Esteban Hernández

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Reseñas HERNÁN ESTEVE (I)

Alejandro Álvarez en AGENDA URBANA.

Más que un anecdotario, Hernán Esteve es una pincelada histórica de Esteban Hernández, quien nos muestra parte de su bagaje histórico que le ha forjado como persona, amigo, dibujante y poeta. Hernández nos conduce por el camino que ha recorrido y lo hace desde la sinceridad, mostrando parte de los cimientos que le mantienen en pie. Maneja un metalenguaje desde el cómic, en el que el lector puede llegar a indentificarse y sentir que ha sido él mismo quien tuvo esas vivencias. Esteban vive su presente desde el sosiego y nos hace partícipes de ello con este libro.

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Álvaro Pons en LA PINACOTECA DE RADIO de, otra vez, el bueno de Alejandro Álvarez.

 

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Ya en librerías

Hernán Esteve, mi nuevo tebeo largo ya está en librerías y grandes superficies. Cuesta 16€. ¡Precio popular y furioso!

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NADA · Camisetas

En Tenderete y allá donde vaya con mis fanzines y prints tendré camisetas de NADA a la venta. Negro, magenta y flúor. NADA es un tebeo largo que autoedité en 2015. Sigue vigente y todavía me representa. ¡Píllalo aquí por 10€!

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Traición de un ejercicio imposible

Hay un uno en mí que quiere meterle al mundo el puño en la cara. Hay otro, también, que cuando vive enfocado es practica espiritual y sosiego. Hace un mes entendí que si el sustantivo es humildad, el verbo es humillación, pero esto no lo aprueba casi nadie y tiene unas prácticas de escasísimos especialistas. Normal. No vivo de espaldas al mundo. Yo quiero ser más justo que justiciero y así disuelvo el nudo. Ocurre que en la meditación, en el buen hábito de sentarse a no hacer nada despierto y atento, si en vez de cerrar los ojos cualquiera se demora en una manzana, en un vaso de agua, en la pared de su dormitorio o en las propias rodillas, la cosa misma, cualquiera de ellas, se desnuda de lo que ya le conocías y se muestra como es. Uno es testigo de lo elegido y sobre todo experimenta que la palabra que nombra al objeto no abarca al objeto nombrado. No lo cierra. No lo alcanza.

Ocurre que si decido y practico dejar que las cosas sean en su sagrada naturaleza, en lo nato, en lo nacido y frontal sin inmiscuirme contra ellas ¿por qué no dejar que el otro, los otros, los prójimos sean manteniéndome al margen y dejándoles hacer?

Si bien, esta es la historia de ese ejercicio imposible y de mis traiciones contra él.

El otro día cogí un autobús de Benidorm a Valencia. Subí y me acomodé en mi asiento numerado. El cuatro: uno de los primeros del combo, justo delante de la luna del vehículo, a la derecha del conductor, detrás de las escaleras de acceso. Con el cinturón puesto, con el autobús a medio llenar, una señora de muy mala gana me dice que estoy sentado en su sitio. Ella afirma que sacó el billete hace un mes. Yo tengo el cuatro, respondo con educación, ¿en su billete qué pone?. Yo tengo el cuatro, repite. Su hijo y todavía creo que principal sufridor iba con ella y callaba. Así que buscando solucionar la situación le ofrezco un a mí no me importa sentarme en su asiento. No es eso, replica ella aún hostil, yo tengo el asiento número cuatro porque saqué el billete hace un mes. Cada vez más angustiado por lo cerril de la vieja le explico: Eso a mi no me importa, pero si usted quiere yo me siento en su sitio y les cedo el mío. ¿Cuál es el vuestro? Le pregunto al hijo. El siete y el ocho. Ok, sin problema. Y mientras me estoy levantando, la señora, como si la hubiera ultrajado refunfuñaba un “faltaría más” y un “estaría bueno”.

Yo, aunque medio aturullado por el maltrato gratuito sé bien por qué me he comportado así y desde la paradoja inconfesable me relamo del porque sí de lo humilde. De cierta ética de la debilidad. De un ejercicio de humanidad a través del cual el loco puede desarrollarse como loco o el avaro como avaro sin mí, sin que yo interfiera o, al menos, dejando la menor huella posible en sus desproporciones. El proyecto, digamos, fue el de un árbol en la calle que puede dar sombra, color, flor, provocar un accidente o arder y pese a todo está ahí, vívido y en el mundo, con quienes como la luna, el cielo y el agua son pacientes e indiferenciados. Al sol le da igual, he dicho a menudo salvando escollos. El cielo nos sobrevivirá y la noche de detrás del cielo es la unidad de medida. ¿Qué le importa a nadie dónde me vaya a sentar si a cambio dejo que el mundo, bueno, malo y lo contrario, ocurra tal y como es?

Y justo cuando pongo el huevo detrás de la señora, fuera de su campo de visión, veo que otra señora ultramorena, rubia oxigenada y con una permanente imposible exige su asiento. Ella compró el número tres. La segunda mujer se enroca y la tarada de la primera habla cada vez más hostil. Por último, el conductor sube y pone orden.

Un chico me dio la razón, miente la vieja loca sin saber que estaba detrás de ella, y como el conductor me miraba pidiendo una explicación mientras la señora también se le encaraba, aclaré sereno que aquella mujer tenía gusto en sentarse en mi asiento y a mí no me importaba cambiarlo. A mí si me importa, espetó la nueva, y zanjó el asunto el conductor con un inesquinable todo el mundo al asiento que le corresponde. Pero todavía aquella primera mujer continuaba diciéndole al piloto que ella sacó el billete hacía tiempo y blablablá. Él, indiferente y resolutivo de nuevo le recordó que los asientos son los del billete.

Final feliz aunque la señora no podía verse callada. Sentándose en su asiento de mala manera la oigo sentenciar un No saben quién soy yo; y en carretera continuó blablando al hijo de todos los sobrinos, nietos y terceros que decía tener de coronel, capitán general y almirante.

La dejé morir en su rechinar dientes poniéndome los auriculares pero entonces dudé terriblemente de mis prácticas y me arrolló la sensación de derrota y vergüenza que sufrí demasiadas veces como cada cualquiera entre familiares, en el instituto o entre los que decían ser mis buenos amigos. Así que cada vez más amargado, más enfadado conmigo por perpetuarme en las dinámicas de aquel pobre chaval que fui y sufrió; cada vez más y más estropeado por el anhelo frustrado de venganza de aquel Estebitan me digo “necesitas un símbolo, algo que cierre la puerta de éste asunto; algo medio inocente que te pacifique”. De modo que con la cámara del móvil, usando el objetivo del lado de la pantalla hice esto:

No hubo consecuencias. Por último, recién llegados a la estación de autobuses de Valencia fui a mear y a mi vuelta a la señora la habían aparcado en un rincón con las maletas. Fumaba un cigarrillo. Pasé por su lado mirándola, sorbiendo mocos, y al alejarme en soledad por las escaleras mecánicas la señalé con el dedo unos segundos buscándole el oprobio definitivo. No me vio. La señora estaba intentando movilizar a dos conductores que al cruzarse se saludaban ninguneándola brutalmente.

Final feliz. Pero boicoteo mi proyecto de disolución del yo porque necesito un saco de boxeo colgado del techo. Quizá necesito sentarme a escribir más a menudo. Quizá algunos dibujos. Pero final feliz.

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