Esteban Hernández

GENERAL

Uno y trino

LA PIEZA. Cultura a culturismo.

LA LETRA

Cultura es a culturismo lo que sentido a sentimiento, ¡Ah! / Sentido es a cultura lo que sentimiento a culturismo es. Sentido es. Sinsentido es.

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Renuncia y proporción

Releí Autarca. Mi último trabajo acabado y aún por editar. El libro, cuando lo compartí con muy pocos, hizo que de entre ellos un amigo me gritara en casa. No importan los detalles. Con el título compilé entre los míos una rosa de los vientos.

En lo que me suscita revisitar mi tebeo he reconocido fiel y sosegadamente por qué tras éste no habrá más de lo tan obsesivo compulsivo mío dibujando novelas gráficas. Lo anuncié hace años: El paroxismo de lo que pretendo contar en lo que dibujo, lo que señala el poema, pasa por que no importe andar dibujando. Hay un silencio que vale más que cualquier criterio y solo contemplando su timbre, en lo que acontece allá, catando esa quietud en el proyecto de ser imperturbabilidad, merece la pena dibujar o hacer cualquier otra cosa. A la contra, cualquier vanidad, enmascarada o no, es una ruidosa, hambrienta y sofisticada maltratadora.

Todavía me gusta hacer comics porque hay cosas que siento importantes y que inevitablemente no dije aún, o que, mejor y del mismo modo, no expliqué bien porque dentro no cabe dentro aunque me empeñe. Así, al igual que sólo dibujaré novelos gráficos cuando hacerlos reclame su sentido, no suicidaré lo demás.

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Lo alimenticio (IV)

Click!

Acá dos páginas desordenadas de las veintitrés que he tenido gusto en hacer para el proyecto editorial Patrícia Pardo. Obra escollida (1996-2017), de Comissura Edicions (Patrícia Pardo Arts Escèniques).

 

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Reseñas HERNÁN ESTEVE (VI)

Laura Barrachina en LA HORA DEL BOCADILLO de Radio3. Entrevista.


Señor B en METRÓPOLES DELIRANTES.

Esta nueva obra de Hernández, viejo conocido de la escena fancinera hispana, está editada por la granadina Libros de Autoengaño y tiene un declarado tono autobiográfico. En un ejercicio de desdoblamiento y de sinceridad brutal el autor desnuda cuerpo y alma, a través de un alter ego y de su propio personaje va desmenuzando cosas de su vida en las que cualquiera puede reconocer su infancia, su juventud o su madurez, o todas a un tiempo, porque este libro tiene algo de generacional. Sigue leyendo.

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Ocio hostelero (VII)

Esta noche hemos cenado cuatro amigos. Dos parejas. Mi chica estaba y es especialmente guapa. Pagamos la cuenta de la fritanga antes de tomarme un cortado y como me apetecía, tenía medio sueño y lo verbalicé, mi muy compañera y yo arriamos a una cafetería de piñata destruida. Café allí que en el barrio es el mejor, además.

Pido mi cortado y sólo eso para los dos porque el plan es ni sentarse. En vista de que el dueño está a buenas, mucho, le pregunto confiando en el criterio de su negocio si en nuestro proyecto de comprar una máquina doméstica para hacer expreso hay algún extra que debamos tener en cuenta. Él, amable, rodando su oficio y paciente de más con la cerveza de nuestra cena así como con, por qué no, sus propios estupefacientes en sangre, nos explica que las máquinas de monodosis están listas para el mejor café y que la primera división de éstas pornografías está fundamentalmente en moler cada dosis que se va a consumir. Así, gloria. Todo bien. Pero de la barra sale un tipo con cara de niño y cuerpo exvigoréxico que encadenando parrafadas y mirando muy fuerte a los ojos celebra a mi chica, que no da crédito. El tipo tiene rasgos y anatomía de esclavo persa; de película bíblica, barata, de sobremesa. Un extra de teleserie flácida. Puro atrezzo. Actor de bocadillo que me llama chaval y a mi ella, nena y gatita. Gatita, amijos.

El tipo, mientras torea al dueño desde dentro de la barra le insiste a la galantería de folletín y a la verborragia, y cuando para acercarle un poco más la polla a mi siempre paciente pareja me pregunta cómo me llamo, le contesto que Chaval. Él, deprisa y adjetivando como en la jerga mal doblada de las películas de Tarantino, como el peor Nicolas Cage, en un juego de piernas zanguango habla de China y me llama hijoputa. Yo miro a mi chica y ella me mira a mí.

Previamente había pagado mi consumición, casi por adelantado, pero desmemoriado, un poco desbordado de circo y como cortafuegos preventivo pido otra vez que alguien, rey o lacayo, me cobre. El jefe me da otra cifra, diez céntimos menor que la primera y cuando caigo en mi olvido me niega que ya le pagué. Como no estoy ebrio pese a mi cervecear cenando, a su no recordar le hago la moviola de nuestras previas distensiones cordiales. El tipo reacciona, se disculpa dos veces, sigue lidiando con el prescindible de rizos largos engominados, y hablando especialmente bien de éste su palmero lo saca del saqueo cerril contra mi pareja. Nos despedimos, y despedidos de allí en estampida, en reconstruir el esperpento camino a casa, entre las risas y el descrédito, en preguntarnos y compilar qué le pasa al mundo, me callé que para pulirle las aristas al bufón le dije después mi nombre, y él entonces, y sobre todo para este texto, con quien me puso el café celebró en un abrazo el Nico con que se bautizó.

¿Qué me queda, Nicolás, pollo sin cabeza, sino por añadidura a esta crónica cagarme en tus muertos pisaos? O aún peor, infeliz, sobre todo para ti que seguro que de tan galán de medio pelo follarás con incautas a quienes primero desestabilizas: tu dinero llama a dinero. Nadarás en una piscina de monedas.

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A cada cadáver, lo fecundo

Sacrifica. Algunas prácticas quirúrgicas son con motosierra. ¿Qué estás negociando? ¿Qué es eso neto que quieres del otro, del amigo, del próximo? Y sobre todo ¿Con qué estas sustituyendo la soledad? Vivimos irremediablemente aislados en nuestras celdas más o menos urbanitas, así que demórate en la propia. La globalización es el sueño húmedo de los idiotas, persona. Mora despacio tu celda y como un gobernador ejecuta anatemas. Contémplala. Cata lo agrio y no sustituyas la emoción que te arrolle por lo que creas que será estar habitualmente solo. En la perspectiva de la renuncia social, en ese pánico, se han cometido los peores suicidios. Cualquier huerto se llena de malas hierbas porque la entropía también es entre humanos. Pero a cada cadáver, lo fecundo. No negocies y actualiza: aceptación o exclusión. Hay demasiada gente en el mundo como para llamar amigo a quien no ocurre amable.

Después en vacación, en la ausencia de toda acción acá social, en chequearse solitario, hay un preguntarle al cuerpo pensando con él y un conocer a los sentidos de punta. Donde los sentidos dan sentido y muchos sentimientos son a éste lo que un culturista a cultura o una esteticién a estética. En intimidad la mirada y la escucha contemplativa, el tacto tanteando, el oler respirando y el sabor sabiendo. Permanentes antenas a menudo entumecidas porque entre lo sentido y lo advertido, laberinto. Donde la mirada del otro hace de metrónomo panóptico y nihilizador.

La misma distancia insalvable aleja a la masa, a la gente, al público o bien al sujeto y sujetado social del prójimo, y tantas otras capas más al próximo de éste para que, de esa escalera, tanto así deconstruya y luego construya la carne de aquel, su carne, lo carne, que de cerca se queda en casquería mandando lo humano a la mierda. Objetos, porque somos flanes con pelo.

Mal e inevitablemente cualquiera sustituye al otro sea familia, enemigo o compañero por la idea que tiene de ellos. Cada otro, cada caso. Sustantivándolos, calificándolos, adverviándolos y después demandándoles contenido. Insisto. Todos, aunque hay grados, malvendiendo la propia soledad al proxeneta Don Incertidumbre y a su excelentísima tropelía.

Intenta habitarte, anfitrión. Desimanta a todos los tuyos de las ideas con las que los sustituyes. Lo he dicho del tebeo patrio. Lo que quede del naufragio de mi negarme entero valdrá algo.

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