Lo no esquivado.

Vive un exfuncionario ególatra de suculenta paguilla por esquizofrénico en Ciudad Real con la prescindible afición de escribir y el hábito de regalar sus libros autoeditados por la calle a quien sea. Ya hace años, a éste altivo escritor comarcal tan esquivado lo echaban por acosador de las librerías en las que mendigaba lectores cuando, entonces, intentaba colar sus títulos indiscriminadamente a un precio pactado con los misericordiosos libreros.

En estos días de navidad mi chica y yo nos lo hemos cruzado y me ha reconocido, pero como le iba cantando a lo tontón, en falsete y por lo bajo a mi pareja una letra que ella y yo tenemos en común, el autoproclamado escritor ha debido considerar que estaba ligando así con una desconocida y se ha reído de mí en mi cara al pasarnos. No encuentro otra explicación.

Si bien, he sido rápido sorbiendo mocos con él casi de espaldas, alejándose, y escupiendo en su dirección todo lo que dan de sí los pulmones he medio zanjado el asunto gritándole además un muy pueril «Hasta luego. Para ti mis huevos».

Qué gratuito todo ¿Verdad?

Feliz año.

Lo inútil.

Antes de ayer empalmé. No por nada malo. A veces lo hago. Me quedo currando y cuando amanece hago y deshago lo demás. Todo bien. Echo siesta y me acuesto realmente temprano a la noche. Ocho horas de sueño. Esta mañana, después, no hace más de una hora ya estaba en danza. Lechuza. Lo normal.

La casa estaba helada y desde la cama he querido levantarme a leer, después a maquetar el último Mister y entre tanto me he acordado de que a un conocido del tebeo lo han seleccionado para los próximos premios Angouleme. Me he vuelto a alegrar por él y algo en mí ha dicho: “Si le pasa a él puede pasarte a ti”. Entonces, hechizado, convencido, medio entusiasmado, por fin he hecho café y me he sentado frente al ordenador.

Mal.

Mi gestión haciendo tebeos es espiritual. El poema. No es de ningún otro tipo. Dibujo cómics como quien hace mandalas. El presupuesto de hacer tebeos es hacerlos. Si lo pierdo de vista me mustio.

Son las siete. Buenos días.
Vinyetas texto

Ocio hostelero (II)

Bareto

Como es ya hábito en mí fui a un concierto esta noche. Al acabar, tras llegar al bareto comodín, cerveza y borrachera. En éstas se me acerca una chica probablemente de mi edad y tras confesarme que sigue qué escribo en Facebook y no recuerdo si también en mis tebeos me nace darle las gracias desenmascaradas reconociéndole un axioma: “Te agradezco mucho la atención, de veras, pero nunca he sabido dónde meter estas cosas. No sé qué hacer con el aprecio”. Ella me dice, atención, ella me dice alto, claro, frotándome el pelo y yéndose a la vez un “métetelo donde te quepa”. Y a mí ahora, en casa, después, sólo me queda este texto. No hay moral esta noche desde la que quiera hacer justicia. Ni poema. Sólo estoy yo y el desprecio, e intentaré leer algo en compensación. Pero si hay alguien vivo por ahí, por favor, que me ampare el desconcierto en silencio. Que pacifique a sus respectivos idiotas dándoles la victoria definitiva. Una pacífica. Yo sólo quiero estar tranquilo. Es muy difícil, pero me avalan los muertos y los tibios. Todos. Buenas noches. Buenas. Ojalá.

Ocio hostelero.

El viernes sali a tomar una birra después de cenar. Solo. Allí donde fui soy casi parroquiano pero esta vez pinchaban música sureña, rockabilly, de la blanquita y esclavista. El sitio me gusta, estaba bastante vacío y yo sosegado, así que saqué el móvil para leer algo. Cero redes sociales. Cero periódicos. Estaba y todavía estoy con un texto breve del místico Thomas Merton sobre la soledad trascendida, la voluntaria, en el desierto y en lo social. En lo íntimo. Entonces, centrado, me cae una pelotilla de papel de servilleta encima del móvil. Levanto la mirada y a mi lado en la barra me mira un tipo asustado. Su colega maldisimula atendiendo a ninguna parte, mirando la era. Lo observo lo suficiente como para casi desmontarle el teatro, pero vuelvo a lo mío y Merton me dice: «Muy bien, Esteban. Poca broma. Alguien tiene que rezar en compensación».

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Cómic e Ilustración