Consiénteme el poema

Un hay de haber. Un saber de sabor. Tu boca llena de dientes y carne. Un estar comiendo una naranja y en la justa entrega, en agradecerle el sabor, verbalizar un “¡hostia!” y embutir la naranja en la exclamación. Obligarla a ser palabra, expresión, y reducirla. O “Naranja”, decimos, y chequeamos aquella pieza de fruta en vez de reconocerle la dimensión del disparate.

VinyetaCreo que la profundidad del sabor, del dolor, o de casi cualquier otra percepción es asombrosa; y que si desde lo que nos ocupa concentrados atendemos automáticamente a lo siguiente (o nos despistamos con alguna otredad) es porque nadie aguanta enfocado allí mucho tiempo. Apostaría que ni segundos. La atención sostenida no es humana. La permanente, digo. Tengo cotejado que en la densidad de la sencillez de las cosas siendo, y tras ellas, en el incognoscible, en la nada, no hay permanencia para nadie. No, aunque las bibliotecas nos amparen. Así, bien porque uno se muere, se aburre, porque se despista o porque llega todo lo lejos posible, la dimensión de la vida vívida, desnuda, en cualquiera de sus manifestaciones no es traducible. Intentamos explicarla con los mejores poemas, por aproximación, y sólo la circundamos porque es inhabitable. Porque incluso a poca profundidad es mucho más y no es. A la vez. Si insistes en mirar al vacío, el vacío te devuelve la mirada, te dice quien eres y qué nos corresponde.

En estas, con todo y afortunadamente, la experiencia extática del vacío, o en Hörderlin la del árbol que nace porque sí, o sin porqué y solamente es, nos explica intermitentemente como objetos más allá de las ciencias médicas. Nos espejea, nos inicia, o nos reformula en la misma intensidad gratuita del árbol. A cada vez, ese captar las cosas en cualquiera de sus evidencias sin nosotros, ni euforia ni Dios es fértil. Es intimidad.

El techo y la ampliación de cada cual, es decir, la implosión de uno mismo es la carcajada. Un síntoma. Que estos contenidos susciten una alegría así es cantarle a la vida. No es una metáfora. El problema, en particular, viene de contarle esto a quien tienes al lado y que te mire raro. El otro, cualquiera de ellos, es quien nos gira el vacío a la contra. Es el prójimo y en concreto el dedo acusador de un familiar prescindible, el de algún anónimo en cualquier parte, el del recuerdo abstracto de algún colega maltratador, el de la ley o el de cualquier amor sobreprotector lo que nos exige un orden. Son los demás quienes deciden y acotan lo normal, y en estas, autoproclamados de un modo u otro se pactan tácitamente qué deben significar las cosas y cuando deben hacerlo. Qué es una naranja cuando decimos “naranja”, o en otras palabras, qué no es una naranja.

A ver si os entra

Me siento a leer, otra vez, y de la primera media página del libro llego a la pared que tengo en frente. Me embeleso en ella y bajando por un pilar acabo en el cable de alimentación de mi ordenador. Todo lo que alcanzo a ver me sobrevivirá, recuerdo de una canción, y me asombra que en abstracto, en la permanencia del contemplar ese cable, él no lleguará a agrietarse ni a moverse en un siglo, a la baja, después del último recuerdo sobre mi persona: Todos habremos muerto cuando el cable, por sí mismo, deje de ser cable.

Vinyeta

Sobre el fondo de la pared inmóvil seguí explicándome aquella especie de cuerda, pero no en cuanto al uso que aún le doy o a quién la puso allí ni, tampoco, por cientificar ninguna de sus probabilidades. Me enredé al hilo del futuro que iba a ser y le calculé lo que le esperaba. No un futuro en relación a los próximos, pongamos, dos años, si no a sus inmediatos tres segundos. Así, de este modo, insisto, como el paisaje del fondo no cambiaba, me abstraí de eso que veía en favor del futuro que iba a ver y, efectivamente, ocurría. Era. La experiencia que aún me gatilla esta perspectiva pone patas arriba el presente en un éxtasis.

Por otro lado, si todavía mirando vuelvo a mí y me propongo captar el cable en su ahora, consigo satisfactoriamente enfocar lo que el cable es en su sencillez, pero inmediatamente después, en correlato, me asombra y deja de ser el objeto de mi atención. Lo arranco de su presente, lo trasciendo y solo gestiono su estela. Así, el titular sería: El presente se me escapa cuando lo capto como presente; el presente huye de sí mismo. Si no soy capaz de explicarme, paciente lector, prueba en soledad y en un buen clima a atender a lo que tengas delante en tramos de pocos segundos.

No hay quien permanezca en la conciencia de las cosas. Es imposible. De una manera natural nos separamos de la desnudez de la vida. No es voluntario. De hecho, la conciencia plena acaba por reconocerle a los objetos lo que son sin preguntarles qué son. Lo que quiero decir es que después de reconocerle a, por ejemplo, cualquier vaso el mineral (la roca) de su cristal, la geometría de su vacío y el mapa de muescas de su historial, después de mirar el macro y el micro de su superficie, nuestra naturaleza lo indiferencia y bebemos lo que sea con su ayuda sin darle importancia.

Estos contenidos los intenté explicar en la presentación de un Mister y recuerdo a la gente yendose, las ausencias en los ojos de los que se quedaron y que el desierto avanzaba a por mí.

Saludos.

Cómic e Ilustración