Esteban Hernández

MÚSICA

Yo es otro

yo-es-otroYo tenía una duobanda con el bueno de Guillermo Céspedes. No valíamos nada pero como a nosotros no nos importaba estuvimos tocando durante medio año. Nos dio para cuatro canciones, todas, recicladas de lo que hacíamos en nuestras respectivas casas antes de conocernos. Resulta que abandoné el grupo en un empalmar preocupaciones, ahora estamos buscando teclista (lo dejo caer por si acaso) y gané un colega. Bien se puede ir a la mierda el punk valenciano si por cada banda local conociera a un tipo como él. El asunto es que como tengo en casa mi pequeñísima escombrera de trastos para grabar, hicimos una maqueta. Muchos de los que han catado el resultado no se lo han acabado. Esa es la unidad de medida. En el local de ensayo sonaba más intenso, al menos por momentos, cuando los acoples nos daban un respiro. Ahora, amijos, me nace compartirlo aquí despreocupadamente. Malamúsica, de Yo es otro. Éste es el bandcamp. 

MACERADOS

LA PIEZA:

 

LA LETRA:

¡Ey! / Un tanto macerados, encurtidos, somos las tripas de nuestras madres; las tripas de nuestras madres, porque parir es partir, es dividir. Es dividir, es dividir. / Macerados, un tanto encurtidos. Macerados, un tanto encurtidos. De nuestras madres, las tripas.

Nido come nido

nido-como-nido Esteban hernandezDe nuevo un single compilador en mi Bandcamp. Nido come nido. Además, ayer compré de segunda mano un micro, un Shure 58, con el que en adelante grabaré lo que voceo. El micrófono que he usado fue hasta ahora o bien el que tiene integrado el Mac para el Skype y etc, o bien uno a estreno que costó 10 euros. El plan es que lo que voceo se entienda. La idea es hacer otro fanzine. Para no desandar lo andado regrabando nada, en cada tema de todos los singles del Bandcamp están las letras.  Que por cierto, “todos los derechos resevados” dice Bandcamp, pero para el título de esta compilación extraje “Nido come nido” del texto del buen amigo y más lúcido escritor, Autógeno. De este texto.

Ya pasó

Pacificado, paciente y pacible ando en unas entendederas especialmente silenciosas. Casi todo me parece bien. Estoy leyendo a Huxley sobre espiritualidad, Dios y santidad, y sobrio de vidas ejemplares y literaturas tengo la experiencia de que lo sagrado, el sosiego, de ocurrir, lo hace en soledad. No me extraña nada que los monasterios sean de clausura y considero normal que muchas iluminaciones ocurran de peyote, sobre todo, en cualquier desierto. Es común que en la soledad de la lectura en calma ocurra la verdad del poema. Una soledad, ojo, que no es némesis de lo social, o del mismo modo, cierto silencio que no depende de la ausencia de sonido. Se puede estar solo y sentirse uno con todo en cualquier otredad, o del otro lado, se puede pasear por el centro de una ciudad en hora punta y sufrir un desamparo desolador.

En este texto, para aquellos de vosotros que creéis que no me estoy boicoteando la carrera profesional con la música que cometo, quiero plantear la breve cartografía del laberinto que entreveo. Seré prosaico y confesional.

«La música que hago no vale nada» voceo en una de mis canciones. Cuando muestro qué hago y gente con criterio me habla de Pere Ubu, Butthole Surfers o me dice que lo que toco y grito crispado es personal animándome a seguir, replico con el mejor humor conciliador del que soy capaz que lo que compongo es muy malo. Una mierda, propongo exagerando. Que el marco que le corresponde a mis truenos es la inexactitud y la incorrección. Lo locochón. Entonces, sobre esa base desenmascarada, sólo así, quiero saber si chuta o no. Si en lo que hago hay algo.

Selecciono bien a quién le doy a escuchar mis cosas y cuando después he propuesto en persona aquel marco para encajar felizmente lo que venga, algunas veces sobrio entre ebrios y otras, las que menos, medio borracho a puerta cerrada los sábados de ocio hostelero con todo cristo hasta las cencerretas, no he sabido expresarme y he terminado empalmando espirales. Aún me pasa poco, diréis con razón. Pero mis constantes disgustos de puzzle social han destilado qué explica aquel contexto que siempre intento establecer cuando pregunto por mi música.

Primero y fundamental. Se viene, o no, del punk.

En casa, cuando me siento a escuchar algo selecciono una sola cara de un disco y no cruzo quehaceres. Intento atender reconcentrado y generalmente elijo a Shostakóvich, Brahms, Bach o etc. Elijo música seria, que la llaman, y no tengo puta idea. Confundo compositores alegremente. En principio, el punk no es serio ni lo pretende, de manera que estos ejercicios, estas meditaciones, no las acompaño con punk. Ocurre que hay a lo largo del siglo XX música dodecafónica o microtonal que ha sido tan necesaria, tan de reventar sistemas y tan oportuna como los Pistols en el CBGB. Por otro lado supongo que la música clásica de los últimos, pongamos, cuarenta años, además de necesitar con urgencia un neologismo no ha sido un pintar paisajes con técnicas anacrónicas. No es temple al huevo y jardines victorianos. No es lo Amish. Sin embargo, cuando expliqué a los dos únicos cellistas que conozco, profesionales y casualmente heterodoxos, el marco que le correspondía a mi malamúsica tampoco sentí haber dejado claro nada.

Sucede que con mis tebeos y los halagos prefiero dialogar qué suscitó mi trabajo en vez de recibir laureles. Lo primero es la virtud que agradezco. De lo último intento escapar cuando sinceramente explico que a mis tebeos no les hago falta o que mi música no va a ninguna parte. Un preventivo bajarse de todas las burras contra las consecuencias del intermitente aplauso que engorda carismas.

Hace años, cuando busqué el dialogo cabal entre los dibujantes que más ciegamente he respetado, regalando copias de mis fanzines, hubo quien en respuesta me mando a por café.

En lo musical, suspicaz de mí y como el perro de Pávlov, temo al mismo sabor acre. No es cosa mía ni de este texto. Son endemias humanas porque, seguro, cada cualquiera traga con lo mismo intermitentemente. El más tonto y el más pintado. Cambiando el cómo y el con quién, reflota la estructura del qué.

Dos extremos tiran de mí. El firme proyecto de sustituir el ego en favor del contenido, y del otro lado, con la misma urgencia, la necesidad de comunidad y aceptación. De religión. De religar las entendederas de las que sólo soy cartero y considero de gran ayuda.

Entre centrifugar o centripetar, prefiero al monje que al predicador y entre tanto, lo siento fundamental, pregunto entre músicos profesionales. Salvando todas las insalvables distancias, en mi entorno no encontré a ningún Frank Zappa ni a ningún David Byrne por ahora. Quizá ese sea el desastre. Ser anormal, que no subnormal, y no tener con quien rezar.

Ya pasó. La música que hago no es una mierda.

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LA PIEZA

Mi primera versión. Violeta Parra manda.

 

LA LETRA:

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente. Volver a ser de repente tan frágil como un segundo. Volver a sentir profundo como un niño frente a Dios. Eso es lo que siento yo en este instante fecundo.

Se va enredando, enredando, como en el muro la hiedra. Y va brotando, brotando, como el musguito en la piedra

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