Esteban Hernández

Entradas Por :

esteban

Diecinueve títulos

Todo es vanidad, dice el Eclesiastés. Donde vanidad es la exacerbación del egotismo y a la vez lo vano, lo hueco. El texto bíblico enumera que el esfuerzo, la honra, cualquier tipo de éxito atravesado de cifra, de comunidad, o bien la virtud o cualquier pecado, es en vano. En ambos sentidos: una autoafirmación más o menos camuflada y una cáscara que se lleva el viento. Que, como mucho, a lo único que puede disponerse cada cual es a intentar pasarla bien sin que eso haga de la experiencia una fiesta, porque si todo refrán ordena, El hombre propone y Dios dispone. Sólo depende de la suerte, de algo así, que uno disfrute, y si te pilla distraído ni eso. Así, desde mi propio recorrido, lo suscribo.

He computado desde la extrema admiración por mi encontrada comunidad entre ágrafos, en la familia de Pessoas, Sócrates y desde el relato del Cristo que no escribió sus tropelías, la cantidad de doce títulos (entre novelas gráficas, cassettes, nuevos números de Mister, Usted y etcéteras) acabados e inéditos además de otro novelo gráfico en proceso, más los seis ya publicados de cuyos derechos dispongo por vencimiento de contrato, muerte de editor o bancarrota editorial. Podría decir sumándolo todo y exagerando sin llanto ni soberbia que tengo casi diecinueve trabajos listos para su publicación.

Pese a los buenos hábitos, desde el pasado dos mil catorce mi empeño ha ido minando mis psicologías. Desde entonces estoy peleando publicar fuera del país y este mes hace un año que en silencio pero firme claudiqué de los tebeos; de lo que me retracté al poco por una carambola que aún no hizo carne. Por lo demás, “no money, no honey” y de momento no autoeditaré.

Así, la imagen que utilizo para la espera, para la providencia, para con lo que vaya a ser de lo mío, es la del preso que en su celda hace flexiones y abdominales. Un estar en forma para cuando toque, porque, es bueno recordarlo, hay una línea infranqueable para la voluntad que porcentualmente deja a la vida proyectada un margen ridículo de maniobra. Poco se puede hacer con la fuerza del trabajo o mal rezando.

En estas, le dije a los míos borracho de Juan de la Cruz: «Algo quiere la vida de mí que no me da lo que más anhelo.» Y desde mi último no saber qué hacer, quebrado, decidí meridiano mi entrega absoluta e incondicional. Porque si la Nada se regala existencia a cada contracción del corazón, de los pulmones, o después de cada pestañeo, mejor soltarme de lo que le pido en favor de lo que ella decida para mí por sí misma. Pruebas y experiencias tengo de su don, de sobra, como para confiar.

Mientras dibujo

Estoy intentando concentrarme, mientras dibujo, en el hecho de dibujar, y así evitar las distracciones a las que el cauce de mi pensamiento me lleva. Poner el foco en cómo respiro, en el tacto del lápiz. En silencio y en tramos de pocos minutos. Hay algo que me ayuda a ello, hoy, en especial, porque hay mucho en el acto de dibujar que tiene que ver con lo que me he contado que es dibujar y no con dibujar en sí mismo. Ese algo es hacerlo despacio. Forzar el gesto así lo suficiente. Tenéis que probarlo. El proyecto es dibujar desde y en el amor desinteresado. Que dibujar sea sosiego, que dibujar sea contemplación cristiana, meditación budista, habitar poético y un porque sí. Y no esquinaré el dinero. Ya vendrá si viene. Pobreza y santidad casan. El éxito es otra cosa. Además, no creo en la metáfora de la lucha de clases. No creo en el Edén comunista en la tierra ni en el orden del libre comercio que tenemos instalado, que atravesó la línea de no retorno antes de que yo naciera y ha envenenado el agua y el planeta. Yo creo en la llaga. Creo en Dios, sin Dios ni intermediarios, como metáfora de la Nada. La Nada preñada de mí dibujando cuando dibujar y yo coincidimos. Advertir su generosidad cuando ocurre. Ser testigo y notario.

Un Don, un dar

LA PIEZA:

Reproductor de audio

 

LA LETRA:

¡Eh! Quedaros el mundo, quedaros el mundo. Ese que le regaláis a vuestros hijos. El mundo, la mar podrida, las calles atestadas, los nuevos mitos. Quedaros el mundo, quedaros el mundo. Quedaros el mundo. Ese que le regaláis a vuestros hijos. El mundo, ese que le regaláis a vuestros hijos. ¡Eh! Ese que le regaláis a vuestros hijos. ¡Ese que le regaláis a vuestros hijos! Los nuevos mitos, la calles atestadas. Los nuevos mitos, la mar podrida. ¡El mundo, el mundo!

Ocio hostelero (IX)

Hoy. Hace menos de una hora. Quedé con un buen amigo que bebió vermut deprisa y me dejó con el ánimo de una caña más. Decidí ir solo y todavía sobrio adonde soy bienvenido en el barrio. Ocio hostelero.

Allí, en la puerta, otro amigo sin cena en la barriga, bebiendo desde hacía horas, desfallecía ante mí como un adolescente. Le hago la cobertura porque aunque pedo, siempre ha sido buena compañía y un baterista formidable. Allí bien, juntos, hasta que un tercero entre lo white trash y lo Amish se cuela en nuestra charla y se hace pasar por amigo de mi colega, para quien, a su vez, a sus ojos parecía conocido mío y a quien tolerarle las gracias por educación.

Cuando éste se hace con el monopolio de mi atención en nombre del respeto por mi colega, entre saltitos y carismas hace que mi compañero por sí mismo encuentre hueco para largarse y dos chicas se acerquen adonde estamos. Treinta y cuarenta años respectivamente. Cuando me doy cuenta de que él no es quien le asigné ser, la más joven de ellas y yo llevamos hablando a gusto un rato. Lo suficiente como para acordarme de lo mucho que amo a mi chica, como para hablarle de ella. Lo dejo pasar, me habla de sus grupos de noise en Barcelona y desde mi dejar al otro que ocurra ella simpatiza y se explica. Así, mi estar a gusto escuchando a desconocidos. No hay más. No calculo ningún orgasmo. No me interesa. Y en medio de su relato, de quien no recuerdo el nombre, viene cordial y carismático don Amish y me pregunta en secreto un cómo estás.

Le consteto generoso, más allá del estandar, jugando a que si fuera la EGB estaría en un siete. Que me encuentro en una especie de notable bajo con el animo de expresar que a gusto, porque, aunque no se lo digo, el sobresaliente jamás, nunca en la eternidad, estará en ningún bar entre borrachos.

El amish se gira a mi interlocutora y le dice, a ella, ojo aquí, que he decidido ponerle un siete. A ella. Yo no doy crédito. Yo no quise un numero para lo que estaba pasando. Y como no cabe el contrapunto después de la malavenida valentía, de valor, de precio, de nuestro comparsa, decido encajar el desencuentro en silencio. A la vez, en la distancia, poca, a ella le oigo el asombro y el desengaño todavía expresado con amabilidad acerca de nuestro trato mutuo.

El número no es para ti, le digo. Es para cómo estoy en mi fuero interno. Me ha preguntado a mi, no por ti. Pero nada. La musica alta, mi insustituible pareja en casa durmiendo, que no perdí de vista, el planeta girando y el ocio hostelero gobernandolo todo. A continuación y a lo pobre, ay, intento pedirle al bocachancla barbudo que le explique a quien corresponda que no quería ofender a nadie. Le pido al tonto que explique su maldad pero paro a tiempo. Y me digo, sea. Está bien. No le pidas sentido común a una polla dura.

Escapo a mear y pienso que menuda mierda hacer sentir mal a nadie, como si hubiera tenido voluntad de hacerlo, y paciente, cuando de regreso me paro en mi cerveza, se me ocurre apartarme aun más de donde mis tres desconocidos han decidido dejarme de lado. Beso mi copa cuatro veces más y todavía sosegado por fin me digo: Ok, ya esta. Es lo que calculabas encontrar viniendo solo. Un nuevo texto. Y ahora vete. Ella lo superará, no la conoces ni tienes responsabilidad alguna sobre su opinión acerca de quién habita los bares antes del cierre.

En el Riff de Radio Klara

Nueva entrevista. Nueva verborragia. El bueno de Santi Barrachina desde su Riff en el Café con vistas me convocó hace unos días. Esta vez no hablé de tebeos, lo hice de mis quehaceres musiquistas. De Moneda. Me siento muy agradecido. La entrevista expresa, creo que suscita. Hoy, quizá tarde, desde aquí, un pie de página: cuando hablo en dos ocasiones de la madera y del arbol en la experiencia de hacer musica, me refiero a cualquier baqueta con las que se golpea una batería. Con las que se toca, de contacto. Además: cuando abundo sobre el camal del pantalón en mi pierna mientras tanto, me refiero a notar el tacto en ella o en cualquier otra parte del cuerpo mientras (a la vez) que hago música. Atender a lo postural, a la respiración, a qué está pasando mientras toco y no solo cegarme con los recursos que estudié o, ni mucho menos, jamás, emborracharme con el sentimiento de lo que va sonando.