Esteban Hernández

Esteban Hernández

Cómic · Ilustración · Etcétera

Traición de un ejercicio imposible

Hay un uno en mí que quiere meterle al mundo el puño en la cara. Hay otro, también, que cuando vive enfocado es practica espiritual y sosiego. Hace un mes entendí que si el sustantivo es humildad, el verbo es humillación, pero esto no lo aprueba casi nadie y tiene unas prácticas de escasísimos especialistas. Normal. No vivo de espaldas al mundo. Yo quiero ser más justo que justiciero y así disuelvo el nudo. Ocurre que en la meditación, en el buen hábito de sentarse a no hacer nada despierto y atento, si en vez de cerrar los ojos cualquiera se demora en una manzana, en un vaso de agua, en la pared de su dormitorio o en las propias rodillas, la cosa misma, cualquiera de ellas, se desnuda de lo que ya le conocías y se muestra como es. Uno es testigo de lo elegido y sobre todo experimenta que la palabra que nombra al objeto no abarca al objeto nombrado. No lo cierra. No lo alcanza.

Ocurre que si decido y practico dejar que las cosas sean en su sagrada naturaleza, en lo nato, en lo nacido y frontal sin inmiscuirme contra ellas ¿por qué no dejar que el otro, los otros, los prójimos sean manteniéndome al margen y dejándoles hacer?

Si bien, esta es la historia de ese ejercicio imposible y de mis traiciones contra él.

El otro día cogí un autobús de Benidorm a Valencia. Subí y me acomodé en mi asiento numerado. El cuatro: uno de los primeros del combo, justo delante de la luna del vehículo, a la derecha del conductor, detrás de las escaleras de acceso. Con el cinturón puesto, con el autobús a medio llenar, una señora de muy mala gana me dice que estoy sentado en su sitio. Ella afirma que sacó el billete hace un mes. Yo tengo el cuatro, respondo con educación, ¿en su billete qué pone?. Yo tengo el cuatro, repite. Su hijo y todavía creo que principal sufridor iba con ella y callaba. Así que buscando solucionar la situación le ofrezco un a mí no me importa sentarme en su asiento. No es eso, replica ella aún hostil, yo tengo el asiento número cuatro porque saqué el billete hace un mes. Cada vez más angustiado por lo cerril de la vieja le explico: Eso a mi no me importa, pero si usted quiere yo me siento en su sitio y les cedo el mío. ¿Cuál es el vuestro? Le pregunto al hijo. El siete y el ocho. Ok, sin problema. Y mientras me estoy levantando, la señora, como si la hubiera ultrajado refunfuñaba un “faltaría más” y un “estaría bueno”.

Yo, aunque medio aturullado por el maltrato gratuito sé bien por qué me he comportado así y desde la paradoja inconfesable me relamo del porque sí de lo humilde. De cierta ética de la debilidad. De un ejercicio de humanidad a través del cual el loco puede desarrollarse como loco o el avaro como avaro sin mí, sin que yo interfiera o, al menos, dejando la menor huella posible en sus desproporciones. El proyecto, digamos, fue el de un árbol en la calle que puede dar sobra, color, flor, provocar un accidente o arder y pese a todo está ahí, vívido y en el mundo, con quienes como la luna, el cielo y el agua son pacientes e indiferenciados. Al sol le da igual, he dicho a menudo salvando escollos. El cielo nos sobrevivirá y la noche de detrás del cielo es la unidad de medida. ¿Qué le importa a nadie dónde me vaya a sentar si a cambio dejo que el mundo, bueno, malo y lo contrario, ocurra tal y como es?

Y justo cuando pongo el huevo detrás de la señora, fuera de su campo de visión, veo que otra señora ultramorena, rubia oxigenada y con una permanente imposible exige su asiento. Ella compró el número tres. La segunda mujer se enroca y la tarada de la primera habla cada vez más hostil. Por último, el conductor sube y pone orden.

Un chico me dio la razón, miente la vieja loca sin saber que estaba detrás de ella, y como el conductor me miraba pidiendo una explicación mientras la señora también se le encaraba, aclaré sereno que aquella mujer tenía gusto en sentarse en mi asiento y a mí no me importaba cambiarlo. A mí si me importa, espetó la nueva, y zanjó el asunto el conductor con un inesquinable todo el mundo al asiento que le corresponde. Pero todavía aquella primera mujer continuaba diciéndole al piloto que ella sacó el billete hacía tiempo. Él, indiferente y resolutivo le recordó que los asientos son los del billete.

Final feliz aunque la señora no podía verse callada. Sentándose en su asiento de mala manera la oigo sentenciar un No saben quién soy yo; y en carretera continuó blablando al hijo de todos los sobrinos, nietos y terceros que decía tener de coronel, capitán general y almirante.

La dejé morir en su rechinar dientes poniéndome los auriculares pero entonces dudé terriblemente de mis prácticas y me arrolló la sensación de derrota y vergüenza que sufrí demasiadas veces como cada cualquiera entre familiares, en el instituto o entre los que decían ser mis buenos amigos. Así que cada vez más amargado, más enfadado conmigo por perpetuarme en las dinámicas de aquel pobre chaval que fui y sufrió; cada vez más y más estropeado por el anhelo frustrado de venganza de aquel Estebitan me digo “necesitas un símbolo, algo que cierre la puerta de éste asunto; algo medio inocente que te pacifique”. De modo que con la cámara del móvil, usando el objetivo del lado de la pantalla hice esto:

No hubo consecuencias. Por último, recién llegados a la estación de autobuses de Valencia fui a mear y a mi vuelta a la señora la habían aparcado en un rincón con las maletas. Fumaba un cigarrillo. Pasé por su lado mirándola, sorbiendo mocos, y al alejarme en soledad por las escaleras mecánicas la señalé con el dedo unos segundos buscándole el oprobio definitivo. No me vio. La señora estaba intentando movilizar a dos conductores que al cruzarse se saludaban ninguneándola brutalmente.

Final feliz. Pero boicoteo mi proyecto de disolución del yo porque necesito un saco de boxeo colgado del techo. Quizá necesito sentarme a escribir más a menudo. Quizá algunos dibujos. Pero final feliz.

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Fármaco

LA PIEZA:

 

LA LETRA:

Pueblo drogado, pueblo dominado / Lo mismo me sirve si borracho. / Calculé con un colega que donde dinero es política, en este país de servicios / lo antisistema es prescindir del / “por otro lado, bien disfrazado de naturaleza y bienestar, las / fábricas de mantenimiento de carne humana: / Fármaco, fármaco…” ¡Fármaco, fármaco, fármaco…!

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Pueblo drogado, pueblo dominado.

Pueblo drogado, pueblo dominado. Lo mismo sirve si borracho. Calculé con un colega que donde dinero es política, en este país de servicios lo antisistema es prescindir del alcohol y los restaurantes. Donde en ocios hosteleros el objetivo parece la reunión o el a ver si se folla sólo hay pretextos empresariales. Principalmente marcas. Por otro lado y bien disfrazado de naturaleza y bienestar social, la natalidad y las gestiones de salud son fábrica y mantenimiento de carne humana. De futura mano de obra que diría un marxista convencido. Esto que interpreto, que conjeturo del materialismo histórico alrededor de un posible programa empresarial de plusvalía en arcos generacionales no es un delirio. Lo que me abre Walter Benjamin, también por ahora de prestado, es mezclar lo religioso con lo político. Atravesar una cosa con la otra recíprocamente en las antípodas de cualquier nacionalcatolicismo. El tebeo político con el que estoy ahora y del que llevo 50 páginas pasa por ahí. Primero lo escribí, después tío Walter me lo explicó.

Tebeos largos aparte los hábitos alrededor de cualquier droga, alcohol o tabaquismo hacen depender al usuario del proveedor. Hoy el tabaco ha sido criminalizado y sustituido por algo de una absoluta y normalizada eficacia insoluble. La medicación de orden psiquiátrico más o menos justificada cura, sí, como fármaco que es, pero en rigor, etimológicamente fármaco significa dos cosas: veneno y remedio. Uno u otro dependiendo de la dosis. Tal y como funciona una vacuna. Y remedio a su vez, también en su perfecto significado, lo que se pone en medio. Donde estaba Dios o el Hombre Universal antes de sus respectivas muertes.

Bayer es una empresa alemana, más empresa que alemana. La industria farmacéutica es medio invisible, como aséptica. Casi desconocida. Por ahí el modelo de Whatsapp, que parece una app inocente, también técnica, es en Kleenex el neologismo de “pañuelos de papel”. Marcas normalizadas donde todo es texto. Que legislan infrafilológicas o desde donde les corresponda, soterradas, en logos y lógicas donde no hay mundo negociable y administrado fuera del texto, del argumento. De un modo u otro, tácitas pero profundas jurisprudencias desde donde después se sigue normalizando. Y si exagero, como arma contra los lúcidos, calculo sufriendo las prevenciones contraculturales de las normativas y sus dispositivos, contra la experiencia del “¡a las cosas mismas!”, que la moneda de cambio humana es lo endémico. Medicado por mi psiquiatra desde hace dos décadas, desde dentro, el problema es atávico. Es la presión que ejerce sobre cualquiera la amenaza de ese tibio malestar, nunca del todo familiar, o el recuerdo de aquella medio insoportable depresión. Es el miedo a ese dolor deslocalizado pero permanente cuando nos intuimos a malas, las peores, vacío en el vacío encadenando preocupaciones. Cuando es inaguantable que todo sea apertura, que todo sea posibilidad.

Considero una amenaza la red del administrador administrando.

De nuevo: Pueblo drogado, pueblo dominado. Donde el marco para esta dominación, alcohol definitivamente incluido, es lo lúdico y el bienestar. Donde contra estos asuntos no hay proporción a la contra ni renuncia voluntaria. Donde lo terrible de tomarse a chufla los ocios hosteleros o la administración psiquiátrica es hacer o deshacer irresponsablemente, proyectarse mas autodestructiva de deconstructivamente. Donde, más terrible aún, el consumo de lo que altera y abre la conciencia sustituye a la propia conciencia alterada. Como si la iluminación fuera dosificable y no competencia de santos de todo pelaje, locos asintomáticos, científicos de investigación o poetas anónimos. Como si estos además de iluminados, obligatoriamente excéntricos. Como si la hermenéutica fuese un asunto exclusivamente literario en vez de un ejercicio de correspondencia con el mundo. Como si la etimología empezara y acabara en la palabra elegida y no en las cosas mismas. Como si el poema generara otro texto en vez de la experiencia frontal del mundo.

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