. Del mismo modo, mi cerebro no es mi mirar; son asuntos radicalmente diferentes. Hay, en consecuencia, una profunda experiencia en el abstracto que mira con mi carne.

Durante esta pupila pestañeando, mirando así, dilatándose, es común que en iluminaciones budistas, cristianas e hindús la temperatura del cuerpo aumente. Es habitual entre místicos. Merton explica en sus diarios que los santos, los primeros apóstoles en particular, fueron abrasados. Roberto Bolaño, a su vez, aseguraba que lo iniciático quema.

Ocurre que el otro día, en casa, en un ejercicio de meditación mirando sólo lo que tenía delante, cercando estas experiencias sin traicionarme con recuerdos e imaginaciones; vaciado pero atento a la evidencia pasiva de lo inmediato, sin interpretar con neologismos, sin traducir ni intervenir, sólo encontré indiferencia. Sólo eso. Una indiferencia aburrida y pacífica. Una especie de ausencia.

Así, sentado en la habitación donde trabajo, en mi contemplación, mi entorno fue extraño porque todo dejó de ser útil. Mis útiles para hacer y deshacer las cosas que tengo pendientes dejaron de tener la autonomía de imantada urgencia para mí y contra mi quietud. A continuación, recordé de este pasado agosto la experiencia de un prolongado mirar de noche al cielo en casa de mis padres, de modo que, al hilo de aquello, quieto, configuré lo que hay en mi habitación y en el mundo como objetos junto a objetos. Sin juicio, sin obligación moral, sin compromiso ético.

Después, consciente de que mi fisicidad también es objetual, sólo mi mirada daba cuenta presencial del entorno, de toda aquella indiferencia. Y por poco, la verdad. Fui testigo sin demasiado peso y desde luego, sin mí. No fui Esteban porque durante aquella estival media hora pasada en casa de mi familia, también solo y en silencio, el espejo de mi mirada sin adjetivar fue el cielo de detrás del cielo, o después, sentado en mi estudio doméstico, las cosas en su desnudez.

Hubo aquella noche un breve aburrimiento. Un advertir la indiferencia de aquel cielo estrellado sin mapas lunares, sin traductor de estrellas, que no fue epifánico, catártico ni iluminador. E inmediatamente conocí que todo cabía en aquella indiferencia. Que echamos allí cualquier cosa y jamás rebosa. En aquella ausencia, en aquel silencio, en aquella paz.

En casa el espacio lo descubrí recargado, y desde la autonomía objetual de cada cachivache que siempre me (nos) rodea, decidí que las cosas en el mundo, todas ellas, inertes o vivas, se tocan mediante técnicas; mediante ciertas tecnologías más o menos sofisticadas. Recuerden que aunque primitiva, la tecnología de un tornillo es ingeniería. Ingenio técnico. Como un ordenador. Al igual que el encuadernado básico de un fanzine. Sospeché, y aún me dura, que el lenguaje, cualquier idioma, es otra ingeniería sofisticada; otra técnica de contacto entre objetos como, de puro cientificar el proceso digestivo enmascarando el incognoscible, comer, digerir y defecar.

Entonces, autoexiliado de mi propia contemplación, decidí que cuanto más desocultable fuese la técnica y más se pudiera reconstruir; cuanto más se pudieran acercar (o aceptar) las distancias técnicas y facilitar así el inevitable salto con el que los objetos se han de tocar y ser lo mismo, más y mejor ocurriría esta indiferencia salvífica.

Mal.

El contacto sencillo y profundo no es tecnológico. Consiste, por ejemplo, en atender al encadenado de olores encontrados, buenos y malos, mientras caminamos cualquier calle; en pormenorizar el lugar exacto del cuerpo donde ocurre el tacto; en el matiz del a qué saben mis tripas en contacto con mi lengua; en el atender a la musicalidad de un ruido o de algún hablar; en el demorar la mirada en cualquier parte.

Y así, rudimento. Para esta indiferencia, paz; para estas paces, paciencia; y para cualquier paciencia, pacer.