Esteban Hernández

GENERAL

Poma (I)

Tan esclavo del texto, tan mal dueño mí mismo. Y una verborragia, mía, que no deja que el otro ocurra: Un vaciar la despensa, un padecer la dispensa. Qué mal y qué mal. Porque cuánto amor paciente recibí y cuánto excurso incontrolado, como una nausea, a cambio. Me vacié. Quemé todas las naves. Todas ellas. Y sólo tengo ahora un fraseo que registra mi pena, éste, que es mal poema, pero atesoro.

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Gobierno y desnudo

No hace más de dos días, pensando con el cuerpo, arrollado, me angustié del hecho más que probable de terminar la vejez sin haber entendido nada.

Luego, pese a mi confianza testaruda, que en rigor es fe, en la experiencia por escrito de quien más capaz que yo, mucho, sintió y se preguntó lo mismo con más disciplina, decidí que aunque todos aquellos pormenorizaron lo frontal -y sólo lo particular explica el mundo-, el mundo entero escapó de todas las apuestas. Explicaciones pospuestas, más que apuestas, de su devenir. Armazones para toros pasados. Donde, seguro, que el mundo no tenga sentido y que no haya nada que entender es una propuesta tan lógica como paradójica.

El traje a medida que pone, supone, propone y recoloca a las cosas mismas el canon de absolutamente todas las administraciones humanas de sentido no cubre la carne que es, si no el mundo, lo tan desfondado que éste está en sus génesis y en sus ahoras. En el fondo, lo desfondado. Y, seguro, sólo dejando que lo imposible participe, suceda, sólo encajándolo como el crochet acaparador que golpea y además estruja, uno en vez de dar manotazos de ahogado, se sabe ahogo. Y es mucho ahí. Y pese a que a menudo es inhabitable, mejor eso que intentar desesperadamente agarrar espejismos o peor aún, a algún prójimo al que hundir con nuestros pánicos hablándonos de amor y trayendo al mundo a, como mínimo, más de lo mismo.

Hay un ejercicio de humildad que, lo dije y lo repetiré, tiene como práctica exclusiva la humillación, aunque sea más sensato no buscar rémoras donde sólo hay dispensadores de maltrato. Dosis de burla; recuerdos invasores de aquellas todas nuestras pequeñas torpezas amplificadas; o por imposición de quien quiere la plusvalía de nuestra fuerza de trabajo a cambio de un salario que no sazona, cuotas de menoscabo con intereses leoninos.

Y aunque pocos amigos haré y pocos he hecho con esto, propongo contra casi cualquiera un ser, un hacer, que es valiente sin épica ni comunidad desde lo autodidacta por goteo. Un eyecto, un lanzarse a la inquietud, que prefiere la experiencia del catar poco a poco ciertas hieles que aunque amarguean, explican. Propongo tratar al desamparo que empantana en la humildad. Conocerlo y reconocerlo a cada inundación. En ese barco remo.

La gente habla entre sí. Recuerda que es fácil que tú con tu mejor amigo despotriques de tu pareja en ocasiones o que los cabreos cósmicos con tus grandes amigos se los cuentes a ella, y así ¿quién es el nosotros y quien el ellos? O más bien, cuándo. Comunidades según nos rota. Lo que has oído decir, o peor aún, cómo has oído decirlo del compañero, desde el humor o el asombro, es tal y como explican de ti las pequeñas confesiones que hiciste cuando vivías en un nudo. Y si no, sólo explicando diferencias entre diferentes, ahí inevitablemente todos y yo especialmente consciente, uno a uno, somos el tercero excluido, el que es o A, o es B, o todavía peor, el que no coincide consigo mismo.

Es tan ontológico como óntico. La carga emocional, la psique torcida, el encadenado podrido de recuerdos e imaginaciones son el eco de algún alguien en el pensamiento. Creo que a cualquier estado de ánimo lo precede un fantasma. Y propongo usar la estructura del freudiano pensarse y localizarse emocionalmente a través de la figura del padre o la madre pero, por qué no, con los disparadores que son cada otro para los propios y aparentemente espontáneos estados de ánimo. Es difícil localizarlo a veces pero tengo cotejado que a cada emoción torcida le precede un espectro.

A golpe de aceptación de la otredad del otro ¡de quien sea! se diluye el dolor. Es pura hiel de entrada, ya lo dije. Pero rescato de ese penar iniciático que en su contemplación en vez de en la deriva del pensamiento, negándole al sufrimiento tener que hacer o deshacer en consecuencia justiciera, la paz ocurre. La serotonina que le corresponde a estos ejercicios es la fiesta del sosiego, después, en soledad.

A cada vez y en cada inevitable derrota se pone a prueba cierta resistencia, pero lo que nos implosiona nos ensancha. Así, por ejemplo, en todo picor que soy capaz de aguantar ocurre el mismo proyecto de imperturbabilidad para cuando y cuanto todo es la mierda, no entiendo nada, duele o parece una amenaza.

¿Qué coño es esa exigencia imantada del mundo que reclama hechos? ¿Qué quiere el prójimo de mí interpelándome hasta en silencio o desde la fantasmagoría? Y seguro, cuando veo a cualquier mujer explosiva, igual. Cuando tengo hambre y huelo comida, lo mismo. ¿Y qué tal que, si no renuncia, grados de separación? Porque entrenando, la imperturbabilidad en el cauce pacífico de mi pensamiento es poder como verbo: un yo puedo contra las redes de los administradores administrando. Un gobernarse en silencio dentro de laberintos, desde la experiencia taxativa de que todo es laberinto; de que todo es red, autoridades autoproclamadas y grupos de presión a cualquier escala y de todo pelaje.

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Un no y sí caminar

Hay algo básico en entintar que siempre me ha dado igual. De momento lo voy a ensayar en digital y en el cuaderno de campo. Acá la página de prueba que me ha hecho recular. Y no. Después de haberla parido y odiarla me reconcilio con ella. Ay, doctor.

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Don luthier

De entre todos los anormales que hoy por hoy llevan más de una década de relación monógama, de entre todos ellos, anormales que no subnormales, solo dos parejas superan lo mío con mi chica. Una amiga de entre aquellos, no hace mucho, en petit comité (del terror) me confesó que para con su relación había una canción de Wau y los Arrrghs que la representaba meridiana. Nunca la quise y nunca la quise querer, acá «lo», aún aúlla el tema, y claro, mi colega cuidaba del hijo del primer matrimonio de su pareja y decía sentirse, además de harta, una completa embustera.

Contradictoriamente, después, en su profundizar, aseguraba que en nombre del respeto que sentía por su chico y su hijastro, ellos y sólo ellos merecían algo más auténtico.

A ojos de prójimos y próximos su familia era la metáfora perfecta del amor. La posibilidad de una relación duradera, un modo del compromiso existencialista. Y cuando pronto hablamos de monjes cartujos y santos vivos trapenses al hilo de ese compromiso con la vida, ella medio decidió fantaseando querer pasar una semana sola en alguno de esos monasterios camperos que tienen voto de silencio y hospedaje.

Entonces, providencialmente, sustituyó durante el pasado puente de la constitución aquel entorno espiritual por diez días de sencilla soledad. Los suyos viajaron de visita funeraria a un pueblo del interior.

En orden, después, me dijo: Es fundacional vivir intermitentemente en soledad. Me dijo: La mayoría de divorcios ocurren en septiembre, tras convivir en vacaciones. Y sobre todo desarrolló que no nos alimentamos del mismo menú ni a lo largo del día, ni a lo ancho de cualquier hostelería local. Exactamente igual, en tanto que alimento, para con el abanico de los que elegimos a nuestro lado, para los que también somos elección, aseguraba: me advertiste de que si no tengo tiempo ni espacio es fácil que la propia psique los busque, los encuentre y ponga en juego lo que me importa en favor de eso tan sencillo que es el tuétano si me inundo de prosa, o lo frívolo si me inundo de lírica.

¿Eres acaso un afinador de cítaras, de liras? Me preguntó agradecida riendo en una sobremesa. Y eructó.

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Ocio hostelero (VI)

Sólo un heavy estanquero del Opus te coge del cogote a traición en mitad de un discoteco preguntando primero sinceramente qué tal estás. Estanquero y del Opus Dei. Del cogote. No sé si lo explico guay.

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Reseñas HERNÁN ESTEVE (IV)

Jesús Jiménez en RTVE (entrevista)

Convertido en un referente del cómic nacional gracias a sus obras autobiográficas, Esteban Hernández (Ciudad Real, 1979), también es el dibujante más sincero y osado del cómic español. Sus obras nos hablan de emociones y sentimientos y nos invitan a reflexionar sobre nuestra propia existencia. Su nuevo cómic, Hernán Esteve (Libros de autoengaño) es un espejo en el que se mira y nos invita a mirarle y a mirarnos a nosotros mismos. Sigue leyendo.

Rubén Varillas en CULTURAMAS Y LITTLE NEMO’S KAT

Podemos arrancar esta reseña con un match ballHernán Esteve es el mejor cómic de Esteban Hernández hasta la fecha; lo cual no es decir poco. Lo es por su honestidad sonrojante, por su empleo del género autoconfesional hasta asfixiarlo y porque desde la primera página Hernán Esteve te agarra, te zarandea, te ruboriza y te suelta al final con un sopapo en la cara en forma de beso, que te deja pensando si no sería necesario que todos hiciéramos algo más de introspección sin frenos como la que se desarrolla en sus páginas. Sigue leyendo.

Yexus en la web de la librería NEXUS-4

La singularidad del trabajo de Esteban Hernández ha motivado una trayectoria centrípeta que comienza en la industria de la novela gráfica y la revista comercial para derivar hacia la autoedición y el fanzine, a medida que su obra se radicaliza en propuestas cada vez más personales y novedosas. Prueba de lo primero son títulos como PintorSuéter o El duelo y las revistas El Jueves o Tretzevents. Y muestras de lo segundo lo suponen los fanzines Usted y Míster o la autoedición de Nada y Spleen. Y a medio camino entre ambos polos se encuentra este título, publicado por la editorial alternativa Libros de Autoengaño, un sello independiente que también ha acogido la obra de autores tan valiosos como Carla Berrocal o Borja Crespo.

Hernán Esteve deja claro desde el título la relación directa entre el autor y el protagonista. Que realidad y ficción converjan en las viñetas en mayor o menor medida importa menos que la cuidadosa construcción del personaje y su compleja circunstancia. El argumento se centra en la trayectoria vital del propio Hernán, desde la infancia hasta una actualidad que le encuentra anímicamente reflejado en un fanzine realizado por el propio Hernández. Con el tono intimista que le caracteriza, se muestra profundamente introspectivo a la hora de describir un proceso de maduración marcado por la perplejidad en casi todas las etapas e incidiendo especialmente en la sexualidad, aspecto que determinará su equilibrio emocional y el encuentro de su propia identidad.

En el capítulo gráfico, el autor ha ido radicalizando progresivamente su dibujo hasta alcanzar altas cotas de expresividad y rozar gratamente el esperpento. Por añadidura, la primera mitad del libro transcurre sin bocadillos ni textos, lo que supone un eficaz y meditado ejercicio de narración mediante puras imágenes. El desenlace brinda un nuevo juego metalingüístico, original pirueta que enfrenta especularmente a personaje y autor mientras ofrece al lector un  inesperado guiño de complicidad.

 

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