Esteban Hernández

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Ocio hostelero (V)

Me estoy despidiendo de un colega un jueves a las dos de la mañana frente al portal de mi casa después de una birra por el barrio. Del cajero de al lado sale un tipo, que duerme en él, pidiendo un cigarro. No fumo, contesto sereno. Mi colega le ofrece uno de liar pero el pavo no atiende y nos cuenta su trueno. Que si la luna, que por cierto está llena, es Dios, que si la mafia puede matarlo en cualquier momento de un disparo en la cabeza, que si su mala suerte tal porque en Marbella noselqué, y para cuando empalma con que parezco secreta porque eres guapo confesando serlo él también, mi compañero le ha liado el cigarro y se lo ofrece. Ni lo mira. Está ido y yo no veo bien qué hacer. Mi amigo da muestras de tener callo y lo trata con normalidad. Yo a lo que llego es a chequear el afuera, el adentro, y a rodar mis mecanismos de meditación: relajo, miro los edificios, al cielo, normalizo que todo es transitorio, decido recortar cualquier contacto visual y en consecuencia se me destensa la espalda y los músculos de la cara. Aquel capta algo y se centra en mi colega. Nos regala un minuto más de deriva y mi amigo le corresponde despidiéndose de mí otra vez con un abrazo extra. Me pone a huevo largarme pero ¿los dejo solos? y ¿debo meterme en el portal para que me fiche de vecino? Hago las dos cosas, ay, pero todavía desde el tiro de la escalera, dentro del portal, llamo por teléfono y pregunto ¿necesitas que regrese? Mi colega dice que todo va bien, que no me preocupe, así que por fin subo y al rato desde casa los veo juntos alejarse calle abajo. Quince minutos después recibo un “Todo bien. Abrazaco”.
 

Sobre Hernán Esteve

Hace muchos años un factótum del tebeo nacional me mandó a por café. Hace muchas semanas, demasiadas, me senté a no hacer nada mirando la pared. Hace unos días acabé todo el dibujo de mi nuevo tebeo largo. Ciento veintisiete páginas. Autobiográfico.

En Hernán Esteve cuento una historia de persuasión. Un sufrirle la moneda de cambio de la amistad y la ayuda desinteresada a un homosexual reprimido. Ocurre que dándola a leer a pocos pero buenos amigos y familiares me he encontrado (o el libro ha encontrado por sí mismo y me ha explicado) que hay una estructura machista que se salta géneros y está monstruosamente normalizada. Muchos sabéis que feminismo es paridad, no lo femenino. Yo en su calado tengo advertido que hay mujeres y hombres en las comunidades homosexual y lésbica que son desproporcionadamente machistas. Lo son a falta de un neologismo.

Es muy común que alrededor de algunos enfermos de cáncer broten parásitos que buscan su beneficio. Dinero. No pienses cinematográficamente. Hablo de primos, hijos, hermanos y muy verdaderos amigos. Del mismo modo muchas personas confían en los suyos y acaban en el centro de una tela de araña. Esa es la estructura que, en el marco de lo sexual para mí y contra mí ha sido nudo y resaca durante muchos años. Habrá a quien le parezca una tontería o peor aún, algo tácito y colateral de lo humano. Como si tejer estructuras egotistas, estériles, sofisticadas y sibilinas porque sí nos fuese ajeno.

Mi nuevo tebeo largo es una crónica y una reflexión sobre la identidad. En el guión no explicité algunas experiencias infantiles porque aún me tambalean. Terminaré dibujandolas en algún Usted. También mentí sobre la mejor actitud de algunos amigos históricos para poder enfocar otros asuntos; y hay romances que en el tebeo se intuyen conquistas heterosexuales: Historias del haber podido follar y decidir no hacerlo por logística, sentido común o descuido. Comedias que me reservo.

En la intrahistoria del tebeo, durante los años de infancia provinciana, otros tantos de adolescencia drogada, muchos más de recuperación psiquiátrica sin líbido, dos o tres de ciega ayuda a mi persuasor, más hoy trece extra en mi todavía satisfactoria relación de pareja, ha permanecido un deseo soterrado como un acufeno; procrastinado, permanente y aún más profundo que cualquier tribulación sexual. El deseo perenne de llenar de agua un cubo agujereado; el de un Buñuel muy viejo confesando que se le habían pasado las ganas de follar y por fin podía atender a lo demás. Un generalizado, en definitiva, no follar mucho, sino con muchas.

Y ocurre que amo del todo a mi chica. Que no la quiero como quien eligió algo que quiso y todavía lo posee. La quiero tal y como me asombra cualquier árbol cuando lo miro como se merece. Como a la extrema sencillez del agua. Como a la propia salud.

Hernán Esteve lo publicará Libros de Autoengaño.

Crónica por testigo

Hace un año murió un amigo. Se lo llevó un cáncer.

Recuerdo bien que recién llegado al tanatorio le di el pésame a uno de sus hermanos. En respuesta, además de darme las gracias, abrió y me enseño el pañuelo con el que recién se había sonado la nariz. El clínex, detrás de los mocos, tenía billetes de 100 euros estampados. Él bromeaba desde lo que parecía más descuido que cuajo. Su hermana mayor, muy colega mía, de las históricas, a quien acompañé con gusto, se desmoronaba en su duelo. Ya arrastraba muy mala racha. Yo, sin maldad, entrando inocentemente en la broma tan gratuita y sinsentido que aquel hermano proponía mientras mi colega se encaraba al ataúd cerrado, le pregunté si compró los pañuelos de segunda mano. Sólo conseguí desconcertarlo.

Al día siguiente en la iglesia, cuando al final de la despedida de mi amigo fallecido una de sus primas subió espontánea y emocionada a expresar algunas últimas palabras, como el programa del evento había terminado con una canción en acústico, alguien dijo desde la primera fila, desde donde se encontraba aquel hermano, un secundado, nítido y desafortunadísimo “¡Venga, canta tú también!”

Como pie de página de este texto sirva que hace casi una década un tipo lisonjero se me acercó en la calle para robarme. Decía que no le llegaba para gasolina. Razoné, me dieron igual sus milongas y decidí darle algo. Cuando miró en mi monedero que de las tres monedas que tenía le daba sólo una quiso más y le pregunté si me estaba robando. ¿Tú crees que si te estuviera robando te pediría dinero en vez de quitarte el móvil y todo lo que llevas encima?, razonó a su vez. Como me pides lo que pueda darte -contesté sereno-, te lo doy y me pides más, lo parece. El tipo se marchó conforme con mi moneda y amistosamente me agradeció las virtudes subrayando que no era normal tratar con naturalidad a quien pide en la calle.

Yo a mi amigo fallecido no lo traté lo suficiente y ahora que es tarde lo lamento. Recuerdo que cada vez que coincidíamos en la calle o en algún bar nos cansábamos más de estar en pié que de hablarnos. Esa vaina. En rigor su hermana fue mi verdadera amiga antes de conocerlo a él; antes incluso de que yo empezara a dibujar cualquier cosa. Esa es la cota. Así que desde que ella empezó aquella mala racha decidí ponerle el foco encima. Más aún antes, durante y después del duelo por su hermano.

En la iglesia, al terminar el evento, me nació darle el pésame a todos los familiares que reconocí. Seguro calculáis bien la potencia de, no sé, unas treinta o cuarenta personas llorando intensamente a la vez. Además, durante lo que leyó su único sobrino, su chica y aquella prima a petición del difunto, podía oírse la congoja de toda aquella comunión sollozando y sorbiendo mocos desde el sincero respeto.

En este contexto llegué a la primera fila de la iglesia y encontré al padre de mi colega templado y sonriendo, sobrio de emoción, gestionando aquello casi quirúrgico, hasta distendido, y cuando quedé frente a él con mi abrigo puesto como tantos otros, me preguntó desconcertante, firme y a los ojos si me iba ya. Allí, desde mi profundo sentimiento, pasé por alto y con sinceridad mi asombro y le contesté con la misma inocencia que a su otro hijo en el tanatorio o, salvando todas las insalvables distancias, con la misma transparencia que a aquel que me pedía dinero mintiendo: No, vengo a darte el pésame. Lo recibió e hizo referencia a unas pocas palabras de uno de los textos leídos para todos y redactado por el finado desde el hospital, en donde me mencionaba. Menudas palabritas te ha dedicado tu amiguito, ¿eh?, dijo aquel padre, y sin salirme de la condolencia que se merecía aquella cada vez más extraña persona verbalicé un agradecido y meridiano “algunas”.

Que te den una copia, continuó él.

No hace falta, me acuerdo bien. Lo llevo dentro.

Aquí, ¿verdad?. Dijo señalándose la cabeza.

No, aquí. Contesté tocándome el centro del pecho.

Él sonrió como un comercial, algo así, no quiero exagerar, y zanjó el tema con un muy bien. Le contesté con la mejor sonrisa que pude, pero estaba tan asombrado que cuando le devolví el gesto me nació una mueca. Él debió ver allí su reflejo porque inmediatamente, siendo más rápido en atender al siguiente afectado que yo en retirar mi propia mano de su hombro, noté sin mirar cómo otras dos manos a la vez, no sé de quien, cogían con firmeza el reverso de la mía y la apartaban de allí. Supongo que los familiares que vieron y escucharon qué ocurrió encajaron a su manera aquello mientras estuve meditando en un banco al final de la iglesia qué había pasado.

Muy cerca, en un café amplio, la familia quiso tomarse una cerveza (!) entre los que quedábamos. Mientras entraban todos y se acomodaban pude encontrar entre dos coches dónde encajar solo y emocionado las palabras que mi amigo fallecido, el hermano de mi incondicional y primera amiga, dejó escritas para mí desde la cama del hospital.

Lo dejé salir un poco, lo suficiente, y cuando me repuse retomé dónde tenía puesta la atención. Qué era lo que hacía yo allí. A qué presa de contención estaba yo represando. Cuando por fin entré al café algunos familiares testigos de lo que hablé con aquel padre me miraban hostiles, así que me senté solo al final de la barra, pedí un botellín de agua y enfoqué de nuevo que siempre ha sido mucho más razonable cerrar puertas que andar abriéndolas. Que bastante complicado es el mundo como para complicarlo todavía más. Que si uno no suma ni deja las cosas estar, es bueno no andar restando.

Además recordé aquello tan valenciano de “Los dineros y los cojones para las ocasiones” y con naturalidad me acerqué al núcleo duro de la familia que advertí más o menos unido. Le pedí a aquel hombre, al padre de mi amiga, si podíamos hablar a solas unos minutos. Él se levantó de la silla servicial, salió del centro de atención de los suyos y me acompañó sonriente al pequeño recibidor de aquel café.

Tan nervioso como la emoción por mi amigo fallecido lo merecía y tan firme como lo exigía mi profundo compromiso con su angustiada hermana, le dije a aquel padre que me había equivocado en la iglesia. Fui exacto explicándole que aunque habíamos coincidido en muchísimas ocasiones jamás habíamos tenido la oportunidad de hablarnos despacio; que en consecuencia, por extraño que pareciese, siempre fuimos unos desconocidos. Sorprendido de entrada me negó el asunto, pero en seguida calculamos juntos nuestro historial y nos pusimos de acuerdo.

Reconociéndonos tan ajenos continué explicándole que si había algo que le hubiera parecido desproporcionado cuando le di el pésame en la iglesia ojalá supiese disculparme y tuviera en cuenta que, como todos inevitablemente tan a menudo, le insistí, me equivoco y me equivocaré. Que si su fortaleza no era indiferencia mi confusión sólo podía tener lugar en aquel gran no conocernos. Además, tocando su brazo, le pedí que si más adelante, recopilando, encontraba algo adverso en lo que hice o en lo que dije en la iglesia, me hacía cargo de mis errores y aceptaba lo que él decidiera hacer o deshacer en consecuencia. Me puse tan Dostoievski que hasta me hice cargo de lo dicho y hecho si en alguna otra ocasión había descarrilado en su contra.

Seguido de que él sin reciprocidad le restase importancia a lo que pasó en mi pésame, habló de que su hija necesitaba ayuda profesional. Yo, buscando los huecos para hablar mientras aquel padre razonaba asertivo, sólo casi interrumpiéndolo pude medio exponer que había conocido casos parecidos, los suficientes, de mucho desorden prosaico y que mientras se coma en orden y se duerma proporcionadamente al menos no se empeora. Que una vida ordenada prepara y cimenta cualquier ayuda profesional. Que sólo ese era mi empeño con su hija. Por fin le pedí un abrazo en despedida, me lo dio y ya en paz, de vuelta a mi botellín de agua tardé muy poco en irme a casa. Fue precisamente mi colega quien me pidió que hiciéramos juntos el camino de vuelta al centro.

Al día siguiente por la mañana, mientras hablaba con mi hermano de todo este asunto en casa de nuestros padres aquel hombre llamó al fijo. Mi hermano lo pudo atender y pese a que le insistía en que yo estaba muy bien, aquel aseguraba haberme visto errático y tembloroso. Por último -y por primera vez en dieciocho años- quiso saber si yo estaba tomando mi medicación. Medicación, enfermedad crónica y asintomática, anónimo y apreciado lector de mis fanzines y novelas gráficas, de la que usted sabe más y no explicaré de nuevo ni tan a fondo como ya lo hice dibujando Suéter (Planeta de Agostini, 2009).

Yo quedé preocupado por mi colega, por no saber dónde caería mi apoyo en adelante si a su alrededor tenía yo tan mal cartel, pero claro, pensé entonces y aún me dura que cualquier cosa que se diga en contra o a favor de cualquier persona es refutada por las evidencias de cómo se conduce cada cual por el mundo.