Esteban Hernández

Esteban Hernández

Cómic e Ilustración

Papel y tinta

Dime, hombre heterosexual, blanco y occidental como yo ¿probaste tu propio semen? Escucha, homófobo inquisidor: cada vez que te la zurras tienes una polla en la mano. Eso es lo que sujetas. No lo pierdas de vista. Estoy dibujando una autobiografía. Se titula Hernán Esteve. Llevo cuarenta páginas. Papel y tinta. Luego masas de negro y medio tono de azul plomo. Lo que veis es parte del proceso.

Hernan-Esteve-Esteban-Hernandez

Un premio es un aval

Premio en tanto que premio. Cada caso individual, cada premiado, no me interesa.

El premio nacional y los de su misma cuerda avalan a sus ganadores. Son prestigio e historial en negrita para los galardonados. Son publicidad en su sentido etimológico: son asuntos públicos, comunidad, y aunque supongo que cada caso es más o menos importante según el listado de sus condecorados, propongo aquí suspicaz: ¿No será al revés y el autor o la obra premiada avalan al premio o a quien lo funda?

Vaya por delante que no tengo ninguna gana de polémica.

Sospecho que el premio nacional de cómic es un hongo sin raíz: No es más cómic que premio ni más premio que nacional. El objetivo de cualquier reconocimiento, especialmente los importantes, es perpetuar la credibilidad autoproclamada de quien los otorga, porque en éstas ¿Quién es ese de quien esperas qué? ¿A qué autoridad autorizamos? ¿A qué pretendido padre le consentimos la recompensa? Intento no retorcer la respuesta y me quedo sin ella.

Bromeando con un amigo al teléfono conjeturamos establecer los premios Fanzine Usted, o no sé, que la frutería de tu calle diera premios entre sus clientes. Escalado es exactamente lo mismo. La caradura del dueño de la frutería y que por ejemplo Bankia se ponga el disfraz de fundación altruista es estructuralmente la misma perversión. Un yo me lo guiso, yo me lo como, porque cualquier premio es una coartada y sólo beneficia a quien lo da año tras año. El largo y el largísimo plazo mandan. Los proyectos generacionales ponderan por goteo cualquier marca bien se llame nación o empresa y así, en consecuencia, con a menudo merecidas coronaciones de prestigio, todos los felizmente premiados del mundo entregan sus valiosas reglas de medir verticales.

Evidentemente, sin desmentirme, más idiota es rechazar según qué premios. Este texto pretende un análisis con el que tomar cierta distancia. No, de ningún modo, ninguna supremacía moral.

También decimos que un premio es reconocimiento. Re-Conocer, aunque nadie conozca a nadie en profundidad y como individuos seamos pluralidad en constante cambio. La multiplicidad la explica la física quántica pero cerriles sobreentendemos que un premio reconoce al autor, al artista, al poeta, insisto, pese al “Yo es el otro” del verso de Rimbaud, pese a que Pessoa religara que somos todos otros y cualquier otredad a la vez.

Si lo ajusto sin retórica sólo conozco y reconozco una y otra vez desde el olvido. Sólo me asombro de y desde la sencillez de las cosas que a menudo uso y me pasan desapercibidas. Esas cosas que prestándoles un poco de atención reconozco como se merecen. En lo frontal mis uñas, que salga agua del grifo o el mismo agua que bebo son un disparate. Así que, entonces, mezclándolo todo ¿Ese reconocer en silencio, esa psique y lo sagrado, es lo que un premio hace conmigo y con la pulpa de mi esfuerzo? No. Seguro. Y así ¿Qué reconoce un premio? ¿Qué incalculable cantidad de dinero de un premio nos re-conoce como autores? ¿Qué prestigioso reconocimiento es más realidad que la realidad?

A buenas, las mejores, un premio ha de celebrar el develar del poema. Lo que saluda desde lo develado. Lo que abre y es apertura. Para cualquiera en su intimidad, para esa comunidad de seres y enseres agitados que todos llevamos dentro, un premio así y su dote debería ser un intenso sosiego. Lo Dionisiaco y sin euforias. Porque si no, si tal y como es en realidad -no me engaño- se trata de éxito y dinero y ambos asuntos son la medida del prestigio; si es el dinero y el éxito los valores fundamentales de la mayoría de los premios para muchos, entonces es mejor no dar rodeos ni andar anhelando profundas donaciones donde no las dan. Mejor no enmascarar las cosas, digo, y si por ejemplo quiere usted dinero vaya a por dinero. No maree.

De hecho, torciendo aún más lo pueril de un premio, a menudo trabajar para una gran marca, para ciertas multinacionales monstruosas, supone lo mismo: Condecoraciones en el mismo desorden desvirtuando la gestión espiritual que al dibujar nace y muere en el mismo dibujar. Éxitos que niegan el está-ocurriendo en favor del logro, en favor de ciertas metas de destino inducidas. Horizontes abstractos que sustituyen lo que tienes justo delante a cambio del efecto, del efecto, del efecto, en un proyecto de prestigio económico o social que no cristaliza nunca, o que de ocurrir, es inhabitable.

Del mismo modo, al ¿Una cantidad ingente de lectores o sólo de seguidores es aval y acreditador?, propongo un ¿Desde cuando la meditación y sus consecuencias necesitó del criterio de cantidad como garantía?

Buscamos permanentemente el amparo definitivo, el abrazo redentor del prójimo contra todas nuestras tribulaciones, y del mismo modo que los prestigiosos premios acaudalados son el trasunto de aquel afecto, el criterio de cantidad nos parece una condecoración. Pasamos por alto, además, que contra Lennon o Warhol dispararon sus propios seguidores.

El criterio para los menos es de calidad pero el deseo, el anhelo patético, patológico y simpático, salvando todas las insalvables distancias consiste desde y para lo social en la fama heroica del Jesucristo que tenemos la mayoría de nosotros metido a sangre y fuego en la puta cabeza. Ojalá y el paroxismo ético del cristo milagrero fuese lo que entregara el premio Nóbel de la paz. Pero no. Más bien creo que de alguna extraña manera leemos el reconocimiento de un premio brutal como la canonización de quien lo recibe, y a la vez, de tapadillo, no sé si también como el posibilitador de una multitud devota para el premiado. Un premio es una proyección, un delirio de grandeza. Y ya que estoy exagerando me lo voy a inventar. Un imaginado premio de prestigio demencial teatraliza las ganas de repetir el modelo mesiánico; de ser el salvador y la propia salvación de los que sufren como cada uno mismo lo hace a menudo. De ser ese premio para los demás por nuestros sacrificios y esfuerzos diarios; de ser el modelo ejemplar del más épico y emocionante “mantenerse es un grado” o “flotar es nadar”.

Un premio recibido es un símbolo delegado en la autoridad del otro, sea éste comunidad, empresa, estado o Dios. Casi nunca cimentado en la propia potestad de quien como autor, autoriza. Ojalá y para cualquier premiado su galardón no fuese respuesta sino pregunta.

Reseñas Mister#4

Bubba Zannetti en MONDOSONORO.

En su día ya reseñamos por estos lares la publicación Usted, imprescindible ‘zine de uno de nuestros dibujantes favoritos afincados en Valencia, Esteban Hernández (historicista creador de obras tan afamadas como Suéter, Spleen o ¡Pintor!). Pues bien, ahora le toca a Mister, publicación que ahonda aún más en el universo interior, tan personal como intransferible, de este inimitable artista manchego. Textos e ilustración se alternan como pinceladas en un cuadro impresionista que acaban por presentarnos ante los ojos el paisaje interior del autor, cargado de un existencialismo que supera pesimismos e imposturas artificiosas, y que se nos muestra como el motor que lo impulsa a seguir reflexionando sobre esos pequeños detalles de la vida en los que raramente solemos detenernos a observar. Brillante tanto en el apartado gráfico como en el literario, Mister, es un fanzine sencillo, que a pesar de la profundidad de alguno de sus pasajes, no cae en la presuntuosidad, la pretenciosidad o la pendantería. Más que recomendable.

Yexus en EL DIARIO MONTAÑES.

Hernández reflexiona en voz alta en el cuarto número del fanzine ‘Mister’, observando la realidad que le rodea con un sentimiento pesimista pero pragmático. Con una mezcla de escepticismo y resignación que pone de relieve la mediocridad y la estulticia reinante; toda una declaración de principios vitales (e incluso artísticos) que el autor expone mediante la contraposición de imágenes y textos aparentemente aleatorios. A tal fin, dibuja escenas ácidamente cotidianas con un trazo intuitivo y libérrimo mientras desnuda toda su complejidad emocional en una serie de escritos de acritud extrema pero lucidez evidente.

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Esteban Hernandez- Fanzines