Esteban Hernández

GENERAL

Prosema (III)

Gracias. Gracia. Gratis. Regalo. Entrega. Don. Perdón. Ágape. Y que a unas gracias por algo, si las hay, le han de corresponder, responder, el silencio, la escucha; porque no es a uno a quien (le) agradecen.

Cuando advertidas, se dan a de donde vienen, a de donde fugaron; no al cartero. A la filia, al eros, y ojalá al amor y adiós. Al porque sí del girar una esquina y que aparezca otra calle.

Pero bromeé, idiota de mí, esta tarde. Ay. Olvidé que ellas no son hacerlas, que mejor no bromearlas porque nadie es su recipiente ni hacedor suficiente.

Coincidir no se lee, ocurre. Las gracias se derraman pacientes, ellas no negocian.

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Ocio hostelero (VIII)

Anduve con toda la calma que me pedía el cuerpo merendando por la calle después de trabajar y observé que no somos dueños de proporcionar cómo caminamos. Que, por ejemplo, cualquier semáforo hace de metrónomo, generalmente al trote.

A pocos metros de donde quedé, dejando atrás haber peleado las prisas, pasando por el extremo de una plaza, tres voces gritaron mi nombre desde una terraza abarrotada. Medio me asusté y girado no reconocí a nadie. Buscando mejor entre las caras encontré a tres personas, tres, que han sido desde siempre cariñosas conmigo. Me acerco feliz a los siete más con quienes estaban, les muestro interés sincero por su reunión y cuando en mi despedida subrayé que me alegró mucho verlos y sintetizo desde el lado opuesto de la mesa que pongo en valor, porque no es normal, que hoy nadie saluda a gritos -ninguno en la mesa bajaba de los cuarenta años- una voz escondida allí dice sin cara: «Sí, anda. Corre.», y retomé mi camino a la vez. A mi espalda tronaron carcajadas.

«No hacía falta agradecer nada» le explicaron después a mi relato en casa. Y así es. No falta algo así. Nadie así. No hay demanda. Y sí la hay, sí, a la vez, en su anverso, porque cualquiera vive autoafirmándose. Expiando chivos. Así comulgan los más.

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Prosema (II)

No quiero estar con tontos. Donde mi padre, mi madre y mi hermano lo son. Donde mi chica lo es. No quiero estar con tontos.

Pero un tonto es un atónito en su profundo sentido ¿Y no fue lo presocrático puro asombro? ¡Aún lo habilita!

¿Y no peleé allá en mi estupefacción una compañía, una comunidad, o apenas un alguien contra mi soledad? ¿Y no será así, mi soledad, mi propio desierto? ¿Y no ocurrió mi propia angustia, mi angostura, rastreando allí?

Un desierto es un espacio abierto, la contra de lo angosto. Andar a oscuras es confiar en lo que nadie anuncia.

Luego, qué listo que lee, elige y se hace a sí mismo selector puedo querer yo entre los muy míos si cualquiera así, desde su en sí, sólo escucha al mundo para ordenarlo. ¡Para sus ordenanzas!

¿No serán los míos, como yo, los tontos; los que no acertamos desde nuestro asombro disparando una y otra vez a la diana? ¿No es cada disparo una tontería?

Y pongo en juego acá, pensado con el tuétano, confiando en la contingencia random, aceptando lo que ocurra en mi fe, que es la desesperación de saberme perplejo lo que me espanta y os califica.

Sólo sin ego, sujetos, objetos y proyectos coincidirán con lo que son.

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Uno y trino

LA PIEZA. Cultura a culturismo.

LA LETRA

Cultura es a culturismo lo que sentido a sentimiento, ¡Ah! / Sentido es a cultura lo que sentimiento a culturismo es. Sentido es. Sinsentido es.

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Renuncia y proporción

Releí Autarca. Mi último trabajo acabado y aún por editar. El libro, cuando lo compartí con muy pocos, hizo que de entre ellos un amigo me gritara en casa. No importan los detalles. Con el título compilé entre los míos una rosa de los vientos.

En lo que me suscita revisitar mi tebeo he reconocido fiel y sosegadamente por qué tras éste no habrá más de lo tan obsesivo compulsivo mío dibujando novelas gráficas. Lo anuncié hace años: El paroxismo de lo que pretendo contar en lo que dibujo, lo que señala el poema, pasa por que no importe andar dibujando. Hay un silencio que vale más que cualquier criterio y solo contemplando su timbre, en lo que acontece allá, catando esa quietud en el proyecto de ser imperturbabilidad, merece la pena dibujar o hacer cualquier otra cosa. A la contra, cualquier vanidad, enmascarada o no, es una ruidosa, hambrienta y sofisticada maltratadora.

Todavía me gusta hacer comics porque hay cosas que siento importantes y que inevitablemente no dije aún, o que, mejor y del mismo modo, no expliqué bien porque dentro no cabe dentro aunque me empeñe. Así, al igual que sólo dibujaré novelos gráficos cuando hacerlos reclame su sentido, no suicidaré lo demás.

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