Esteban Hernández

TEXTOS

AHORA SÓLO HIERVO

No necesito vencer mirándote a los ojos. Ganas a menudo y el mundo lo trituran para ti. Sólo tú y los tuyos triunfaréis. Lo he visto las suficientes veces. Habitaréis firmes y resueltos, como poetas valientes, el mundo. Vencéis pero no sabes qué derrotas. Yo sí. Yo juego a las matemáticas en el campo. Por eso pierdo. Por eso debe ser desalentador follar contigo.

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Crónica trinchera

Se puede ser de todo menos pesado, dice lo manchegón. Soy obsesivo-compulsivo, creo. Me pasa con las personas, con la música, con los tebeos que dibujo y muy en particular con todas las oportunidades que he tenido estos últimos quince años de hacer holgadas economías dibujando. La crónica que sigue ocurrió con Moneda y una prima-hermana a la que todavía amo y respeto. Debo subrayar acá que desde la primera pieza improvisada que gravé en casa como monobanda ella indicó a mis intermitentes consultas abrasivas qué sí y qué no hacer orientándome paciente y verosímil. No celebré todavía lo suficiente que con su Cum Laude en el conservatorio de Madrid, escribiendo y componiendo óperas de éxito europeo y habiendo pasado medio año en silencio en un monasterio cartujo, gobernara tan amable mi tanto insistirle a un quehacer disoluto, el mío. El musical.

Hace medio año ella, ciudadrealeña, vino a casa. Pidió quedarse unos días. Como nuestro cariño y admiración, ya lo dije, era mutuo, mi chica y yo fuimos despreocupadamente hospitalarios. Ella vino a gestionar unos conciertos de música sacra con una promotora local. Todo bien. Los primeros días no la veíamos mucho pero nos hacíamos a gusto un café bien tarde después de cenar.

Como dije, le daba a escuchar las canciones de Moneda porque, en especial, medio año atrás, mucho antes que Le Cassette las editara, un sello discográfico straight edge conexo a poetas y místicos trapenses se interesó en publicarlas. Se las daba a escuchar y sobre todo a leer avisándola de que aun cuando en cada tema quise lo espiritual e intuía no haberlo conseguido, pese a que desde siempre me ha interesado lo extemporáneo, me tenía preocupado que mis contenidos tuvieran tal vínculo con lo contrario, con lo contemporáneo, con lo prosaico y frontal, con cierta fenomenología, que el sello hardcore perdiera el interés. Pon en valor, le dije a mi prima entonces, que toda la mística que he leído la entiendo desde Sartre, comunista, y la poesía que me gusta y lo existencialista desde Heidegger, nacional socialista alemán pre segunda guerra mundial.

Ella llegaba a veces bebida a casa, muy poco y eventualmente, tras algunas reuniones, y nos buscábamos con ganas. Cuando le sacaba el tema de la casete y el sello, como de entre toda nuestra familia ella fue siempre en quien más confié meridiano sobre trascendencia y vida contemplativa, discutíamos a partir de las letras de mis canciones asuntos como que la faceta teológica de Nietzsche, según ella, era una gilipollez; que el propio Heidegger no hubiera sido capaz de ponerle el dedo analítico encima al Ser para acabar explicándolo con versos de Silesius o Eckhart; o que Walter Benjamin cruzara la ortodoxia mesiánica judía con teorías marxistas redentoras.

Mientras le hablaba de los contenidos de mi biblioteca o le seleccionaba algunos discos, decía a lo largo de aquellos días «me sorprendes» como si yo sólo fuese prosa o no hubiera entendido nada de lo que me ha calado mirando la pared durante años. Así, en esta primera estancia, pese a nuestro afecto mutuo, cuando abríamos la tercera lata de birra respectiva se ponía especialmente intensa argumentando, perdiendo de vista qué horas eran y restándole entre tanto a que sin ego, hablándole a partir del poema de mi mala música o desde cualquier otro lugar, yo intentara afianzar comunidades o verbalizar las que nos conocíamos.

Recuerdo que en la tercera noche especialmente intensa decidí mandarme a dormir porque la única práctica que tenían nuestros desacuerdos era bajarme de la burra y dejar a mi prima con la razón a solas. Lo hice con todo el tacto que pude y pese a que conseguí zanjar la charla, después, desvelado, dibujando durante horas estuve rumiando qué pasó.

El día anterior de su viaje a Francia, donde terminaría de organizarse entre festivales, estuvo especialmente silenciosa. Pasaron menos de tres semanas y ella regresó de París para quedarse, de nuevo, diez días más en casa. La recibimos. Yo tenía hablado con mi pareja lo especialmente mal que me había hecho sentir la noche de su vehemencia pero la familia es la familia y me he tragado el orgullo por agravios mayores en otras ocasiones ante personas que no merecen ni el peor nicho del cementerio. Aún así, recuerdo que en caliente determiné que si en adelante alguien dormía en nuestra casa, sea quien fuese, tendría que faltarse la mitad.

Aquellos nuevos días volvió a salir de casa temprano para regresar de noche. Mi paciente pareja limpiaba su ropa aprovechando nuestras coladas y por si acaso coincidíamos, por ella, cocinábamos vegetariano. Mi prima fue muy amable en consecuencia pero llegó borracha a casa el octavo día después de celebrar haber cerrado con verdadero éxito uno de los asuntos por los que viajaba. Llegó riendo de algo en su móvil. Al igual que en su primera visita, tenía una copia de las llaves para entrar y salir a placer, pero entonces, como desde mi estudio capté rápido su euforia, la llevé lejos del dormitorio donde mi chica dormía hacía pocas horas.

Esa noche intenté esquivar nuestros desacuerdos que, suspicaz y diagnosticado de mí, sentía como ataques juguetones contra los contenidos que soy en Moneda, contra mí o probablemente sólo contra la literatura que agraciada o desafortunadamente existo. Discutimos de nuevo del punk en lo trascendental como por ejemplo intenté hablar de política hace pocos años con un muy iniciado colega en ella alrededor de Autarca; tan suicida como pedir opinión politizada sobre un tebeo abiertamente apolítico cuyo protagonista es un intelectual acomodado en sus privilegios. Pese a lo inoportuno entonces y en esta historia, intenté moderar.

«Me dan igual tus vecinos» decía, dejando caer que todos ellos eran seglares o idiotas, pero me dolió todavía más cuando pidiéndole bibliografía para acercarme a qué quería decir, cuando pedí algún canal de conferencias en youtube para reducir mis calvas y hacer mi propio ovillo me espetó un «búscate la vida» a los ojos.

Como digo, tras mal culebrearnos como hacía un mes, terminamos discutiendo, y como tampoco necesito palmas para bailar y a malas, las verdaderas, lo dije y lo repetiré, no me conoce nadie porque me doy miedo, le expliqué tirando todos los balones fuera que pude por qué me iba a dormir. Le dije que estábamos cansados y era tarde, que así no se podía hablar de música, de materialismo histórico, de Dios, de ninguna familia ni de nosotros. Al día siguiente, por la mañana, coincidimos en la cocina. Ella, arrepentida, quería irse de casa inmediatamente pese a que era un trastorno buscar dónde dormir los últimos días de su viaje de negocios. Bromeé como un adolescente poniendo cuernos metaleros y le pedí que se quedara.

Los días posteriores todo quedó enrarecido. De madrugada ella pasaba hacia el aseo delante del cuarto donde dibujo y me miraba entre adormilada y supremática. Delirio mío en el recuerdo. Acabó qué tenía que hacer con mucho éxito y al irse nos despedimos con un abrazo sincero.

Una semana después me tanteó de nuevo para quedarse. En vista de que le daba toda la vergüenza siquiera verbalizar el favor, ofrecí mi casa sin rencores pidiéndole que no me montara otra bulla. Ella, calculo que desde el orgullo aunque lo desmintiera poco después en persona, rechazó mi hospitalidad. Seguro, quiso dejar de discutir los mismos temas de conversación. Normal. Tocado y hundido, sentí. Estuve mensajeándola durante dos semanas, quizá insistentemente, pero con el mejor ánimo conciliador. Sólo recibí frases cortas y la intuición de estar molestando.

El meollo en cuestión, lo doloroso, por lo que escribo acá, es que pese a que aquel sello straight edge decidió darme la patada a lo feo, el juicio no lo hicieron ellos contra Moneda, lo ejecutaron los míos contra mí; los que respeté siempre por avanzados; los, digamos, por mí proclamados poseedores de la autenticidad del canon. La sangre no me importa.

Poco después oí que mi prima había dejado de hablar de espiritualidades con no iniciados porque odiaba que la gente dijese tonterías. Me equivoco y me equivocaré, pero también fui yo, con ella, lo religioso. Hice por lo común, pasivo, muy a la contra de lo que medio exaltados nos argumentábamos aunque, seguro, en origen fui yo el cansino con Moneda. Mucho. Al César lo que es del César

Después, ahora en vacaciones, la veo y me da abrazos cordiales. Sinceros. Al principio no sentía nada, pero terminé apretando bien fuerte cada uno de ellos.

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Prosema (IV)

Aún sin haber qué resolver, toda solución y resolución que malvendí, si ocurrió, la soy todavía. Luego, le pido la correspondencia al cartero, esa del gestor de sí mismo que regalé, y algunos rudimentos remiten. Y entre gente, del mismo modo que vuelvo y revuelvo en mí, regalaré a los buenos, a sus propios tan pagados de sí, en silencio, escuchando, menos tela y más araña. Invisible. Primero, usando el asombro con el que ardo y hoy desapego, y en adelante, con el mismo adorno, artificios y artefactos con los que tantos caminos he andado y tan pocas esquinas he torcido entre satisfechos. Solo hay un poema.

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Prosema (III)

Gracias. Gracia. Gratis. Regalo. Entrega. Don. Perdón. Ágape. Y que a unas gracias por algo, si las hay, le han de corresponder, responder, el silencio, la escucha; porque no es a uno a quien (le) agradecen.

Cuando advertidas, se dan a de donde vienen, a de donde fugaron; no al cartero. A la filia, al eros, y ojalá al amor y adiós. Al porque sí del girar una esquina y que aparezca otra calle.

Pero bromeé, idiota de mí, esta tarde. Ay. Olvidé que ellas no son hacerlas, que mejor no bromearlas porque nadie es su recipiente ni hacedor suficiente.

Coincidir no se lee, ocurre. Las gracias se derraman pacientes, ellas no negocian.

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Ocio hostelero (VIII)

Anduve con toda la calma que me pedía el cuerpo merendando por la calle después de trabajar y observé que no somos dueños de proporcionar cómo caminamos. Que, por ejemplo, cualquier semáforo hace de metrónomo, generalmente al trote.

A pocos metros de donde quedé, dejando atrás haber peleado las prisas, pasando por el extremo de una plaza, tres voces gritaron mi nombre desde una terraza abarrotada. Medio me asusté y girado no reconocí a nadie. Buscando mejor entre las caras encontré a tres personas, tres, que han sido desde siempre cariñosas conmigo. Me acerco feliz a los siete más con quienes estaban, les muestro interés sincero por su reunión y cuando en mi despedida subrayé que me alegró mucho verlos y sintetizo desde el lado opuesto de la mesa que pongo en valor, porque no es normal, que hoy nadie saluda a gritos -ninguno en la mesa bajaba de los cuarenta años- una voz escondida allí dice sin cara: «Sí, anda. Corre.», y retomé mi camino a la vez. A mi espalda tronaron carcajadas.

«No hacía falta agradecer nada» le explicaron después a mi relato en casa. Y así es. No falta algo así. Nadie así. No hay demanda. Y sí la hay, sí, a la vez, en su anverso, porque cualquiera vive autoafirmándose. Expiando chivos. Así comulgan los más.

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Prosema (II)

No quiero estar con tontos. Donde mi padre, mi madre y mi hermano lo son. Donde mi chica lo es. No quiero estar con tontos.

Pero un tonto es un atónito en su profundo sentido ¿Y no fue lo presocrático puro asombro? ¡Aún lo habilita!

¿Y no peleé allá en mi estupefacción una compañía, una comunidad, o apenas un alguien contra mi soledad? ¿Y no será así, mi soledad, mi propio desierto? ¿Y no ocurrió mi propia angustia, mi angostura, rastreando allí?

Un desierto es un espacio abierto, la contra de lo angosto. Andar a oscuras es confiar en lo que nadie anuncia.

Luego, qué listo que lee, elige y se hace a sí mismo selector puedo querer yo entre los muy míos si cualquiera así, desde su en sí, sólo escucha al mundo para ordenarlo. ¡Para sus ordenanzas!

¿No serán los míos, como yo, los tontos; los que no acertamos desde nuestro asombro disparando una y otra vez a la diana? ¿No es cada disparo una tontería?

Y pongo en juego acá, pensado con el tuétano, confiando en la contingencia random, aceptando lo que ocurra en mi fe, que es la desesperación de saberme perplejo lo que me espanta y os califica.

Sólo sin ego, sujetos, objetos y proyectos coincidirán con lo que son.

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Renuncia y proporción

Releí Autarca. Mi último trabajo acabado y aún por editar. El libro, cuando lo compartí con muy pocos, hizo que de entre ellos un amigo me gritara en casa. No importan los detalles. Con el título compilé entre los míos una rosa de los vientos.

En lo que me suscita revisitar mi tebeo he reconocido fiel y sosegadamente por qué tras éste no habrá más de lo tan obsesivo compulsivo mío dibujando novelas gráficas. Lo anuncié hace años: El paroxismo de lo que pretendo contar en lo que dibujo, lo que señala el poema, pasa por que no importe andar dibujando. Hay un silencio que vale más que cualquier criterio y solo contemplando su timbre, en lo que acontece allá, catando esa quietud en el proyecto de ser imperturbabilidad, merece la pena dibujar o hacer cualquier otra cosa. A la contra, cualquier vanidad, enmascarada o no, es una ruidosa, hambrienta y sofisticada maltratadora.

Todavía me gusta hacer comics porque hay cosas que siento importantes y que inevitablemente no dije aún, o que, mejor y del mismo modo, no expliqué bien porque dentro no cabe dentro aunque me empeñe. Así, al igual que sólo dibujaré novelos gráficos cuando hacerlos reclame su sentido, no suicidaré lo demás.

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Ocio hostelero (VII)

Esta noche hemos cenado cuatro amigos. Dos parejas. Mi chica estaba y es especialmente guapa. Pagamos la cuenta de la fritanga antes de tomarme un cortado y como me apetecía, tenía medio sueño y lo verbalicé, mi muy compañera y yo arriamos a una cafetería de piñata destruida. Café allí que en el barrio es el mejor, además.

Pido mi cortado y sólo eso para los dos porque el plan es ni sentarse. En vista de que el dueño está a buenas, mucho, le pregunto confiando en el criterio de su negocio si en nuestro proyecto de comprar una máquina doméstica para hacer expreso hay algún extra que debamos tener en cuenta. Él, amable, rodando su oficio y paciente de más con la cerveza de nuestra cena así como con, por qué no, sus propios estupefacientes en sangre, nos explica que las máquinas de monodosis están listas para el mejor café y que la primera división de éstas pornografías está fundamentalmente en moler cada dosis que se va a consumir. Así, gloria. Todo bien. Pero de la barra sale un tipo con cara de niño y cuerpo exvigoréxico que encadenando parrafadas y mirando muy fuerte a los ojos celebra a mi chica, que no da crédito. El tipo tiene rasgos y anatomía de esclavo persa; de película bíblica, barata, de sobremesa. Un extra de teleserie flácida. Puro atrezzo. Actor de bocadillo que me llama chaval y a mi ella, nena y gatita. Gatita, amijos.

El tipo, mientras torea al dueño desde dentro de la barra le insiste a la galantería de folletín y a la verborragia, y cuando para acercarle un poco más la polla a mi siempre paciente pareja me pregunta cómo me llamo, le contesto que Chaval. Él, deprisa y adjetivando como en la jerga mal doblada de las películas de Tarantino, como el peor Nicolas Cage, en un juego de piernas zanguango habla de China y me llama hijoputa. Yo miro a mi chica y ella me mira a mí.

Previamente había pagado mi consumición, casi por adelantado, pero desmemoriado, un poco desbordado de circo y como cortafuegos preventivo pido otra vez que alguien, rey o lacayo, me cobre. El jefe me da otra cifra, diez céntimos menor que la primera y cuando caigo en mi olvido me niega que ya le pagué. Como no estoy ebrio pese a mi cervecear cenando, a su no recordar le hago la moviola de nuestras previas distensiones cordiales. El tipo reacciona, se disculpa dos veces, sigue lidiando con el prescindible de rizos largos engominados, y hablando especialmente bien de éste su palmero lo saca del saqueo cerril contra mi pareja. Nos despedimos, y despedidos de allí en estampida, en reconstruir el esperpento camino a casa, entre las risas y el descrédito, en preguntarnos y compilar qué le pasa al mundo, me callé que para pulirle las aristas al bufón le dije después mi nombre, y él entonces, y sobre todo para este texto, con quien me puso el café celebró en un abrazo el Nico con que se bautizó.

¿Qué me queda, Nicolás, pollo sin cabeza, sino por añadidura a esta crónica cagarme en tus muertos pisaos? O aún peor, infeliz, sobre todo para ti que seguro que de tan galán de medio pelo follarás con incautas a quienes primero desestabilizas: tu dinero llama a dinero. Nadarás en una piscina de monedas.

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